La lectura de un clásico durante una tarde lluviosa, con una taza de té caliente entre las manos, el calor de una cobija y la compañía de las gotas de lluvia que acompasadas caen melancólicas sobre el vidrio de la ventana, es usualmente una experiencia muy gratificante. Los lectores asiduos de los clásicos de la literatura buscamos el momento correcto de la vida para adentrarnos en un mundo lejano al nuestro, abstrayéndonos completamente de nuestro tiempo, viajando con el intelecto hacia unas dimensiones, que si bien son distantes a las nuestras, también nos hablan de nosotros mismos como si de mirarse en un espejo se tratara.

Mientras más libros leo y mientras más clásicos agendo en mi cronograma de lectura anual, más me convenzo que la lectura, realmente, es una actividad que frena todo el ímpetu del hombre moderno. Para leer, la prisa, el afán y las rutinas son los peores enemigos. Leer, y más cuando se trata de un clásico, no es una actividad masticable y digerible, ni algo que apela o hace uso de la facilidad, ni mucho menos una actividad que va a llenar nuestros bolsillos de bienestar financiero, antes, todo lo contrario. Leer es aprender a rumiar entre las páginas, dándole inmensidad a cada palabra escrita mientras la llevamos hasta los límites de nuestra mente. Leer es sin duda una actividad espiritual, que nos impulsa a descifrar el mensaje latente que yace debajo de la realidad. Para realizarla se necesita paciencia, perseverancia, y sobretodo, ansias de emprender una búsqueda interna que colme las ausencias de aquellos que sospechamos que el mundo no es como se presenta.

Las últimas semanas me atreví a dar un gran paso como lectora, y armándome de decisión y paciencia emprendí la lectura de Guerra y Paz de León Tolstoi. El camino fue escarpado y difícil, alegre y voraz. Hubo días en los que las largas descripciones de la paisajística militar me aburrían, hubo otros días en los que los intrincados amores del príncipe Andrei con Natasha Rostova me llevaban al límite de la conmoción. En algunas ocasiones, me enojé con el autor por prescindir de la experiencia de los campesinos y de los estratos sociales más desafortunados en la guerra, y en otras, mi angustia por la penosa situación de la princesa María me tenía pensando sobre mí misma hasta altas horas de la noche.

Al leer, buscaba siempre las situaciones más cómodas, aunque siempre me veía interrumpida por el paso del bus detrás del que me tocaba correr, por el llamado de mi madre a sentarme a la mesa, o por la obligación de cerrar el libro al tener que comenzar a trabajar. Al terminarlo, ya encariñada con los personajes y sus situaciones, me invadió una sensación interminable de vacío. En ese momento supe que no volvería a saber de las aventuras de Nikolai Rostov, que no volvería a oír la risa escandalosa de Natasha, que no sabría ya más nada del intrincado corazón del príncipe Andréi. Entonces, pensé que trataría de buscarlos de otras formas, de mirar su corazón en otros textos, en otros mundos, o en otras miradas de la realidad.

Fue así que comprendí que la lectura, además de ser una actividad que despierta en nosotros un amor infinito, también despierta el espíritu y la mente, que silenciosos comienzan a pensar que ese universo no se termina con la clausura de la tapa y que realmente está sembrado por doquier.

Me gustaría compartir en este texto algunas experiencias de lectura que ocurrieron durante mi estadía en Guerra y Paz que me han ayudado a consolidar mi idea de que le lectura es una búsqueda continua, una suerte de camino espiritual que nos obliga a truncar nuestra prisa y a recorrer otras instancias para buscar colmar las ausencias que cada texto nos deja.

La historia del roble consumido

Sin duda, una de las historias más conmovedoras y veraces de la narración de Tolstoi es el apasionamiento entre Natasha Rostova y el príncipe Andréi. Al leer esos pasajes de amor tan inauditos pero a la vez tan familiares, tan acogedores y próximos, muchas veces me veía obligada a interrumpir la lectura para abrazar la calidez de la narración de Tolstoi. La irrupción de Natasha en la vida de Andréi es tan sorpresiva y tan sincera que nos hace regresar por los caminos de la juventud eterna, esa juventud que nos interrumpe en el camino de la vejez para revitalizar los albores de nuestra vida que muchas veces, abrumados por la desesperanza, se camuflan en el tedio y el apaciguamiento de la madurez.

