El Gallo de Oro: Rimski-Kórsakov canta a su zar

La ópera que va a acoger el Teatro Real durante las próximas semanas es una alegoría infantil de una realidad adulta. El Gallo de Oro de Nikolái Rimski-Kórsakov tiene su origen en un cuento fantástico escrito por Pushkin pero que en la visión del compositor ruso y de su libretista, Vladimir Belsky, toma la forma de la perfecta sátira política. Tras la masacre del conocido como ‘Domingo Rojo’ en la Rusia de 1905, donde una manifestación pacífica fue acallada con crueldad por el gobierno del zar Nicolás II, muchos artistas dieron la espalda al régimen imperante. Entre ellos, el autor de esta ópera que, de una fábula infantil, obtendría su modo de ridiculizar al zar y, a la vez, criticar despiadadamente la pasividad de su pueblo.

El astrólogo omnipresente

El astrólogo - El Gallo de Oro

El astrólogo – Fuente: www.teatro-real.com/es/

 

La apertura del espectáculo corre de la cuenta de una cabeza, sí, una cabeza que se asoma entre los telones y cuenta a los espectadores la magia a la que se va a proceder en el escenario. Un personaje mágico y real, como él mismo confesará al público al final del tercer acto, que llega al reino para ayudar al zar en su importante misión de gobernar desde la cama. Las posibles invasiones de su reino despiertan constantemente al pobre Dodón, a lo que el astrólogo le ofrece la solución perfecta: un gallo de oro. El animal avisará al zar cada vez que exista peligro, de esta forma él podrá descansar en su mullida cama sin molestarse en vigilar sus fronteras. Pero los astrólogos-magos no dan nada gratis y a cambio quieren algo. El gran zar con su omnipotencia le ofrece lo inimaginable pero el mago rasputiano se guarda su carta para el momento en el que realmente haya algo que desee.

La zarina y su siervo

Elementos mágicos, un zar dormilón y un gallo parlante conforman los elementos básicos de esta fábula infantil. Pero la ópera de Kórsakov no es solo un cuento, de hecho, el juego inocente desaparece cuando la zarina de Shemajá irrumpe en la escena. El erotismo, la picardía y, por qué no, la maldad en persona conquistan al inocente zar que incluso obvia la muerte de sus dos hijos ante la belleza inigualable de la zarina.

La zarina de Shemajá - El Gallo de Oro

La zarina de Shemajá – Fuente: www.teatro-real.com/es/

Él hace de ella su esposa, ella hace de él su siervo. La zarina de Shemajá usará sus encantos para encandilar al zar, convirtiéndolo en la marioneta de sus planes políticos e, incluso, haciéndole bailar ridículamente ante todo su ejército. La maleabilidad del ser más poderoso de Rusia aumenta el carácter ridículo del poder político, objetivo claro de su compositor.

Censura

La fuerza de la sátira enmascarada impidió que el compositor de El Gallo de Oro viera en escena su creación. Los intentos de la censura zarista por sustituir el personaje del zar Dodón por el de un simple general para aligerar la carga política del ridiculizado, no obtuvo una respuesta positiva de su autor que se negó a someterse. Sin embargo, una ópera edulcorada con esos cambios vería la luz incluso ante la negativa de su creador.

Anónimo: el pueblo ruso

Los personajes principales y protagonistas de la pieza se muestran ante el público con nombres e intenciones. Pero existe un personaje presente pero anónimo, que habla pero sin mucho que decir: el pueblo ruso. La sátira no solo tenía como objetivo al jefe político sino que manifiesta su rechazo a un pueblo pasivo que acepta todo cuanto el zar dice o hace, aunque sea cruel y despiadado, perezoso y pervertido.

El zar y la zarina rodeados por el pueblo ruso - El Gallo de Oro

El zar y la zarina rodeados por el pueblo ruso – Fuente: www.teatro-real.com/es/

El escenario siempre estará cubierto de carbón, trozos negros y esparcidos por doquier como representación de la oscuridad, la putrefacción y la miseria sobre la que se alza el reino del zar. Negro es también el pueblo, sucio y arrastrado, asustadizo y pasivo, sobre todo, pasivo. Voces anónimas que cantan a su zar, que alaban sus hazañas aunque estas sean absurdas, y que se ven desprotegidos ante la muerte de Dodón en el tercer acto. Incluso su muerte es un acto ridículo al morir por un picotazo del gallo que antes había actuado para él como protector de sus lúbricos sueños.

Tres actos y un interludio

Ivor Bolton, como director musical, no solo dirige a la orquesta durante los tres actos que conforman la ópera sino que él mismo se sienta al piano para deleitar al público con una pieza, acompañado de un violín, durante el interludio de seis minutos que separa el segundo del tercer acto. Ambas interpretaciones mantienen la magia de la fábula infantil pero preparan al espectador para el trágico final de una Rusia que se verá huérfana de su zar. El astrólogo aparece para pronunciar su deseo: quiere a la zarina de Shemajá. La negativa del zar les llevará a la lucha hasta la muerte del mago, manchando de sangre las manos del zar Dodón.

Sin embargo, ninguna muerte es real, ni siquiera el zar mismo es real, o eso confiesa la cabeza del astrólogo al final de la ópera que, para tranquilizar a su público, les advierte de que todo lo visto era fruto de la magia, excepto él y la zarina. Quién sabe, quizás el público solo ha visto una treta del viejo astrólogo para la ligarse a la exótica zarina.