A finales de la década de los 40 las ciudades italianas habían quedado inundadas por el silencio abrumador posterior a la II Guerra Mundial. Ese silencio fue dejando espacio a una sinfonía urbana. La mirada de los nuevos realizadores se fueron, haciendo gala de un gran instinto, hacia esas calles llenas de gente, de historias que suponían una grieta para contar la realidad acercándose a ella.
La película referencia del neorrealismo italiano podría ser Roma, Ciudad Abierta (1945) de Roberto Rossellini o El Ladrón de Bicicletas (1948) de Vittorio De Sica. Pero sin embargo es esta, sin ningún género de dudas. La grabación documental del escarmiento público de Bennito Mussolini en la Plaza de Loreto de Milan. Una grabación con el fin de demostrar la veracidad de la muerte del Duce al resto del mundo. Ahí encontramos la palabra clave, veracidad. Verdad, realismo. No sólo escupieron y apalearon el cadáver del dictador sino también su ideología y su manera de producir cine.
El film posee todas las características propias del Neorrealismo Italiano. Estética documental, decorados reales (la plaza central), personaje coral (la masa enfurecida), actores no profesionales con maquillaje real (la descompuesta cara del dictador) y una finalidad clara, enseñar al mundo la realidad de Italia. La dramatización hacía mutis por el cine.
Neorrealismo: La belleza de lo aburrido
Cineastas que buceaban en las contradicciones humanas. Siempre y cuando haya un humano de por medio la causa no tendrá efecto y los efectos no tendrán causa. No hay blanco ni negro, hay personas no personajes.
El esplendor era visto con repulsión. Eso sólo podía suceder después de una guerra mundial. Tuvieron la inercia natural de hablar en presente utilizando como decorado el pasado, unas ciudades destrozadas. Y el futuro como un nebuloso imposible, así que no parecía merecer la pena perder el tiempo hablando de él. El personaje era un retrato de lo veraz. «El hombrecillo», ese del que hablaba Jonh Ford. Ese que posee mayor valentía, por tanto una mejor historia que contar.
El hombrecillo tenía mas capacidad de convertirse en leyenda que un personaje de leyenda. No le hacía falta más que la luz del Sol para brillar. No estabas creando una ficción, estaban ficcionando la realidad. No creaban un guión literario, se inventaban un documental.
Ratas de ciudad
Los estudios clásicos del cine musical romántico de Mussolini habían quedado completamente destrozados. Los equipos de grabación también habían sido generalmente destrozados. Los cineastas salieron de ese amasijo de destrucción y observaron la realidad de sus ciudades. En esa mirada se gestó el cine de escombros.
Las ratas de ciudad eran mas interesantes que cualquier otro mundo. La gente corriente plasmaba la belleza de lo real. A lo largo de la historia la realidad se ha contado de miles de formas. La comedia excéntrica, el surrealismo, el cine de terror, el cine documental… El acierto del Neorrealismo Italiano fue que esta vez, para contar la realidad, había que grabarla despojándola de artificios.
Tuvieron que contar la realidad a través de lo real, parece simple, pero esa idea sólo pudo funcionar después la II Guerra Mundial, de la desaparición del dictador y casi medio millón de italianos muertos. Ese fue el instinto que hizo grande a este movimiento cinematográfico.

