«Pensar y ser son una y la misma cosa». Parménides

Si, como quien quiere llegar a una ciudad, preguntásemos por qué camino se accede a la metafísica, deberíamos contestar que en la metafísica se está, pues implica las preguntas esenciales al ser y al sentido de la vida, a las palabras últimas como aquellas que sugirió Leibniz de «¿Por qué algo y no la nada?». Instancia esta, la de la pregunta, que al no ser contestada, permite la pervivencia de la metafísica.

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La metafísica, entonces, es parte del ser que tiene las preguntas, aunque no obtenga las respuestas pretendidas, lo cual no es tema baladí. La pregunta esencial no es ya «cómo» sino «por qué». Luego, así como cada palabra contiene significados, cada pregunta porta las secuencias de la preocupación del sujeto portador, se llamen estas: Dios, metafísica, ontología, teísmo, deísmo, ateísmo, el mal, el bien e incluso el humanismo. Son solo los eslabones de una larga cadena.

Las preguntas se han formulado desde la religión, la filosofía racionalista, el empirismo y positivismo, los avances científicos, la modernidad, el devenir de lo que aún no está dicho y queda por decir, lo que se ignora, lo que se averiguará, lo latente, el mito. Pero, siendo preguntas de seres humanos, solo pueden conformarse con encontrar medias verdades, escarceos, palabras que juegan al escondite.

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Quizá por esto, filosofía y poesía se tocan por los vértices, del mismo modo que filosofía y religión se tocan también, según Leo Strauss, cada una buscando su acontecer en la palabra, su tesoro, la revelación, el inquietante todo.

Podríamos decir que «la época» marca el carácter de las preguntas y crea los modelos teóricos y las instituciones que podrían dar una o más respuestas.

Se ha tardado nada menos que cien años en confirmar la teoría de las ondas gravitacionales formulada por Albert Einstein, y unos cuantos menos para el hallazgo del boson de Higgs. Pero a la ciencia parece no molestarle esa incertidumbre que sí acecha a la metafísica y sus planteamientos afines; la ciencia en su modernidad soporta ese imaginario, lo sustenta como una verdad, mientras duda del imaginario propuesto por las creencias religiosas.

Aceptar esto, es aceptar de entrada que la metafísica y la ontología tienen que defenderse solas en un siglo en el que el viven la mayoría de los científicos que han existido en el mundo. Puede la ciencia hablar de «multiversos» (que no puede demostrar), pero sospecha de ese «otro mundo» prometido en las religiones del Libro.

Lejos de mi intención defender aquí a la metafísica frente a la ciencia, por ejemplo. Lo cierto es que la metafísica se defiende sola. Baste decir que el sujeto portador de la pregunta existe. Este es el principio.

Decía Víctor Hugo: «el molino ya no existe, pero el viento que lo movía continúa soplando». Y eso es precisamente lo que ocurre. El viento que da empuje a la metafísica continúa pasando, circula en forma de preguntas. Quizá deberíamos comenzar por indagar quién es el ser que pregunta. ¿Es siempre el mismo? Sabemos que no, que cada persona es única en sí misma, similar a otras socialmente y  parte consustancial de su época.

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Tal vez, deberíamos continuar el análisis a partir de la pregunta. ¿Qué cuestiona la pregunta? ¿Qué quiere saber? ¿Se define por la época? La pregunta indaga, ruega, exige, quiere saber sobre el sentido de la vida.

Lo curioso es que la modernidad que comenzó con Descartes y su Discurso del método, que otorgó entonces un espacio fundamental a la «razón subjetiva», incluso haciéndola aparecer como «razón objetiva», se afirmó en la duda («pienso, luego existo») para, a continuación, afirmar la existencia de Dios. De este modo, la «razón  moderna» nace desconfiando de las viejas ideas para acabar, casi en el mismo instante proclamándolas de nuevo.

