Para ser libre, fuerte, valiente. Para no estar triste, para no olvidar. Para entender, para querer, para escuchar. Para espantar a los monstruos y que los sueños venzan al despertador. Y por si la risa no saliera…para todo eso se compone una canción.

Si hay un dicho del que no hay lugar a dudas es que la música amansa a las fieras. Hay tantas clases de música como de fieras, es decir, de personas, y cada una le otorga más importancia a un elemento que a otro dentro de una canción. Por ejemplo, en algunos casos el valor melódico es más importante, en otros la letra predomina por encima de la melodía, y, a veces, incluso el ritmo es el que gana a todo lo demás. Bien para bailar, para relajarse, para expresarse, para denunciar situaciones que no gustan…para todo eso, y más, la música.

Leonard Cohen || Fuente: Youtube

 Las canciones

Muchos artistas hablan de lo que les mueve a componer una canción. En algunos casos, las canciones surgen de repente. Muchos tienen rutinas establecidas de composición, un horario, incluso. Otros esperan a que fluya, o las canciones llegan a su cabeza sin saber de dónde vienen, ni hacia dónde van.

Al encontrarse tan diferentes estilos musicales, la manera de construir los temas en cada uno de ellos también varía. Existen géneros donde las partes instrumentales son las más fuertes o las que más destacan, otros, en los que la letra es la protagonista y también están los que combinan ambas fórmulas.

En el caso de géneros como el rock y sus descendientes la parte protagonista es, sin duda, la comunión de todos los instrumentos que intervienen para crear un sonido muy determinado. Por ello la parte compositiva se centra más en elaborar una buena base musical que se preste a destacar todos esos instrumentos en diferentes momentos de la canción. Por otro lado, de manera general, el rock también destaca por letras bastante elaboradas, por lo que ambos factores se trabajan por igual. Pero sí bien es cierto, que, pese a letras potentes que remueven conciencias y sociedades, una canción de rock se reconoce más, a priori, por las melodías que la caracterizan.

El jazz, por ejemplo, género de los géneros, destaca por la importancia del ritmo, del swing. Además, lo característico del jazz es que a lo largo de la canción todos los instrumentos alcanzan  su momento de protagonismo, fundamentalmente por la gran libertad de improvisación conseguida a través de toda esa estructura rítmica. De hecho, este tipo de música se considera el género por excelencia porque gracias a su aportación al ritmo y la combinación de acordes a lo largo de compases de ocho tiempos, se estructuró toda la música moderna. Así nacieron el rock, y de éste, a su vez, el pop.

Pero en el caso del pop el análisis resulta más difícil, ya que se trata de un género que ha variado mucho, y sigue en constante cambio, a merced de los reclamos populares. Aunque si algo tienen en común todas esas variaciones del pop es que lo más importante es la melodía. El pop se caracteriza por ser contagioso y estar construido con estructuras repetitivas, que es ciertamente parte de su encanto. Analizando, de hecho, la oleada de grupos de pop que surgieron en la Movida Madrileña, de todos ellos se puede extraer precisamente ese elemento común: melodías y ritmos pegadizos, que calen en la gente, y letras no muy complicadas, fáciles de recordar, estribillos cortos y repetitivos.

Por otro lado, se encuentra la canción de autor, que se distancia de los demás géneros para consolidar un estilo marcado por la importancia de la letra. En este sentido, lo que dice la canción prevalece por encima de lo que sugiere la música, aunque el resultado del tema y el impacto que produce en las personas es la simbiosis de ambos elementos.

El proceso

Sin embargo, componer una canción puede parecer, a primera vista, relativamente fácil. Pero todo se vuelve complicado cuando hay que crear, por un lado, la música y, por otro, la letra. Además de hacer que ambas concuerden, se complementen y sepan sacar la una lo mejor de la otra.

Al igual que los arquitectos idean un edificio y lo plasman para que sea construido, o un escultor va dando forma a su creación hasta que consigue lo que había imaginado, componer una canción también es construir y dar forma. Pero, además, en el camino, a lo largo de ese proceso, también la canción crece. De repente, un acorde, un adorno, un arpegio, un rift de guitarra, dos melodías armonizadas o los ligeros matices de otros instrumentos, bastan. Una sucesión de emociones convertidas en una nota, un compás o un silencio. Se amontonan, forman estribillos y estrofas, y en los mejores casos también un puente que avecine el clímax de la canción. Porque una buena canción no sería nada sin un principio sugerente que te invite a escucharla hasta el final, y un final insuperable por el que haya merecido la pena escuchar.

Niño tocando la guitarra. || Fuente: Pixabay

Niño tocando la guitarra || Fuente: Pixabay

En muchos de los casos no termina siendo lo que se había imaginado, sino una versión mejorada, porque el proceso de creación la enriquece. Una canción es el final, no el principio.

Porque, como dijo Victor Hugo, “un poeta es un mundo encerrado en un hombre”. En este caso, cada artista es un mundo en sí mismo, y eso hace que su mirada sobre todo lo demás sea diferente. Por eso, cualquier historia que le suceda, que le cuenten, que admire o sienta es susceptible de ser convertida en canción.

Una ciudad, un paisaje, una persona…cualquier elemento puede ser transformado en melodía. Porque tal vez cuando algo es demasiado sublime, cuando ni siquiera las palabras bastan, es entonces cuando ocurre la música.

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