La vida es muy difícil y dolorosa, pero entras en una de esas salas de cine, y ves a Fred Astaire o a Robert Redford, o a quien sea, y te parecen tan divertidos y tan valientes, tan conmovedores. Luego, cuando acaba la película, vuelves al mundo real y no encuentras taxi y está lloviendo.

Woody Allen.

El cine, además de arte, es un medio que permite al espectador desconectar durante dos horas de todas las preocupaciones para centrarse únicamente en las aventuras o desventuras, amoríos o dramas de los personajes que aparecen en las pantallas. Así nació el cine, como entretenimiento.

Con el paso del tiempo, y el desarrollo de los géneros cinematográficos, ha ido surgiendo una línea temática especialmente centrada en hacer sentir bien al espectador por encima de todo: las feel good movies.

Se denominan feel good movie a aquellas películas que representan a sus personajes y situaciones de una manera que hace sentir bien al espectador, dando prioridad a sentimientos como la alegría y el optimismo. Puede resultar naif, pero dar con la tecla correcta no es tan fácil como parece ya que se corre el riesgo de caer en la cursilería, lo previsible e, incluso, lo políticamente incorrecto.

“Qué bello es vivir (1939) es una de las feel good movies más conocidas y existosas”

Lejos de lo que se pueda pensar, una feel good movie no tiene por qué ser precisamente una comedia o un romance simpático. De hecho, las mejores películas de este género son aquellas que pueden darle la vuelta a la peor situación posible para transmitir al espectador una dosis de optimismo y vitalidad que le permita acabar la película con una sonrisa. Y eso hizo Frank Capra maravillosamente bien en Qué bello es vivir (1946).

Aunque no es uno de los géneros más explotados, es posible encontrar un buen puñado de buenas feel good movies a las que acudir a modo de salvación: Cantando bajo la lluvia (1952), Intocable (2011) o Del revés (2015), son buenos y diferentes ejemplos de ello.

“La cinta francesa Intocable fue una de las películas más exitosas en 2011”

En el cine nacional, Daniel Sánchez Arévalo demostró con su película Primos (2011) que también sabía tocar muy bien las teclas de este género y, ocho años después, vuelve a ese género con su último largometraje.

Diecisiete: la vuelta de Daniel Sánchez Arévalo al cine que cura a los espectadores.

Después de 6 años sin estrenar ningún largometraje y con una novela galardonada en los Premios Planeta –La isla de Alice, semifinalista en 2015- el autor madrileño vuelve a la tierra de su padre, Cantabria, a rodar una cinta para volver al cine por la puerta grande.

En Diecisiete se cuenta la historia de Héctor, un adolescente conflictivo de 17 años al que internan en un centro de menores. Allí, comenzará una terapia de reinserción con perros y establecerá un vínculo muy especial con uno de ellos, Oveja. Cuando el animal es adoptado, Héctor no duda en ir tras él y, en su epopeya, contará con la ayuda de su hermano y su abuela.

Con esta película, el director madrileño ha vuelto a un terreno sobre el que pisa sobre seguro ya que es, probablemente, uno de los autores españoles que mejor conozca la idiosincrasia millennial, talento que explota con naturalidad a la hora de escribir unos diálogos con los que es fácil familiarizarse.

Con Diecisiete, Sánchez Arévalo se ha alejado de su equipo técnico y actores habituales. Sin embargo, sí que repite con un género que el cineasta conoce muy bien, la feel good movie, con la que ha firmado con éxito su vuelta a la pantalla. El madrileño vuelve a emplear la receta que tan bien le salió con Primos, aunque dotando a este film de una personalidad propia, más alejada de la comedia, que la convierte en algo totalmente diferente.

Daniel Sánchez Arévalo vuelve al cine después de 6 años alejado de las salasDiec

Diecisiete es una cinta que nos habla de la frustración, de la dificultad de aceptar ciertas realidades y, también, de lo difícil que resultan las despedidas. A pesar de ello, Sánchez Arévalo sabe qué hacer para que, una vez acabada la película, el espectador no se sienta abatido, sino que, más bien, la lagrimita del final sea lo más dulce posible.

Esa es la magia del cine. La que permite que se dejen a un lado los problemas y preocupaciones. La que permite al espectador soñar con ser Audrey Tautou en Amelie (2001) o Tim Robbins en Cadena Perpetua (1994). La magia que explotan al máximo las feel good movies.

Como espectadores, no podemos renunciar a sentirnos bien durante dos horas, aunque afuera esté lloviendo y el tráfico esté colapsado. No podemos. No queremos.

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