Nos dicen que 1984, esa biblia del libro distópico ofrecida por un George Orwell que supo leer el futuro mucho mejor que el resto, está siendo un fenómeno de ventas en los Estados Unidos de Trump. La noticia constituye ese tipo de anécdotas que tienen gracia y dan miedo al mismo tiempo, porque al fin y al cabo revela que mucha gente sabe perfectamente dónde nos estamos metiendo con este medio juego (para algunos) del populismo y la posverdad.

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1984, esa biblia del libro distópico ofrecida por un George Orwell que supo leer el futuro mucho mejor que el resto, está siendo un fenómeno de ventas en los Estados Unidos de Trump.

Este término, el de la posverdad, es de los de quitar el sueño: fundamentalmente demuestra que la mentira (así, como concepto, sin capa de modernidad alguna) está tan instalada en nuestra sociedad que la laboriosa fábrica de eufemismos ha tenido que encontrar un nuevo término que ofrecernos para jugar con él mientras nos continúan engañando. La vida del hombre no cambió cuando el hombre puso un pie en la luna, como creíamos, sino en el momento en el que el primer político se dio cuenta de que no había que cambiar las cosas, sino que resultaba suficiente con llamarlo de una manera distinta. Desde ese instante, cada cierto tiempo (cada vez con más frecuencia, pues todo se acelera) recibimos una palabra nueva con la que mantener el engaño. Ya 1984 habló, y conviene recordarlo con escalofríos por la clarividencia de Orwell, del new language.

También llaman política de los sentimientos a lo que podría nombrarse simplemente como manipulación, pero es que en el siglo XXI cuando algo no conviene le cambiamos el nombre y listos. La cuestión parece más sombría si miramos atrás: resulta que hemos hecho todo el camino hacia la objetividad –esos siglos de culto a lo científico, colocando al material de laboratorio en el lugar de Dios– para al final acabar nadando entre mentiras. Si uno lee la definición que el diccionario Oxford ofrece del término post-truth (algo que nadie hace, faltaría más), comprueba que, según estos lexicógrafos, el término no es exactamente lo que nos dicen que es, una especie de repetición interesada de la mentira, sino que se refiere más a la selección de la verdad emocional, aquella que realmente nos mueve internamente: «relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief».

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Ya 1984 habló, y conviene recordarlo con escalofríos por la clarividencia de Orwell, del new language

El problema que tengo, no sé si porque los escritores vemos todo de otra forma (normalmente la que nos interesa), es que leo esa definición y me parece más apropiada para la ficción artística y el material del que se nutre que para considerar la mentira sistémica, que creo que es infinitamente más envenenada y peligrosa de lo que muestra la aséptica, academicista y fría definición de la gente de Oxford. Disfrutar de la ficción no es peligroso: es la esencia del arte. Pero vivir en una ficción, que es precisamente donde nos lleva este reino de la posverdad –que yo prefiero llamar engaño sistémico, pero supongo que eso son cosas mías– sí que es peligroso, por alienante y debilitador.

Encuentro que estos días en los que 1984 no cesa de venderse –y espero que leerse– se habla muy poco de la diferencia entre realidad y credibilidad, y sin embargo está en la base de todo lo que nos ocurre. En el arte siempre se ha dicho que la única credibilidad posible del autor se basa en conseguir que algo merezca ser creído gracias a la calidad de tu trabajo. Un novelista suficientemente hábil te hace creer que a este personaje debe ocurrirle tal o cual cosa, y así con cada uno de los detalles de la obra que te presente. Si uno se pone aún más filosófico, podría llegar a escribir que ofrecer la realidad en el arte es alcanzar el engaño máximo: el lector toma por real lo que no deja de ser la más fina de las mentiras, y por tanto ha acabado creyendo tu artificio de manera completa. A eso es precisamente a lo que aspira la nueva política: a que no creas una campaña, o una promesa, o una ley, sino el relato completo de la historia de vida que han preparado para ti.

Hasta ahora, la artificialidad de todo proceso artístico era lo que lo convertía en atractivo, pero en un tiempo como este en el que hasta un preadolescente usa estrategias de marketing (otra forma de mentira, de alguna forma) para ganar seguidores en Instagram, o en Twitter, o donde sea, el artista no va a sorprender mintiendo ni manipulando la realidad. Todo el mundo es ya maestro en eso, en mostrar en Facebook un relato –volvemos a la idea de crear un relato completo–  que tus amigos lleguen a tragarse, aunque en el mundo real resulte que tus viajes no sean tan excitantes, tus barbacoas tan divertidas o tu familia tan agradable y guapetona. Lo que el artista proponía hasta ahora (manipular una imagen, retorcer un discurso, presentar la realidad fragmentada) lo está haciendo casi cualquiera, de modo que el artista debe hacer algo más, suponemos. Decía el New York Times hace unos meses que la «realidad es el ingrediente que convierte la mala ficción en interesante», pero yo vuelvo a hacerme la misma pregunta: realidad, ¿qué realidad? El imperio sostenido de la fantasía sobre cualquier otro género de ficción entre los más jóvenes respondería a esa pulsión del lector o espectador que en el fondo piensa: «ya que me mienten, que lo hagan bien y totalmente».

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1984, de George Orwell

La conclusión fácil a esta columna sería remitir a esa genialidad mal facturada que pudimos ver en la inteligente El show de Truman, pero es que hace tiempo que hemos sobrepasado lo que ahí se mostraba. Se ha cambiado rápido de la vida convertida en plató a la que funciona como una especie de videojuego preprogramado. Si queríamos gamificación de la realidad, pues ahí la tenemos: nuestra vida diseñada por la alta política para que sea un gran juego en el que siempre perdemos cuando creemos ganar.

Tengo la esperanza puesta en que surja un nuevo 1984 que nos haga entender qué nos pasa y cómo solucionarlo. El arte tiene la sagrada y bendita tradición de hacer siempre lo contrario de lo que se espera de él, de manera que no me extrañaría nada que empezase a plantearse lo contrario de lo que la sociedad le exige: virar hacia la verdad. Pero una verdad con mayúscula, la que nuestro entorno nos impide ver. Solo hace falta que un genio parecido al de Orwell encuentre la materia exacta para que entendamos qué nos quiere decir. Don DeLillo es el candidato perfecto, y ya ha estado bastante cerca de conseguirlo en obras como Zero K. Necesitamos ese faro encendido que nos avise del peligro. Esperemos.

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