Lidiar con la tarea de hacer una aproximación al pensamiento de Carlos Castaneda usando sólo la palabra es, como siempre cuando se habla de pensamiento psicodélico, una labor compleja.

En primer lugar, cabe hacer hincapié en el injusto trato recibido por este antropólogo. Sus estudios en el ámbito del Nahualismo han sido complemente descartados por la comunidad científica, y sus obras relegadas a la ficción literaria. Más allá de cuestionar la veracidad de cada palabra, se debería tener en cuenta que se está frente el testimonio de un antropólogo en el mundo de un indio yaqui llamado Don Juan, no ante un estudio antropológico, pese a las pretensiones del autor.

La producción literaria de Castaneda puede dividirse, básicamente, en dos etapas: una bajo la influencia directa de Don Juan, que se compone por una tetralogía: Las enseñanzas de Don Juan (1968), Una realidad aparte (1971), Viaje a Ixtlan (1973) y Relatos de Poder (1975); y otra donde Castaneda ya se ha convertido en brujo, haciendo de maestro entre sus propios discípulos y, literalmente, reajustando las enseñanzas de Don Juan.

Este artículo se fundamenta en las obras donde recibe las enseñanzas directas del indio yaqui, dado que es la parte con la que me siento más en deuda. En su práctica posterior, Castaneda mutó y se adaptó a raíces urbanitas, cayendo en ciertas y complejas formas de alcanzar el mundo del brujo, ahora occidental. Algunas de ellas son enmarañadas, aparentemente incomprensibles y a veces, incluso, contradictorias. Éste es un palabro con el que habrá que lidiar constantemente en el caso de Castaneda.

Críticas e incongruencias

Existen varias personas que evidencian cierta incongruencia argumentada en las afirmaciones del antropólogo. Como, por ejemplo, la falta de acuerdo que ha mostrado la comunidad científica en relación a otros estudios realizados por otros investigadores en comunidades yaquis. A decir verdad, el propio Castaneda se mostró muy receloso ante la posibilidad de que se indagara sobre su vida, le fotografiaran, grabaran, consultaran sus notas de campo o pudieran confirmar la existencia de Don Juan. Sin embargo, muchos de los que han leído los libros pueden suponer el porqué de estos comportamientos. Si alguien los pone en duda, quizás debiera reflexionar sobre lo que ocurrió con María Sabina, y la aldea donde vivía, después de que Robert G. Wasson, Albert Hofmann, Roger Heim, Huxley y Leary publicaran sus visitas.

Además, el brujo elige a su discípulo y cualquiera puede reconocer la dificultad de resultar elegido sin pertenecer a esos mundos y proviniendo del academicismo occidental. Esto provocó considerables recelos entre aquellos que dedicaron años de sus vidas a convivir en comunidades yaquis o con brujos yaquis sin haber escuchado ni observado, jamás, nada parecido a la experiencia relatada por Castaneda.

Marvin Harris

El propio Marvin Harris dedicó un capítulo de su famoso libro Vacas, cerdos, guerras y brujas (1974) a criticar el trabajo de Castaneda, considerándolo “un trabajo de poca calidad (…) sin alcanzar, en ningún momento, la objetividad necesaria para el ejercicio de un investigador”, llegando a llamar a Don Juan tecnócrata. El pensamiento científico de algunos estudiosos es tan encorsetado que difícilmente podrá pasar por el aro de su empirismo algo como lo que tenemos entre manos. Por aquellos tiempos, los antropólogos dedicaban muchísimo tiempo de su trabajo a tratar de prestigiar su ciencia, y a la búsqueda de métodos empíricos que les permitiera posicionarse a la altura de otros ámbitos, como el de la sociología. Muchas veces, la validez científica se perseguía con más ahínco que la investigación subjetiva de calidad.

Es difícil hablar de antropología sin asirse, con fuerza y cabezonería, al individuo y a la subjetividad y, sin duda, en Castaneda hallamos ambas condiciones. No vamos a leer un tratado antropológico, de eso que no quepa duda. De hecho, algunos críticos destacaron su “carácter literario”, pues la obra es entretenida, apasionante en muchos momentos, y puede que un poco exagerada.

La mentira del advenedizo

Otros personajes que dicen haberlo conocido, como Jodorowsky o Leary, tampoco transmitieron una imagen muy positiva de él, describiéndolo como un advenedizo. Sus discípulos argumentaron posteriormente que su comportamiento no fue más que la estrategia social de cualquier brujo, que no se expondrá al juicio del “hombre mundano”, puesto que es un ser incapaz de mesurar su percepción del mundo. Resulta inverosímil encajar a Castaneda en el contexto mediático de Leary o en el occidental, bohemio, polifacético y consumista del, al fin y al cabo, gran Jodorowsky. La verdad, se encuentra más consecuencia que oportunismo en el hecho de que Castaneda no haya querido formar parte del mediático circo en el que se hallaba la sociedad occidental por aquel entonces.

