Escritores rusos que continúan salvando al mundo

León Tolstói, Fiódor Dostoyevski o Iván Turguénev –Turguéniev para algunos transcriptores– son sólo algunos ejemplos de lo influyente que todavía resulta la literatura rusa del siglo XIX en todo el mundo y, en particular, en el autodenominado ámbito occidental. Crimen y castigo y Ana Karenina no sólo son joyas de la literatura universal, sino que siguen representándose en teatros de todo el mundo –pese a ser novelas y no obras de teatro– y continúan influenciando a los escritores noveles más destacados. Por su parte, El primer amor de Turguénev es, para quien tiene el gusto de conocerla, la obra más sencillamente engañosa de la historia; este breve relato sobre el amor adolescente puede encerrar tanta complejidad como cualquiera de las alabadas obras de sus contemporáneos.

Dostoyevski, Tolstói y Turguénev fueron personas controvertidas para su tiempo y, aunque guardaron algunas discrepancias –son especialmente famosas las aireadas por Dostoyevski, eslavófilo y conservador, y Turguénev, noble, europeísta y liberal convencido– compartieron, además de otras muchas cosas, el juego como denominador común. Tolstói escribió Los cosacos como pago a sus incursiones en los casinos de Baden-Baden y Dostoyevski hizo lo propio con El jugador. Turguénev, por su parte, se limitó a inspirar una de sus obras más notables, Humo, en los casinos de esa zona -además de rescatar a sus compañeros de alguna que otra desventura por esos lares.

escritores rusos

Fiódor Dostoyevski (1872, Vasily Perov)

En cualquier caso, estos autores trascienden a su tiempo y a sus obras para hacerse dueños del presente, y no sólo a través de las lecturas indiscriminadas, los debates universitarios y las representaciones teatrales: desde una biblioteca improvisada en Bogotá hasta un problema matemático planteado por León Tolstói que vuelve locos a los internautas, los grandes escritores rusos están más presentes que nunca.

Es precisamente por esto que continúan salvando al mundo. Aquellos que han tenido el placer de zambullirse en la obra de Dostoyevski ya sabrán a qué me refiero. El idiota, novela escrita por el moscovita y publicada en serie a través de El mensajero ruso entre 1868 y 1869, recoge una afirmación que se ha hecho especialmente famosa: “la belleza salvará al mundo”. Para ser justos, la mayor parte de estudiosos de la literatura rusa están un poco hartos de que se utilice esta frase fuera de contexto, por lo que quizás debiéramos aclarar un par de cuestiones.

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Retrato de Iván Turguénev (1874, Ilya Repin)

El idiota está basada en el príncipe Myshkin quien, como le ocurría a Dostoyevski, sufre epilepsia y, precisamente por esto, es considerado idiota. El príncipe también es tachado de idiota por ser inocente, hablar sin pensar y otorgarle bondad a todo aquel que conoce. Esta “idiotez” es para Dostoyevski una inteligencia del alma, o al menos así lo sugiere en su novela. En la obra, es Hipólito quien le pregunta a Myshkin: “¿Es cierto, príncipe, que dijiste alguna vez: ‘la belleza salvará al mundo’?”. Sin embrago, Myshkin nunca responde a esta pregunta de forma directa, y es precisamente aquí donde se materializa esa forma tan sutil y profunda que tienen los autores rusos de contar las cosas.

Hay una innumerable cantidad de tesis sobre lo que realmente quieren decir las obras de estos tres controvertidos autores, sin embargo, cada uno debe encontrar su propio significado y responder a la pregunta que Hipólito parece lanzar al mundo. Desde mi perspectiva no cabe la menor duda: la belleza nunca ha dejado de salvar al mundo y concretamente la vida, y obra de estos tres gigantes de la literatura universal sigue haciéndolo cada día.

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