Roble en primavera || Fuente: canstockphoto.com

El amor que llegó a trasformar la naturaleza uraña y opaca del príncipe Bolkonski se manifestó abiertamente a través de la contemplación de la naturaleza. En los alrededores de Lysye Gory, la hacienda familiar, habitaba un viejo roble obstinado, que a pesar del paso de las estaciones, los vientos y las tardes soleadas, se abstenía de contagiarse de la alegría primaveral. Cuando el brillo de la sonrisa de Natasha colma cada fibra del alma del príncipe Andréi, el roble adquiere estas características y dimensiones: “…el viejo (roble), sin poder contenerse, olvidando sus reproches y altivez, dejó que los antes desnudos y terribles brazos se cubrieran de jóvenes y jugosas hojas (…), y el obstinado viejo, más pleno, más majestuoso y más reblandecido que ninguno, celebraba la primavera, el amor y la esperanza”.

Mi experiencia al leer este pasaje me llevó a reflexionar sobre el verdadero propósito de la novela de Tolstoi, que no se encontraba en hablar de la patria, de las hazañas militares o de los comentarios y murmullos que corrían veloces en los salones de la sociedad, sino en relatar el enriquecimiento de la vida espiritual que incide tarde que temprano en la vida de los personajes. El libro, más que colmar completamente nuestras expectativas sobre lo que debiera ser una historia de amor contada de forma lineal y con un clímax esperanzador, nos invita a ver los pliegues, las ausencias que hay detrás de dichas historias, haciéndonos comprender que el florecimiento del corazón del príncipe no hubiera podido darse de no haber sido por los padecimientos previos de su alma.

La complejidad de la que Tolstoi cubre cada mente humana hilvanada con cuidado y pasión, derrumba cada idea simplista del amor, del coraje o de otros valores y nos regala a nosotros, los lectores, la sabiduría de aceptar el camino escarpado que la vida nos otorga, pero a su vez, nos muestra que el feliz término llegará de acuerdo a la voluntad de un orden general y de nuestra fe en su persecución. a primaveral. enía de contagiarse de la alegres soleadas, se abstenamiliar, habitaba un viejo roble obstinado, que a pesar del p

El ardor de la sangre

La historia de Andréi y Natasha también nos habla del alma como palimpsesto y de la experiencia como reguladora de nuestro equilibrio interno. Cuando Natasha se siente abandonada debido a la prolongada ausencia de Andréi, su amor propio se quiebra en la impaciencia y en el deseo incontenible de acariciar con besos y perfumes los ojos de su amado. En una noche de teatro, Natalia, vestida con su mejor ajuar, esperaba la salida de su padre, y en esta ocasión tiene oportunidad de observar su bella figura en el espejo del vestíbulo: “…cuando una vez vestida bajó para esperar a su padre, y se miró en el espejo grande del salón, observó lo guapa que estaba y entristeció aún más”.

Audrey Hepburn interpreta a Natasha Rostova || Fuente: es.pinterest.com

Natasha, tan hermosa a los ojos del príncipe, tan adorada por toda su familia, tan brillante en los elegantes salones de la sociedad, quiebra su alegría en la contemplación de su vitalidad y su deseo. Su pequeña aventura con el príncipe Kuraguin no solo destroza suposible casamiento, sino que además la lleva a obrar en consecuencia de sus actos, rompiendo su solidez como personaje. La experiencia semi-adúltera de Rostova no la condena a los ojos del autor, sino que la conduce por un camino de enriquecimiento, aceptando las consecuencias de sus actos, y llevándola finalmente a la construcción del perdón y el equilibrio interno, que antes se escondía detrás de una alegría incontenible y de un deseo infranqueable, de un ardor de sangre que no podía disimularse.

Durante mi visita por los parajes de esta grandiosa novela, aprendí que los grandes autores, más que incitarnos a una búsqueda de la verdad en la lectura, nos invitan a observar en la experiencia de los personajes cómo la vida va tejiendo sus caminos de forma compleja y restauradora. Autores como Tolstoi, en pocas palabras, nos regresan por la vía de la reflexión, abriéndonos las puertas de un camino espiritual guiado por las palabras que recorren las páginas, esas palabras que impacientes buscan recobrar la sabiduría del lector.