Emily Dickinson (1830-1886) comparte con su contemporáneo Walt Whitman ser reconocida como una de las más grandes poetas en lengua inglesa de la modernidad.  Se ha calificado a su obra como original y rompedora. Y sin embargo no es una autora especialmente accesible. Tomar el tiempo suficiente para descubrirla recompensa con una obra cargada de lirismo y fuerza poética.

la única imagen confirmada de la autora. Daguerrotipo de la poeta 1847

Única imagen confirmada de Dickinson. Daguerrotipo de 1847

Dickinson vivió la mayor parte de su vida adulta recluida, por voluntad propia,  en la casa de su familia, en un pequeño pueblo de la costa este estadounidense,  Armhest,  Massachussets.  Allí escribió cada día, pese a que siempre se negó a publicar.  Conservó, en cambio, sus composiciones en forma de fascículos manuscritos que mantuvo ocultos a sus allegados y que se encontraron a su muerte.

Se cuentan, en total, hasta mil ochocientos poemas, además de cartas y otros textos. Sin embargo, Dickinson no estuvo aislada ni cerrada al mundo. Fue una mujer cultivada, que recibió en su juventud una completa educación y que mantuvo una amplia correspondencia con figuras intelectuales de su tiempo.

De la excéntrica poetisa, de la que dicen siempre vestía de blanco, ha escrito el prestigioso y polémico crítico literario Harold Bloom que: “es muy difícil escribir sobre ella (o leerla en profundidad, o enseñar sobre ella correctamente) porque es inmensamente más inteligente que sus críticos (yo incluido)”.

El significado se escapa

Efectivamente, la obra de Dickinson no es fácil. Su estilo, de construcción aparentemente simple, es ajeno a las normas de composición de la época, y además, contiene unos recursos propios con los que la autora construye una poesía  llena de elipsis y ocurrencias.

Casa museo de Emily Dickinson

Casa museo de Emily Dickinson

Su fuerza lírica proviene, a nivel formal, de la estructura rítmica de sus composiciones. Dickinson se inspira en los himnos religiosos para escribir sus poemas, en los que las rimas internas generan un gran sensación de musicalidad. Véase, por ejemplo, los dos primeros versos del poema número 314:

“Hope” is the thing with feathers

That perches in the soul”

Poema 314

Del mismo modo cobra gran importancia en su obra el uso de los signos de puntuación. Dickinson utiliza las mayúsculas, las cursivas y, sobre todo, el guión, de manera poco convencional. Con este último, en concreto, que suele situar al final del verso, algunos teóricos sugieren que quiere evocar lo infinito, un verso que no acaba la frase que lo contiene. Parecería que, con esta puntuación, el verso se enuncie en destellos, en golpes lanzados hacia afuera.

La temática de Emily Dickinson

En cuanto a los temas tratados, Dickinson propone un acercamiento  a la naturaleza desde una religiosidad personal, de cariz trascendental. La fuerza de las cosas pequeñas, de las criaturas vivientes del jardín, sea una flor, una abeja, la hierba  o una rana, conjuran la grandeza del mundo.

Asimismo, otro de sus  temas centrales es el del valor de la poesía, la capacidad creativa y la importancia de la  lírica sobre la prosa.  Poemas como el 613 son un buen ejemplo de ello:

They shut me up in Prose

As when a little Girl

They put me in the Closet

Because they liked me “still”

(…)

Poema 613.

Por todo ello, la traducción de sus poemas es todo un reto, pues en Dickinson poco hay de literal y mucho de sugerido. Si es posible, es preferible atreverse a encarar su inglés, aún con vestigios  decimonónicos, en una edición bilingüe que apoye la lectura.

Y aunque al principio se puede tener la tentación de no seguir, de pararse a la primera ante un cierto hermetismo, hay que perseverar,  leerla de nuevo, incluso en voz alta. O escucharla:

Saborear el ritmo de su versos y suspender el juicio torpe y la búsqueda de un sentido unívoco. Y es que Emily Dickinson abre la puerta a otra espacio, más íntimo, más libre, que empieza en las palabras pero no acaba en ellas.

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