En nuestros hogares a lo mejor todos albergamos un pequeño museo. Algunas fotos sobre la repisa de la chimenea, una porcelana decorativa de la abuela, un cenicero que perteneció al amigo más querido de nuestro padre, o un cajón de joyas de nuestra madre. A lo mejor, en algún lugar tenemos una caja de recuerdos con las reliquias de algún amor presente o pasado, o alguna camándula que haya pertenecido a alguna mujer de nuestra familia.

Una flor disecada que alguien nos regaló guardada entre las páginas de un libro, una foto de alguien muy querido en nuestra billetera, o los más osados a lo mejor guardamos un mechón de cabello de algún difunto cercano. De una u otra manera todos somos coleccionistas de estos objetos, que hablan de nuestra historia personal o familiar y que de alguna forma nos recuerdan quiénes somos o de dónde venimos.

Usualmente estos objetos nos hablan de alguien que ya no está con nosotros, o de algún momento de nuestra vida, que fugaz como los minutos del presente, se ha perdido en la marea del tiempo. Estas cosas que atesoramos con tanto secreto e intimidad existen para reemplazar de alguna manera a esas personas o a esos momentos que ya hemos perdido. Como en el sacrificio de Abraham, en el que el cuerpo de Isaac es reemplazado por el de un carnero, estas cosas vienen a sustituir a alguien o algo que ya no está.

En este sentido, estos objetos nos recuerdan la noción del tiempo que tan extensamente elaboró el señor Marcel Proust: los momentos y personas del pasado reviven en estos recuerdos que guardamos con tanta dedicación y que constituyen nuestro pequeño museo personal. El tiempo se recupera resignificándolo en nuestra mente y corazón.

No hace mucho el escritor turco Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura del año 2006, le apostó a escribir un libro sobre esta acumulación de objetos, y más que eso, le apostó a construir todo un museo alrededor de la recolección de recuerdos personales. En El Museo de la Inocencia Pamuk cuenta la apasionada historia de amor entre Kemal y Füsun, que llena de controversias, nunca llega a desembocar en la plenitud amorosa. Kemal, a lo largo de la novela, acumula objetos que le recuerdan a Füsun, a su cabello, sus labios, su forma de hablar y caminar, o que le hacen recordar, de alguna forma, los preciosos momentos que vivieron juntos.

Los objetos vienen a sustituir a su amada, produciéndole un incomparable alivio al dolor que le causa su ausencia. Al final de su vida, Kemal construye un museo abierto al público sobre su historia con Füsun, museo que Orhan Pamuk ha replicado en físico en la ciudad de Istambul.

Después de haber leído El Museo de la Inocencia y de haber revisado la información sobre el museo homónimo de Pamuk, me llamó la atención la forma en la que los objetos adquieren una significación distinta perdiendo su uso práctico. Por ejemplo, es increíble cómo unos pendientes dejan de ser un accesorio para pasar a ser una extensión de las orejas de la amada, o cómo una colilla de cigarrillo deja de ser basura para convertirse en el depositario de los labios de una bella mujer. O aún más: cómo una casa deja de ser una vivienda común de un barrio cualquiera para convertirse en un museo o en el monumento simbólico de una historia de amor.

Todos los objetos cobran vida, y lo hacen a través de las puertas de una mente que recuerda. Muchas veces, esos objetos se convierten en el reemplazo del cuerpo de alguien que hemos amado y, otras veces, se transforman en los testigos más veraces de efímeros momentos de felicidad.

El objeto como prenda amorosa

En su libro El Museo de la Inocencia Pamuk habla más de una vez sobre el significado de la virginidad en la Turquía de los años 70, que el autor también retrata con fidelidad en la novela. En estos años el cuerpo de la mujer sigue siendo una reliquia a la que no se puede acceder sin comprometer la reputación de la mujer amada, que por años y años se conserva intacta detrás de una vitrina de cristal.

