Tenía un profesor pro-yankie en la facultad que no paraba de desprestigiar la ficción española y, la verdad, no sé si tenía o no razón, eso tampoco importa. Pero lo que no sé es si ese profesor vio La casa de papel, porque, sin duda, es una de las mejores series que se han hecho España.

Hace ya unos meses que acabó en Antena 3, pero sigue causando estragos entre sus seguidores, y más ahora que está disponible en Netflix y que ha cruzado océanos, prueba de ello está en los cientos de comentarios y mensajes de todo el mundo que reciben sus protagonistas a través de las redes.

Pero ¿qué tiene La casa de papel?

La casa de papel, sin duda alguna, es una propuesta muy arriesgada, porque presentar el mayor atraco de la historia en una serie semanal, con quince capítulos, era muy, muy arriesgado, y más cuando, quizá, la misma historia se hubiera podido presentar en una tirada de diez capítulos.

Corrían el riesgo de poder caer casi en la parodia, porque un atraco mal hecho hubiera provocado risas que no se buscaban por la caída en la inverosimilitud, pero no, no se ha llegado a ese extremo en ningún momento de la serie y estas dificultadas son superadas por los directores y guionistas de la serie con creces. Y mención especial merecen los efectos especiales usados en los disparos y otra mención para el director de fotografía, con secuencias de imágenes casi cinematográficas que te invitaban a quedarte atrapado en el sofá viendo capítulo tras capítulo.

Ya les he hecho mención en unas líneas más arriba, pero si hubo algo que me captivo des del primer momento, a parte de las interpretaciones que ya comentaré más adelante, es el trabajo de los guionistas, porque cierto es que contaban con una idea de base buenísima, pero nos han llenado los capítulos de frases lapidarias y de guiones rápidos y fluidos.

En los personajes encontramos dos grupos: los malos (o buenos, según se mire), los atracadores, vaya, con nombre de ciudad (menos El profesor) y con la premisa de no saber nada de los demás y los policías que están fuera y cada uno con su situación personal que sólo ellos pueden entender cómo les afecta. Parece que estos dos grupos no tienen porque mezclarse, ya verán si es así o no.

Las interpretaciones, más o menos verosímiles según de quien y según en qué momento, pero que en general todas son magníficas han hecho que me enamore des del primer momento de la inspectora Murillo (Itziar Ituño), de Moscú (Paco Tous), de Berlín (Pedro Alonso) y, obviamente, de El Profesor (Álvaro Morte) y su trabajo, además, tiene doble reconocimiento porque muchas escenas las gravaba él sólo, puesto que gran parte de su acción transcurría en el hangar donde sólo estaba él.

Cabe decir que la aparición de la vasca Itziar Ituño no estuvo absenta de conflicto por unas declaraciones que ella había hecho tanto sobre el acercamiento de los presos al País Vasco y de la independencia de Euskal Herria y Cataluña y se organizó un boicot en las redes que no tuvo repercusión alguna porque el primer capítulo obtuvo algo más de un 25% de audiencia.

Bella ciao

[Esta parte puede contener spoilers.]

El final de la serie, tan aplaudido como criticado.

Aplaudido porque es el final feliz y redondo que los espectadores buscaban. Los atracadores a quienes se les ha cogido cariño se salen con la suya, Tokyo y Río, Mónica y Denver se van felices y Raquel y El Profesor (Sergio) se reencuentran un año después en una isla idílica y el capítulo se acaba prácticamente igual que se acabó el primero, Raquel pidiendo un cargador y él prestándole su móvil. Es bonito, sí.

Pero también hay quienes dicen que no fue un final arriesgado. Podrían haber detenido a Raquel, podrían haberlos detenido a todos. Podría Ángel haberlos delatado.

Hace tiempo leí una frase, que no recuerdo de quien era, pero la frase decía algo como que para que un final fuera un buen final el lector (en este caso el espectador) no se lo podía esperar, pero que, a la vez, dijera que no había podido ser de otra manera. Y cierto es que en el final de La casa de papel decimos que no habría podido ser de otra forma, pero sí que los espectadores se lo esperaban. La cuestión siempre es criticar, y lo cierto es que tenemos en frente nuestro un final redondo que no deja ninguna brecha abierta.

Esta serie no se hubiera podido hacer siete años antes

La casa de papel, en parte, contiene una gran parte de crítica y de reflexión trascendental.

En primer lugar, muestra como la frialdad del plan casi matemático de El Profesor llega a quedar prácticamente desbancado en algunos momentos porque otra parte de nuestro ser, algo más irracional como es el amor, el corazón, le traiciona porque nunca había contado con esa variable. Pero no es ahí donde quiero llegar.

Donde quiero ir es al hecho que la serie es una crítica enorme al sistema capitalista (y heteropatriarcal; esto lo vemos, sobre todo, en Nairobi).

En plena crisis económica española (de la cual aún sufrimos parte de sus consecuencias) esta serie hubiera sido un aliciente para que alguien realmente desesperado por su situación se animara a cometer un atraco parecido y, me atrevo a decir, que seguro que no hubiera contado con la buena suerte de El Profesor y su clan.

Porque… ¿Qué diferencia hay que sean los fondos europeos los que crean más dinero para dárselo a los bancos y cuando es un pobre grupo de desgraciados que a los que la mala suerte los acompaña desde hace tiempo?

Si un hombre desesperado entra a atracar una sucursal de Bankia, en general, nos vamos a compadecer de él y pensar qué situaciones dramáticas le han hecho llegar a hasta esa situación, pero en el momento en que dispara a alguien, rápidamente nuestros sentimientos hacia esa persona cambian, y esto es lo que quieren hacer los atracadores, el máximo dinero posible, pero con la única orden de no herir ni matar a nadie para así quedar como unos verdaderos héroes.

Si no lo han hecho, vean la serie para saber si son o no unos héroes o sólo grupo de descerebrados que sueñan con ser ricos.

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