La razón que comienza en la modernidad, la que anticipó Francis Bacon con la metodología de su Novum Organum (1620), la que pusieron en marcha Copérnico, Kepler, Galileo, tiembla en pleno siglo XVII, mientras las guerras de religión se expandían y surgían nuevos llamamientos a la tolerancia, y de «Nuevos Mundos» recién descubiertos comenzaban a llegar las noticias de otras gentes, otros lugares, otras creencias.

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¿Qué hace, pues, que el ser sea un problema para la metafísica o esta para el ser? La imposibilidad de afirmaciones sobre los principios últimos. San Agustín, que mucho sabía del tema, se anticipó afirmando: «quaestio mihi factus sum» («me he convertido en un problema para mí mismo»). Es decir, en un hombre que se pregunta, que busca respuestas, y, sobre todo, que duda, no de que esas posibles respuestas existan sino de que puedan ser halladas.

En la historia de la filosofía, Aristóteles se atrevió a llegar hasta la frontera de la metafísica y allí se detuvo, en la «fisis». Su maestro, Platón, sin embargo, impulsó un pie más allá del peligroso límite y volvió de allí con su teoría de las «ideas innatas» y un más allá que prometía el «eterno retorno», en el fondo, la posibilidad de una vida inmortal.

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Como si esto no fuera suficiente, dejó en su obra Apología de Sócrates unas frases que pone en boca de su maestro, sobre la creencia de este, en que hay algo más allá y de que en caso que no lo hubiere, «ni allí ni aquí puede pasarle nada malo al hombre bueno», convencido de que la prueba por la que pasa: la denuncia que le han puesto por blasfemia e impiedad hacia los dioses, la acusación, juicio, defensa y posterior condena a muerte por la Asamblea de la polis, que él acepta, es consecuencia de un ser que, en esencia, es «bueno».

En cualquier caso, comenta que no le desagrada la idea de encontrarse en el Hades con aquellos hombres que ha que admirado tanto, como Hesíodo, Homero (aunque los haya criticado, al fin y al cabo eran poetas que debían ser erradicados de su teórica República), o aquellos jueces legendarios y al mismo tiempo famosos como Minos, Radamanto, Éaco y Triptólemo, sin duda, más justos que los que a él le habían sentenciado a muerte.

Dice Sócrates (a través de Platón) que debido a su edad puede permitirse profetizar, pero ¿qué persona a partir de los sesenta años, no busca con mayor esperanza, si cabe, las respuestas que no ha encontrado durante toda su vida? ¿Y todo por qué? Por qué hay un límite que se hace más cercano, es decir más visible con los años y es el del final de la vida. Se ha vivido. Se juzga esa vida, y también el de las generaciones que llegan y pasan una detrás de otra, todas haciendo el mismo recorrido. De la nada a la nada, de la oscuridad a la oscuridad, del «no ser» al «no ser».

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Pero, ¿qué es ser y qué es «no ser»? No pretendo emular a Parménides, ni alcanzar su sabiduría. Me conformaré, en este caso, con mis propias deducciones y me apoyaré en las de otros. Por ejemplo: en el piano que no estaba en el neolítico y que apareció más tarde. Hay algo que intuimos y que se nos escapa, y que San Agustín acertadamente definió del siguiente modo: «Confiesa que tú no eres la verdad, pues ella no se busca a sí misma». Por tanto, a la verdad no solo vale con buscarla hay que encontrarla en nuestro camino.

De este modo y, al margen de determinismos, posibilismos y libertarismos, quien tiene una respuesta tiene un mundo. Para unos el territorio será el de la metafísica y lo óntico, para otros, el de la ciencia, para otros, si cabe, el de la religión y sus múltiples formas de expresión. En el fondo, seguramente, todos hilos de la  misma madeja.

Pero el poeta que, como los ancianos, tiene algo de profeta, que aúna el todo y lo sintetiza, sabe muy bien que una pregunta, si está bien hecha, contiene la mitad de la respuesta.

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