Prendas de Füsun || Fuente: twitter.com

En este sentido, el mismo cuerpo de la mujer es una especie de vestigio de museo, una especie de objeto al que no se puede tener acceso sin el aval del matrimonio, que será el único medio para descongelar esa estatua inaccesible. Este monumento al que solo se le puede mirar, solo alimenta el deseo por el cuerpo, que en la obra de Pamuk se materializa en los objetos de la amada.

En más de una ocasión, Kemal hurta las cosas de Füsun en búsqueda de trazas de su olor, de su pelo, de sus labios, su saliva. Algo que haya tocado su cuerpo, tan anhelado y deseado por días, meses y años. Por ejemplo, en un momento Kemal nos dice: “Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad pensé que debía deshacerme de aquella cama, de aquella habitación, de todos aquellos objetos que crepitaban por sí solos con una agradable veteranía y olían a perfume de amor feliz. Pero lo que me apetecía era justo lo contrario, abrazarlos”.

Es así que los objetos cobran una vida que surge a partir de la ausencia del cuerpo de la mujer. En este sentido, las cosas pierden su uso práctico y se resignifican para sustituir a Füsun y satisfacer el deseo que Kemal siente por abrazarla.

El objeto como reliquia de una vida inocente

Así como los objetos pueden tener un sentido carnal, en la obra de Pamuk también pueden tener un sentido emocional. La felicidad que Kemal siente en las noches que pasa junto a Füsun y su familia, muchas veces se desprende completamente del deseo convirtiéndolo en un niño que disfruta del placer acogedor de estar en familia. Las noches trascurridas con los Keskin le ayudan a Kemal a recuperar la dicha de la infancia, y los objetos recolectados durante esas visitas lo ayudan, años después, a recobrar esa sensación tan viva que sentía durante las visitas a la casa de Füsun.

Solo el regreso a la infancia que Kemal vivía en casa de los Keskin calmaba por momentos la ansiedad que sentía por el cuerpo de Füsun. Pamuk, en uno de los capítulos, habla sobre cómo el juego de lotería en casa de la amada le devolvía a Kemal la paz que a veces tanto necesitaba.

Años después, cuando Kemal construye su museo, guarda algunas piezas del juego y algunos de los premios que se ganaban para volver a recobrar esa emoción: “… al ser un premio de la lotería (estos objetos) me recuerdan la sensación de paz y felicidad que tan profundamente notaba en Nochevieja, el hecho de que las horas mágicas que pasaba a la mesa de los Keskin eran las mejores horas de mi vida y la música modesta de lento fluir de nuestras vidas”.

Es así como estos objetos se convierten en muñecas rusas del recuerdo. La búsqueda del tiempo perdido en la mente de Kemal se remite a los objetos que le recordaban a lo momentos vividos con Füsun y a cómo esas sensaciones, a su vez, lo llevaban a recordar el amor más simple y puro que el protagonista vivió: el amor experimentado durante la infancia.

La obra de Pamuk es entonces un homenaje al objeto, que en el primer caso adquiere todos los atributos carnales del cuerpo de la mujer amada, y en el segundo caso, es la síntesis de todas las vivencias y la felicidad que a su vez las acompañó. En un caso, el objeto le devuelve a Kemal el cuerpo de Füsun, y en el segundo caso, le devuelve la sinceridad del amor que nunca lograron concretar.

Pensando de esta forma, el acertijo de Coledrige que Pamuk escoge como epígrafe de su obra se resuelve por completo. Dice Coledrige: “Si un hombre pudiera cruzar las puertas del Paraíso en un sueño y le presentaran una flor como prenda de que su alma ha estado allí realmente, y se encontrara con que tiene la flor en la mano cuando despierta… Sí, entonces, ¿qué?”. La respuesta a dicho acertijo es que, si bien el Paraíso puede desaparecer o escapar, queda un objeto que lo sustituye. Además, ese objeto vivirá para siempre como la prueba más fehaciente de que dicho paraíso sí existió.

Portada || Fuente: twitter.com

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