Un poema que comunica algo que el lector ya conoce realmente no le está comunicando nada y de hecho muestra una falta de respeto hacia él”

Por dónde vagará John Ashbery

John Ashbery falleció el pasado tres de septiembre. Lo hizo sin levantar excesivo polvo. El mundo estaba ocupado en otros menesteres. Por eso este recuerdo llega cuando muchos ya se han olvidado de ello. Algunos viejos amigos recordaron con pesar su figura. Paul Auster, presente publicado, entre otros. Era el poeta con mayor número de ventas en los últimos años. No hubo otro igual durante medio siglo. Fue comparado con T.S. Eliot con pasmosa normalidad. Nadie se extrañó en ningún momento. Para los críticos contaba, incluso, con un vocabulario mayor que el de Whitman. Su carrera ha sido para los lectores cercana y oblicua por igual.

John Ashberry || Fuente: flickr.com

Carne de Nueva York

John Ashbery nació el veintiocho de julio de mil novecientos veintisiete en Nueva York. Fue hijo de una profesora y un agricultor. Curtió su educación en un internado de Deerfield. Autores como Dylan Thomas despertaron en él la vocación literaria. Se graduó con honores en la Universidad de Harvard. Trabajó durante diez años como director de la edición europea del Herald Tribune en París. Lo combinó con trabajos artísticos. Asimismo, tradujo al inglés obras de Rimbaud o Pierre Reverdy.

Durante los años sesenta convivió con la élite cultural neoyorkina, íntimo de Warhol, sin ir más lejos. Fue fiel a la primera Escuela de Nueva York de O’ Hara y Koch. Compartieron la pasión por la imagen del surrealismo francés y la emocionalidad del Lorca neoyorquino.

En la siguiente década Ashbery se inició en la docencia. Comenzó en la Brooklyn College y terminó en el Bard College. Combinó la enseñanza con ponencias y presentaciones de su obra. De igual modo, nunca abandonó su trabajo en los medios de comunicación. Fue editor de varias publicaciones literarias. Conjunctions fue el mejor ejemplo de ello. Colaboró de forma asidua con estudiantes y jóvenes promesas del mundo literario. Su país no dejó de condecorarlo. El Premio Pullitzer en el 76 abrió la veda. Junto a él, el Premio Nacional del Libro repetidas veces.

Verbo del mundo

El estilo de John Ashbery siempre fue presto a confusiones sobre su posible carácter autobiográfico. Expresaba la relación entre vida y poesía como “muy cercana pero oblicua”, como se mencionó. De estilo meditativo, aunó la confluencia entre la realidad neoyorquina y la cultura norteamericana. Sórdido como un beatnik y fantasioso como un Scott Fitzgerald.

Parmigianino || Flicr.com

Ashbery contó con una noción de poesía entre lo sensorial y lo emocional. No había más. No en vano, jamás revisaba sus poemas. Entre sus recursos predilectos se encontraban cambios de registro constantes, conciencia múltiple o distorsión de la sintaxis. De esa forma consiguió a lo largo de su obra dificultar la interrelación entre lector y texto.

Ya no es de noche. Pero hay una semejanza

de intención, de todos modos, en las formas

en que nos dirigimos a ella, hosco

color de qué mundo tan asombroso,

al apagarse o desaparecer, y esto

es una maravilla, creemos, y nos cuidamos de no pasar de largo.

Entre sus obras destacadas, Autorretrato en espejo convexo es posiblemente la más estimulante. Publicada en el año setenta y cinco, no vio traducción al castellano hasta el mil novecientos noventa. Javier Marías le dio forma. La idea central de la obra versa sobre el cuadro homónimo de Parmigianino. Más que sobre el cuadro sobre la mirada del protagonista. Una voz que invoca al pintor. Una voz que susurra al alma encerrada en la imagen. El discurso del poema pretende introducir diversas voces y perspectivas. Un loable intento de emular corrientes vanguardistas musicales y pictóricas en el género lírico.

Como hizo el Parmigianino, la mano derecha

mayor que la cabeza, tendida hacia el que mira,

retirándose con suavidad, como queriendo proteger

aquello que revela.

John Ashbury falleció el pasado tres de septiembre. Lo hizo a orillas del Hudson. Su mayor fascinación fue ver nevar, motivo que cristalizó en su primer poema con ocho años. Quién sabe por dónde vagará la voz norteamericana.