Entre símbolos cósmicos, una musa angustiada toca la lira en tributo a Apolo, dios griego de las artes. Así es la pintura Música I (1895), de Gustav Klimt, representante máximo de la Secesión vienesa.

 

 

En 1891, Klimt recibió un encargo de un rico empresario, Nikolaus Dumba. Durante 8 años, el artista se ocupó del decorado de su sala de música y diseñó los murales acordes a los interiores de aquella época, que buscaban el bienestar psíquico y estético. Sobre las puertas de la habitación se ubicarían Música II (1898) y Schubert al piano (1899) –compositor preferido de la burguesía sentimental–. Desde ese momento, su pintura constituyó un punto de encuentro entre dos disciplinas.

Haciendo valer el lema de la Secesión, “A cada época su arte. Al arte su libertad”, Klimt buscaba expresarse libremente, mezclando en muchas ocasiones el pasado y la modernidad, la corriente impresionista con un periodo todavía abierto:

“El lienzo de Schubert representa la ‘hausmusik’ -los músicos interpretaban canciones para los nobles en sus castillos- […] Todo está bañado por la calidez de las velas, lo que suaviza los contornos de las figuras hasta fundirlos en la armonía. […] adoptando las técnicas impresionistas para ponerlas a su servicio.” La viena de fin de siglo. Política y cultura (2011), de Carl E. Schorske

Schubert al piano, 1899

Schubert al piano (1899)

Según Schorske, el lienzo representa una de las piezas del músico, An die Musik, compuesta en 1817. En la canción Schubert agradecía al “arte sublime” por transportarle a un mundo superior.

Alegorías rítmicas

Tanto en Música I como en Música II, este arte está personificado por una musa desdichada que toca la lira, instrumento que simboliza al dios Apolo. Friedrich Nietzsche fue otro referente para Klimt, ya que en ambas pinturas aparecen símbolos galácticos de El nacimiento de una tragedia (1872), libro en el que el filósofo habla de la música y la poesía como la esencia del mundo.

La música regresó al trabajo del artista en Friso de Beethoven (1902), inspirándose en la interpretación de la Novena Sinfonía de Richard Wagner (1846) y en la letra de Oda a la alegría (1786) del poeta Friedrich Schiller, al que Beethoven puso la melodía de su novena y última sinfonía. El panel correspondiente al poema hace referencia a la liberación de la humanidad a través del arte con su coro de ángeles.

Fragmento de Friso de Beethoven (1902): El ansia de la felicidad se calma con la poesía

“Corred, hermanos, seguid vuestra ruta,
Alegres, como el héroe hacia la victoria.
[…]
¡Búscalo por encima de las Estrellas!
¡Allí debe estar su Morada!”.

Fragmento Oda a la alegría, de Schiller

Durante su carrera, Klimt combinó no solo lo clásico y la modernidad, sino también dos artes que le permitieron desarrollarse como creador y lograr un idioma propio en la Viena de principios del siglo XX.

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