PortadaEfecto Bilbao

El Guggenheim, ese extraño Landmark en el territorio que dotó de la noche a la mañana con nombre internacional a la ciudad de Bilbao. El diseño urbano está ligado al tiempo, es un sistema sumamente complejo que debe adaptarse a su territorio y su cultura. Bilbao siempre ha tenido la condición de puerto interior. Era la gran vena que nutría Euskadi, la meseta castellana y algunas zonas de la depresión del Ebro a través del Cantábrico y del océano Atlántico. En el siglo XIX, los Astilleros de Euskalduna marcan un cambio de época. La antigua ferrería dio paso a los Altos Hornos de Vizcaya.

Una fuerte migración nacional hizo pasar a Bilbao en un siglo de 10.000 habitantes a 410.000 habitantes. La ciudad hizo de lanzadera para lo que sería una fuerte explosión demográfica en la época de la revolución industrial que demandaría necesidades de vivienda incompatibles con la actividad portuaria. El tránsito fluvial generó una desconexión entre los dos márgenes del río hacen que la ciudad crezca “de espaldas a la ría”.

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A finales de los 80 comenzó el declive industrial, económico y social. Bilbao agonizaba tras las últimas bocanadas de los Altos Hornos de Vizcaya, un desastre en términos urbanos y de imagen que se agudizaban por la imagen del terrorismo.

La ría dejó cadáveres abandonados, una extensa cultura y patrimonio industrial que necesitaba un lavado de cara. Un proceso de transformación urbana sin precedentes en la península con el fin revitalizar la ciudad, el saneamiento de la ría para convertir el problema en oportunidad. Nuevos usos que proporcionen a la ciudadanía mayor calidad de vida, nuevos espacios de uso y oportunidades laborales.

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Pasen y vean, la nueva arquitectura llega a la ciudad

Para tal cambio debía promocionarse Bilbao en el exterior. Un relanzamiento económico a base de talonario y concurso restringido para sólo unos pocos. Potenciar la ciudad mediante arquitectos estrella además de tener una estrategia urbana como hilo conductor con el fin de consolidar la ciudad.

Norman Foster es el primero en caer en la ciudad. Mediante el sistema de concurso se adjudica la ejecución de las obras del metro. El arquitecto británico plantea una oruga que desciende a los andenes, retomando la idea de caverna. Tras su intervención, se unen a la arquifiesta un gran número de personalidades.

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La lista es larga: Álvaro Siza con el edificio de la universidad de Deusto, Cesar Pelli con una torre de oficinas de 40 pisos, Arata Isozaki rehabilitando el muelle de Uribitarte con dos rascacielos, Zaha Hadid con un master plan para la ría y como no Santiago Calatrava con el puente de Zubizuri y la terminal del Aeropuerto.Una inmensa colección de arquitectura que llegará a su culmen con el museo Guggenheim de F. Gehry.

La herramienta de revitalización

La fundación Guggenheim se encontraba en proceso de expansión y barajaba numerosas ubicaciones para su nuevo museo entre ellas contaba Salzburgo y Bilbao. En 1991 las administraciones vascas realizaron un acuerdo para acometer el proyecto de Museo de Arte Contemporáneo en Bilbao. Invitaron a tres arquitectos de prestigio internacional.

Coop Himmelb(I)au de Viena vino con una idea que conservaba ese pasado industrial que guarda gran identidad con la ría. Proponía conservar la antigua fábrica de maderas y su símbolo la chimenea de cara vista, añadiéndole varios volúmenes paralelepípedos sensiblemente cúbicos que quedaban presentes en la ría.

La propuesta de Arata Isozaki planteaba un gran volumen compacto de forma ovalada con una gran superficie acristalada que emergía de forma rotunda, sin carácter sobre el paisaje industrial del puerto. No fue elegido por su escasa singularidad.

Frank O. Gehry dejo estas anotaciones sobre su proyecto: “Presencia visual del nuevo edificio, exterior e interior vistos desde la orilla de la ría. Fuerte relación visual entre el museo. Importante contar con una sólida presencia desde el puente del Ayuntamiento.”

El arquitecto canadiense fue incluido en la exposición sobre arquitectura deconstructivista realizada por el MOMA en 1988. El museo de Bilbao se considera su obra culmen. Esta explota su sentido plástico de la arquitectura tratando el edificio como una escultura en su totalidad. El museo se caracteriza por su libertar de formas, espacios interconectados por volúmenes opacos recubiertos con láminas de titanio simulando escamas. El complejo diseño es propiamente una obra de arte. La materialización de sus formas fue posible utilizando tecnología aeroespacial.

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No es extraño que todavía muchos medios dediquen algunas páginas al mal llamado efecto Guggenheim. No fue una sola actuación la que revitalizó la ciudad. Cabe considerar que la arquitectura por sí sola no hace ciudad. La utilización de una estrategia de hitos en el territorio resolvió un problemática local. El indudable éxito de Bilbao no ha resultado exportable, paradójicamente, a otros lugares. Es en cambio causa de numerosos y sucesivos fracasos en muchas ciudades.

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