Tan lejos, tan cerca

La ciudad de Berlín llena de colores grises y opacos. Un tranvía, un bus, un metro que pasa dejando su estela de sonido. Miles y miles de personas que parecen caminar sobre un desierto, sobre unas ruinas que recién comienzan a levantarse, y justo en medio, incólume y como un bastión o un vestigio de tiempos pasados, se erige el muro, que divide esa villa fantasmal y desierta donde el pasado ya no vive pero se aferra con sus garras a los corazones de sus habitantes. Sobre ese universo sin vida, sin color, sobre esa ciudad que parece estar desierta a pesar de estar habitada por millones de personas, una mirada se extiende por los cielos en busca de la alegría, de la tristeza, de la compasión que reside en el corazón humano, amando profundamente a pesar de estar del otro lado de esta realidad.

Esta mirada es la del universo angélico que Wim Wenders, en su película El cielo sobre Berlín (1987), creó para nosotros. Damiel y Cassiel son dos ángeles que como muchos de los habitantes de Berlín, sienten el peso de las fronteras. Así como el este y el oeste de la ciudad están separados por un muro cuyo peso simbólico comienza a desvanecerse, Damiel y Cassiel comienzan a sentir la brutalidad sin sentido de la separación entre el cielo y la tierra.

Esta obra cumbre de la cinematografía de Wim Wenders, además de enajenarnos en todo un universo filosófico que nos habla de la vida y de la muerte, de la existencia como tal, del papel de la poesía y del mismo espíritu humano, podremos también comprender cómo las comunidades y las fronteras son realmente imaginarias. De hecho, Wenders, a través de los ojos de Damiel y Cassiel nos da a entender que el mundo terrenal y el de la vida eterna tienen más en común de lo que se piensa. De la misma forma, la caída de muro, ya próxima al momento en el que la película se estrenó, disolvería todos los prejuicios con los que la humanidad, para ese momento, se vio obligada a vivir.

El cielo sobre Berlín o Las alas del deseo

La película de El cielo sobre Berlín, más que nada, está construida sobre la experiencia sensorial de los ángeles que la protagonizan. De hecho, cuando comienza la película, Wenders nos muestra en un primer plano la mirada de de un ojo que se abre y comienza a observar el mundo. Esa mirada vuela sobre la ciudad de Berlín, que desde lejos se ve como una quimera de edificaciones lúgubres, como un amasijo de sonidos y de movimientos sin sentido. La mirada angélica trasciende las distancias, y a través de ese mundo color sepia que Wenders diseña con magistral fotografía, los ángeles se quedan mirando solo el espíritu de los habitantes del mundo terrenal.

La tierra vista y sentida desde el espíritu angélico se construye como una especie de purgatorio. Damiel y Cassiel, junto a otros ángeles que habitan las calles de Berlín, vagabundean por la ciudad escuchando las emociones y pensamientos de todos aquellos que la habitan. Berlín se convierte en un enjambre de rumores, de lamentos y preocupaciones que oídos todos juntos se parecen a las penas de las almas que se purgan para llegar al paraíso.

el cielo sobre berlin cine

La mirada de Damiel || Fuente: twitter.com

Un hombre muriendo después de un accidente de motociclismo. Una mujer que intenta prostituirse debajo de un puente. Un adolescente enamorado que escucha música a todo volumen en su habitación, unos padres preocupados por el destino de su hijo rebelde. Los ángeles son testigos de cada sufrimiento humano. A veces proveen ternura y se acercan tratando de ofrecer consuelo sin ser vistos ni oídos. Pero, su buena intención solo chapotea en la inclemencia del destino, que cuando es inevitable, no puede transitar por la ayuda espiritual.

Los únicos que pueden comunicarse con Damiel y Cassiel son los niños, porque su naturaleza es similar a la del espíritu angélico. De hecho, a lo largo de la película el poema de Peter Hanke «Cuando el niño era niño» es aclamado por fragmentos, que demuestran que la dualidad entre el niño y el hombre es una dicotomía inexistente. Wenders quiere mostrar que muy en el fondo de la mente adulta no existe una frontera con la curiosidad y la mirada auténtica de la infancia y que han sido las imposiciones del mundo externo las que han hecho posible esa división.

