En su poema El tango Jorge Luis Borges se refería a esa música de arrabal, a ese canto melancólico, a esa mezcla de pasiones y bravuras que bailaban al compás del dos por cuatro, como a esa «región, donde el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía». Para Borges el tango es un canto de añoranza, que con intrépida magia porteña mezcla la nostalgia de los tiempos pasados con el arrullo de la modernidad. El tango es ese vaivén que, poco a poco, va acunando las viejas creencias y costumbres para darle paso a la ruptura del sistema binario, donde el bien y el mal, lo moderno y lo antiguo, lo femenino y lo masculino, todo tipo de dualidades, se pierden en el vértigo de una música solitaria en la que conviven todas los residuos del paso del tiempo.

El tango, de hecho, tiene su mayor apogeo a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, cuando la ciudad de Buenos Aires fue evolucionando en su proceso de industrialización y modernización. Miles de migrantes solitarios que venían a trabajar en las estruendosas fábricas de la capital se acomodaban en los suburbios. Criollos y orilleros que vivían en los límites de la ciudad se iban acostumbrando a un nuevo ritmo de vida. Las tretas rurales del gaucho cuchillero se fueron perdiendo en las miles de edificaciones, en las construcciones de avenidas y parques que poco a poco fueron ocupando los espacios de lo rural.

La ciudad comenzó a ser la imagen más viva de la fragmentación moderna, de los instantes aislados, que como dice Borges, tienen «el sabor de lo perdido, de lo perdido y lo recuperado». En la poética borgeana, como en los escalafones de la historia, el arrabal era como en ese otro poema que lleva su nombre y su marca; era como «El pastito precario, / desesperanzadamente esperanzado, /(que) salpicaba las piedras de la calle», haciéndole sentir al poeta el alma del nuevo Buenos Aires.

Esta vertiente de dicotomías que se regaba como rocío sobre esos pastizales llenos de cemento, encontró espacios urbanos donde podía subsistir, y el cabaret resultó ser uno de sus lugares favoritos. La cultura del cabaret, de estirpe y ascendencia europea, era la más viva expresión de la convivencia entre todos los márgenes y límites de la sociedad. Al cabaret porteño asistía la alta sociedad, que encontraba allí el refugio de sus pasiones más desbocadas. Asistían compadritos y provincianos, cuya visita al cabaret era una parada imprescindible en el paso por la ciudad. Llegaban músicos y artistas que contagiaban a clases medias y altas con las melodías más populares pero, sobre todo, llegaban mujeres que, en busca de posibilidades de ascenso económico, convirtieron su cuerpo en mercancía, provocando miles y miles de reacciones en ese contexto de fragmentación urbana y moral.

orquesta música cabaret

Francisco Canaro y su orquesta típica || Fuente: sites.google.com

El cabaret era entonces un lugar polifónico, donde todos los rechazos encontraban su convivencia, y el género empezó ser ese espacio en el que cualquier tipo de ruptura era posible. De hecho, dentro de las miles de atracciones que ofrecían los cabarets y los espectáculos de varietés, estaba la de ver en vivo y en directo a simuladores y travestis como Fátima Miris y Leopoldo Frégoli, que con sus demostraciones no eran más que otra sutil prueba de la ruptura de los valores heterosexuales y de los fundamentos de la sociedad patriarcal burguesa. En este mismo contexto entraba la mujer, que, muchas veces sin contar con los recursos económicos necesarios para subsistir, decidía imitar a las heroínas de sus folletines favoritos y migrar del arrabal al centro para buscar mejores condiciones de vida.

Muchas de estas mujeres se dedicaban a ser cancionistas e instrumentistas, otras, llamadas «milongueras», se dedicaban a compartir tangos y bailes con los clientes, y ocasionalmente, después de terminada la noche, buscaban una salida para la prostitución. Finalmente estaban las «queridas» o «mantenidas», que usualmente dedicaban su vida, su amor y su cuerpo a un hombre que decidía brindarles apoyo a cambio de su fidelidad. Este desplazamiento de las mujeres de bajos recursos hacia la magia del cabaret generó varios motivos literarios que encontraron su cauce en la letra de los tangos o en las piezas teatrales del género chico.

Generalmente, estas piezas contaban la historia de una chica de arrabal, que por algún malentendido con su familia de provincia, decide apartarse e irse a trabajar al cabaret. Allí usualmente se hace la amante o la privilegiada de un «bacán», que le provee una vida de lujos y comodidades. Sin embargo, atrás, en los suburbios, la chica se deja a un resentido ex novio, prometido o amante, un «gavión» o «cafisho» , que viaja hasta el centro de la ciudad para recuperar el vínculo amoroso, y sobre todo, el sostén económico que la mujer le proporcionaba al ser toda una mina, una «mina de oro». Usualmente estas tramas del teatro chico, o las melancólicas letras del tango, terminaban en el rechazo o la condena de la chica, que, abandonando los valores tradicionales, se entregaba a la locura inmoral del cabaret.

Por ejemplo, el tango «Margot», de Celedonio Flores, que hizo célebre a este poeta y compositor, sintetiza de forma inquieta la imagen de estas chicas «abacanadas». En su tango, Flores dice: «Son macanas, no fue un guapo, haragán ni prepotente, / ni un cafisho de averías el que al vicio te largó. /Vos rodaste por tu culpa y no fue inocentemente./ ¡Berretines de bacana que tenías en la mente/ desde el día que un magnate cajetilla te afiló!». La alusión explícita que se hace en el tango a la mujer transformada por el supuesto vicio de la modernidad condena completamente su acción, fruto de su libre albedrío y de su ambición. La liberación de la mujer y la elección propia de sus estándares morales ejecutan un cambio de identidad, al que el poeta Flores canta nostálgico diciendo: «¡Ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot!».

Es así que contrariamente a lo que se cree, la cultura del cabaret y del tango en especial, germinó gracias a una cierta liberación femenina, consecuencia del auge de la modernidad. La fragmentación de los valores tradicionales en la sociedad porteña, y sobretodo la partición y el vértigo de todos los sistemas binarios permitieron que las mujeres buscaran su propio camino, pero que sobretodo definieran su propia identidad. De igual forma, el tango nunca dejó de cantar con añoranza a aquella hermosa chica que volteando la esquina del barrio abandonó el arrabal para seguir las veleidades de sus más preciosas heroínas, y convertirse entre cantos, milongas y bailes, en la reina del cabaret.

Tita Merello actriz cabaret

Tita Merello || Fuente: diasdehistoria.com.ar