Iván Ferreiro Granada

Iván Ferreiro lleva su ‘Casa’ a Granada

Fundido en negro, el Palacio de Congresos de Granada cae bajo la penumbra. Iván comienza su recital in media res, sin necesidad de presentación, sin mediar palabra, porque a su Casa, -título del último trabajo-, se puede entrar sin pedir permiso. Iván Ferreiro te acoge con la calidez hogareña propia del norte de España. «Dioses de la distorsión», ya sonaba de fondo. Una acústica envolvente, una puesta escena sobria, que se ajustaba a la estética propia del cantante, y unos juegos de luz y sonido acertados, asentaron con firmeza los pilares de un concierto delicioso, que llegaría a durar dos horas y media.

La noche del 24 de marzo se cumplió la profecía ferreirana. Sólo hicieron falta tres canciones para que el patio de butacas del Palacio de Congresos de Granada se alzara, por entero, al son del estallido dulce y triste de su música. El equilibrio anoche resultó ser más imposible que nunca. Al hilo de un repaso por los temas principales de Casa, también se entretejieron las canciones más aclamadas por el público, ese background más añejo de su producción, que conserva el aroma a tierra limpia de los artilugios que se atemperan cuando envejecen: «El Bosón de Higgs», «El dormilón», «Canciones para el tiempo y la distancia», «El viaje de Chihiro», «Turnedo»…

Iván Ferreiro durante su último concierto en Granada
Iván Ferreiro durante su último concierto en Granada – Fotografía: Cristóbal Domínguez Durán

Ferreiro, absorto en un meditado estatismo y midiendo los segundos con palabras, se abría paso por el escenario a través de una espesa iluminación azulada, que nos remitía directamente a ese azul nostálgico tan característico en la literatura finisecular. Auténtico spleen baudeleriano, que invitaba a la recepción de su música. Perfecta atmósfera par la acogida de las pequeñas dosis de tristeza contenidas en canciones como «Los restos del amor» o «Tupolev». Simpático, dinámico y en contacto agradable con el público, Iván consiguió, sin lugar a dudas, levantar un hogar, en medio de la noche granadina.

Immanuel Kant reconoció en lo «sublime» una afección fuerte que extrae el placer de la pena. Así, pudimos escuchar en una de sus canciones: «Qué felices, qué caras más tristes». Y es que el vigués, oriundo de Nigrán, Val Miñor, aúna con asombrosa solvencia alegría y tristeza; verdadera sublimación kantiana de la nostalgia, llevada a su máxima expresión mediante la narración sincera de una historia vital, que nos fue entregada en forma de música.

Esa noche, qué duda cabe, todo aquel que estuviese en el Palacio de Congresos, creyó firmemente aquello de: «Hoy me parece perfecto el Sistema Solar».

Juan Antonio Fernández

Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia. Lorca, 1994