Todo museo lleva consigo un mapa, como una radiografía latente de su propio esqueleto, ligeramente doblado por la mitad en el bolsillo de la chaqueta. En ese donde a veces también encontramos monedas. Y es ese mapa el que nos guía, quitando sutilmente, pero de forma arrolladora, cualquier indicio de veleta propia. La imagen de Boreas con los mofletes llenos de aire, deshinchándose poco a poco como un globo entre las manos de un niño.

Parece que la forma de visitar un museo es simple y estándar, solo debemos seguir los números y flechas e ir cambiando de sala hasta llegar a la Salida, la Cafetería o la Tienda. Perderse una sala es un desastre, si esta está cerrada por reformas un drama y si el cuadro en obras es un Velázquez una crisis. Las escaleras parecen de un solo sentido, los autores menores prescindibles y las glorietas puntos de descanso. Nadie se pierde al Bosco en el Prado, pero pocos se detendrán delante de un cuadro de Juan Correa de Vivar.

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Museo de la Orangerie, París || Fuente: Mery Pineda

Se esquematiza la mirada, se la resume hasta la extenuación, y se la enseña a mirar. Aunque el que enseña siempre lo hace partiendo de algo y ese algo es siempre una idea. Peligrosa la mirada, nunca inocente, nunca saciada, nunca fiel, siempre curiosa aunque parezca cansada. La mirada aprende, continuamente, pero siempre partiendo de cómo le han enseñado a buscar. El acto de mirar, el vistazo del método psicológico de la historia del arte y del que habla Gadamer en su obra La actualidad de lo bello, siempre lleva consigo una intención y un interés.

La moneda va cambiando de cara

Pero los museos no siempre han sido visto como hoy, como lugares sagrados del arte y la cultura autóctona de un país o nación, capitulo imprescindible de nuestra guía de viaje y la visita más cara de todas las vacaciones. Los museos fueron vistos con otros ojos, y fueron entendidos de forma distinta en sus orígenes y también después.

Decía Borges que los museos fueron pensados por los hombres como laberintos sin salida, para confundirnos eternamente. Proust en cambio disfrutaba de sus visitas ya que cada una de ellas iba destinada a una sola obra. Entraba, se sentaba, y miraba, observaba, estudiaba una sola obra, y al terminar salía del museo sin mirar ninguna más. Gombrich en cambio, era totalmente contrario a ellos. Elliott Erwitt supo inmortalizar esos momentos imperceptibles y cómicos a partes iguales que ironizan el espacio museístico.

Museos donde hay peligro de enamorarse

Hay distintas clases de amor como también hay distintas clases de museos. Hay amores nostálgicos, que nunca abandonan. El museo Sorolla de Madrid es uno de ellos. Su jardín te invitaría a té si pudiera, sus salas sacarían las pastas.

El Moco Museum de Ámsterdam es uno de esos amores pasionales, rojo vivo, rojo pasión, que te avisa de antemano que el corazón va a quedar hecho trizas, pero en ese momento te da absolutamente igual. El Musée de Montmartre, con sus Jardines Renoir es quizá para amores tímidos, de miradas intermitentes pero intensas, de manos sudadas debajo de la mesa y de besos sonoros que corretean por la imaginación.

El museo de la Orangerie es para amores solitarios, de los que piden música mientras se visitan para no oír nada, absolutamente nada, que no queramos oír. También existen los amores maduros, supervivientes de guerras y treguas sin cuartel, de trincheras que lograron salvarlos. Ese amor es el que late en el museo Peggy Guggenheim de Venecia. El Mauritshuis en la Haya es el equivalente museístico de presentar tus padres a tu pareja y el Museo de los Corazones Rotos en Zagreb, Croacia, es solo para aquellos que les gusta tentar al destino. Apostando fuerte a la carta más alta.

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Detalle Fuente de los cuatro ríos. Plaza Navona, Roma|| Fuente: Mery Pineda

Y para los que llegaron al final del camino, para ese adiós que siempre se anuncia pero nunca quiere reconocerse, nada mejor que bajar por la escalera de Giuseppe Momo en el Vaticano. Hasta al final, aunque se termine algo mareado.

Y sino, siempre nos quedaran los grandes amores, los míticos, los que no nos matan pero nunca fallan. Como dijo Rick Blaine, «siempre nos quedará París» y los rincones del Louvre. Aunque para empezar a enamorarse es bueno escoger siempre una plaza, al aire libre, con esos museos que siempre cambian aunque sus obras parezcan inalterables.