Japón, septiembre de 1911, vigésimo cuarto año de la era Meiji (1868-1912). Un capítulo crucial en la historia nipona está a punto de concluir con la muerte del Emperador.

La modernización fue el legado de Meiji, construido sobre las ruinas feudales del shogunato Tokugawa. La Restauración Meiji devolvió el poder a la figura del Emperador y moldeó la identidad japonesa en Asia. Surgía así un estado basado artificialmente en el Shinto, en detrimento del confucianismo dominante hasta entonces.

The Meiji Emperor of Japan and the imperial family, by Torajirō Kasai, 1900 / Fuente: United States Library of Congress’s Prints and Photographs division

Se aceleró la industrialización (Shokusan kogyo, 殖産興業), que propició la militarización. 1877 marca el fin de la era samurái. En 1905, Japón era ya una potencia militar bajo el lema fukoku kyōhei (富国強兵, “enriquecer el país, fortalecer al ejército). Vendrían otros. Japón miraba a Occidente en todos los frentes: economía, colonialismo, política, sociedad y pensamiento.

La primera ola del feminismo japonés surge también durante Meiji. Estaba unido al Movimiento por los Derechos Democráticos, en el que participarían activistas como Nakajima Toshiko y Fukuda Hideko. Liberales como Fukuzawa Yukichi, Ueki Emori y Mori Arinori defendían la igualdad de género, la liberación femenina y la monogamia inspirados por Stuart Mill. Compartía sus valores Iwamoto Yoshiharu al crear en 1885 Jogaku Zasshi, primera revista femenina en Japón. Yajima Kajiko, defensora de la educación femenina, creaba en 1886 la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza. La escritora Ichiyō Higuchi culmina su breve obra en Yoshiwara, barrio del placer.

La Ley Fundamental de Educación en 1872 incluyó, en efecto, a la mujer con la creación de escuelas femeninas estatales, seguidas pronto de instituciones privadas. Las primeras se guiaron especialmente por el concepto de ryosai kenbo (良妻賢母). Buenas madres y esposas sabias destinadas a apoyar el ie o sistema familiar japonés, que se identificaba con la nación.

Un nuevo modelo patriarcal // Fuente: Youtube

Japón, septiembre de 1911. La anarquista, activista y escritora Hiratsuka Raichō (1886 – 1971) se pronuncia: “Al principio, la mujer era el sol”. En los albores de la era Taishō (1912-1926), la mujer japonesa había perdido su independencia espiritual. Junto a Yasumochi Yoshiko y Mozume Kazuko, nacía Seito (青鞜, “medias azules”), la primera revista literaria feminista fundada por y para féminas.

El camino de Seito

La literatura japonesa se debe a la mujer, aunque después la excluyese. En la era Heian (794 A.C – 1185), Ono no Komachi, Sei Shōnagon, Murasaki Shikibu e Izumi Shikibu desarrollaron el kana y con él el tanka, la poesía de la introspección y la vida en la corte.

Portada del primer número de Seito, obra de Naganuma Chieko // Fuente: Wikipedia Commons

Parece, pues, adecuado que los inicios de Seito discurriesen en el ámbito literario. Hiratsuka contó en su empresa con el apoyo de la poeta y pacifista Yosano Akiko (1878 – 1942). La revista difundió las traducciones al japonés de obras como Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, o los ensayos de la feminista sueca Ellen Key (1849 – 1926). El poema El día en que las montañas se muevan supuso la contribución de Yosano al primer número de Seito.

Los inicios de la revista // Fuente: Neatorama.com

Sin embargo, Seito pronto viró al debate. Aborto, sexualidad femenina, independencia, matrimonio de conveniencia, desempleo y pobreza, el sistema de geishas y amantes, la legalización de la prostitución, el sufragio. La revista incomodaba a los garantes del kokutai (国体): el sistema de Gobierno, la base de la soberanía del Emperador. La censura no tardó en llegar.

La “nueva mujer” japonesa

Pero Seito siguió adelante. Las pioneras implicadas en su publicación eran, en su mayoría, mujeres graduadas de las primeras instituciones femeninas y clase acomodada. Reivindicaron a través de sus actos, pensamientos y apariencia el calificativo de “nueva mujer” (shin fujin新婦人). Sus experiencias nutrían narraciones sobre las relaciones premaritales, los vínculos románticos, el adulterio.

En 1915, Hiratsuka pasaba las riendas de la edición a Itō Noe (1895 -1923), anarquista y crítica social. Itō no se amilanó ante las presiones. Radicalizó la revista con la determinación que caracterizó su agitada vida hasta su posterior tortura y asesinato. En sus manos, Seito sobrevivió al desplome en las ventas causado por la presión gubernamental a los distribuidores un año más.

Hiratsuka Raichō, Yosano Akiko e Itō Noe // Fuente: Wikipedia Commons

Fueron muchas las autoras que vincularon sus nombres a Seito, unidas bajo una misma causa analizada a través de distintos prismas. Yuriko Miyamoto, novelista de izquierdas encarcelada en Rusia, en una relación con la académica y traductora Yuasa Yoshiko. Ariyoshi Sawako, cuya obra responde a cuestiones sociales y sus efectos en la vida doméstica y en la mujer. Nogami Yaeko, que defendía la literatura como vehículo de la moralidad y el activismo social. Hirabayashi Taiko, la escritora socialista del proletariado. Kamichiya Ichiko, quien tras apuñalar a un amante fue miembro socialista de la Cámara de Representantes japonesa desde 1953. Okamoto Kanoko, cercana a Yosano en la revista de poesía Myōjō, que cultivó un feminismo trascendental en su espiritualidad budista.

Pocas, como la novelista Hayashi Fumiko, lograron verdadero reconocimiento y fama. Para seguirles la pista en inglés es necesario, en muchos casos, recurrir a antologías. Con todo, Seito dejó un testigo en la lucha de la mujer. La continuaría la propia Hiratsuka, junto a otras como la líder sufragista y política Ichikawa Fusae (1893 – 1981), que conseguiría el voto femenino en 1945. Su legado es el testimonio de la voz femenina en un Japón cambiante, convulso, cuyo péndulo oscilaba ya hacia la Segunda Guerra Mundial.