Jodorowsky

Sólo mencionaremos a otro par de críticos, puesto que ambos se beneficiaron del nombre de Castaneda para popularizarse y recibir considerables beneficios por sus obras, dedicadas a la crítica y puesta en evidencia de las contradicciones del antropólogo: Richard de Mille y Jack Courtney Fikes.

Hay otros muchos ejemplos y curiosidades al respecto de las contradicciones de Castaneda, como las preguntas de sus discípulos sobre la imposibilidad de que les contara anécdotas en compañía de Don Juan en momentos y lugares donde no podía haber estado con él, partiendo de lo escrito en la tetralogía arriba mencionada: él siempre respondía que podía estar en ambos lugares simultáneamente (al igual que Don Juan); o la declaración de Albert Hofmann sobre la experiencia que Castaneda relata en sus libros, donde explica que le resultaba imposible empatizar con sus descripciones de los efectos de estos enteógenos. Hofmann llegó a especular sobre estas descripciones, barajando la posibilidad de que Castaneda realizase la narración partiendo de testimonios de otras personas. Según él, cualquier ser humano avezado en el uso de estas sustancias no encontraría una relación directa entre lo escrito y sus propias experiencias.

El viaje de Castaneda

Dejando a un lado la simplista diferenciación entre mal y buen viaje, probablemente puedan explorarse estados de la conciencia completamente diferentes según la persona, las circunstancias o el momento: experiencias liberadoras, otras más lúdicas e intrascendentes; viajes ausentes de cualquier tipo de comunicación con el exterior, focalizados en el yo, en la existencia; un baño, una limpieza de arquetipos de comportamiento, de comprensión y conducta; o un horrible paraje, desolado y aterrador, son sólo algunos ejemplos. Con todo, es demasiado arriesgado comparar lo que experimentó Hofmann con lo que Castaneda describe bajo la guía de Don Juan. No nos referimos a un supuesto poder mágico que el brujo usaba con el antropólogo, sino, más bien, a la capacidad de condicionar su viaje, de sugestionarlo.

Las incongruencias que una y otra vez se señalan son inevitables, dado que el autor se empeñó en transmitir dicho testimonio bajo la sombra de la pretensión científica. Debe ser sumamente difícil concebir el tiempo desde una perspectiva mesurable y metódica mientras se está inmerso en un viaje de cambio y modificación de la percepción como el descrito por Castaneda. Fue esa pretensión científica o, al menos, el empeño del autor por enmarcar su testimonio dentro de ciertos procederes científicos, la principal inconsistencia de su relato. Por otro lado, esto le permitió presentarla como tesis doctoral.

El viaje por el que Castaneda nos guía a través de su tetralogía es, a veces, confuso y enrevesado; pero también es, y en este caso siempre, un camino hacia el entendimiento del mundo de los sentidos, el control de la mente y la capacidad de provocar en uno mismo “estados de la conciencia aumentada” sin recurrir a los enteógenos. De hecho, podrían compararse algunas de estas prácticas con otras mucho más prestigiadas (y puestas de moda), como las llevadas a cabo por los budistas.

Durante los dos primeros libros, Don Juan enseña a Castaneda a alcanzar estos estados mediante el uso de una de las “plantas de poder”. Cada brujo tiene una planta de poder y debe ser él mismo quien se reconozca en esa planta. Las posibilidades que su maestro le ofrece son el toloache (“la hierba del diablo” o estramonio), el peyote y los hongos psilocybes.

Una vez superada esta primera fase, donde el individuo ha sido capaz de reconocer los mencionados “estados de conciencia aumentada” y ha elegido su “planta de poder”, Castaneda dedica otros dos libros a distanciarse del uso del enteógeno y a sumergirse en las prácticas necesarias para alcanzar estos estados mediante diferentes técnicas enseñadas por el indio.

Los libros están narrados en primera persona, compartiendo explicaciones de los procesos y percepciones del autor, arrojando fechas, en ocasiones sumamente concretas, y plagando la historia de diálogos. Recuerdan, inevitablemente, a los libros de la tradición filosófica griega, donde el discípulo usa los diálogos con su maestro para transmitir, de la única manera medianamente viable (especialmente en el caso de Castaneda), ciertos pensamientos abstractos y difíciles de plasmar en una narración ordinaria. Es cierto, los textos de Castaneda tienen poco que ver con la práctica antropológica que cobra prestigio por aquel entonces, o con la que generalmente se lleva a cabo en la actualidad.

Castaneda fue, pese a todo, un ilustrado, un falso profeta, un brujo medio occidental medio yaqui y un camino que hoy continúa abierto hacia las puertas de la percepción.