En pocas palabras, la experiencia sensorial angélica es muy limitada y alcanza únicamente a percibir el alma y el espíritu de las personas. Los ángeles, en realidad, viven en un frontera que tiene sus límites entre la vida eterna y la vida terrenal. La soledad de los mensajeros del cielo se multiplica con la impotencia que no les permite intervenir en los asuntos y preocupaciones de los seres humanos. Esa mirada, que al comienzo sobrevuela el cielo de Berlín no tarda en convertirse en una mirada casi voyerista, que comienza pronto a compartir los mismos anhelos y deseos de los habitantes de la ciudad. El deseo por una caricia, por tomar un café caliente en un día frío, por acoger una mano o tocar un corazón, se vuelve mucho más grande que cualquier diferencia, acercando de forma inevitable el universo de los ángeles y el universo de los hombres.

Cruzando fronteras, derribando el muro

Cuando el niño era niño, dice Peter Handke en su poema, “en cada montaña ansiaba la montaña más alta y en cada ciudad ansiaba una ciudad aún mayor, y aún sigue siendo así”. Como en el poema, Wenders logra demostrar que esa dicotomía entre el mundo espiritual y el mundo terrenal, entre la infancia y la adultez, entre el este y el oeste de Berlín, en el fondo, no existe, pues toda naturaleza dual se ve desvencijada ante la verdadera autenticidad del corazón humano.

De hecho, en la película Wenders logra disolver esa frontera a través del desenlace de una historia de amor. Damiel, un día, vagando por las calles de Berlín y proveyendo consuelo a sus caminantes, entra, como por arte de magia, a un circo. El director encaja la carpa dentro de un marco fotográfico, llenando la atmósfera con neblinas de misterio. Cuando el ángel se aproxima a ese templo de extrañezas es claro que cruza una especie de límite, y lo hace para descubrir algo sobre sí mismo, algo que ya intuía con anterioridad. En la tienda del circo el ángel encuentra a la bella Marion, una trapecista que se balancea en el aire sin necesitar alas para volar. Leyendo sus pensamientos Damiel se da cuenta que tiene más en común con ella de lo que cree y pronto, como en un incontrolable desvarío, mientras Marion cae por los aires, Damiel percibe por un instante cómo se siente ver el mundo con alas de color.

el cielo sobre berlin cine peliculas

Marion vuela por los aires || Fuente: twitter.com

Cuando Damiel cruza la frontera y se hace humano para llegar al corazón de Marion, se deshace de su armadura de ángel, que de cierta forma era su protección contra la vulnerabilidad del cuerpo y la fragilidad del alma. Como un niño redescubre el mundo, y aprende a disfrutar del café, del frío de la ciudad, de la sonrisa de los hombres, del brillo de la mañana, y se da cuenta que todas esas cosas ya eran intrínsecas a su naturaleza.

Al entregarse por completo a su nueva vida, la unión entre Damiel y Marion resulta ser más que alegórica de la ruptura de fronteras, que en tantos ámbitos era ya necesaria en la ciudad de la época. En su encuentro final, Marion, que ya había visto a Damiel en sueños, le dice: “Ahora nosotros dos somos más que nosotros dos”, pues de alguna forma, representan la realización de un sueño que muchos berlineses y alemanes en general estaban ya comenzando a experimentar a finales de la década de los 80.

La ruptura de las dicotomías alegóricas, amorosas, espirituales y demás, concluye con audacia en el descubrimiento de un nuevo mundo, de una nueva vida y de una nueva generación que pronto comenzará a mirar el universo con ojos expectantes. De hecho, al final de la película Damiel, escribiendo su relato para seguramente entregárselo a la memoria y a la posteridad, disfrutando plenamente de las dichas de su renovada existencia, y planeando un futuro que no irá más allá de lo efímero de la vida, afirma con orgullo: «Ahora sé lo que ningún ángel sabe».