El camino de Santiago ha tenido un crecimiento notable en estos últimos años. Tanto que la histórica ruta que une Roncesvalles y Santiago de Compostela se les ha quedado corta a muchos. Y un servidor es uno de ellos. Y la alternativa más sugerente es el camino de la costa o del norte. Largo kilometraje, mar y la promesa de recuperar el “espíritu del camino”. En un principio, la propuesta es ideal.

Un inicio ideal para el camino

El inicio del viaje se sitúa en Irún. La llegada varía, según del lugar de procedencia, pero el tren es una excelente opción. Por entre 20 y 30 euros se puede llegar de Chamartín al comienzo de la aventura. El viaje dura casi seis horas, y la mente se prepara para el reto que aguarda.

Marismas de Txingudi Lemiaunoir camino

Marismas de Txingudi. || Javier Retuerta

Desde el inicio se advierte la precaria infraestructura de un camino aún por definir. El albergue se llena y hay quien queda fuera. Una estampa que será continua. A partir de aquí se presentan unos 8 días en los que se atravesará Euskadi. Una semana y pico atravesando Guipúzcoa y Vizcaya. El monte está en el alma de esta región, y el peregrino lo siente desde el minuto uno.

Hasta pasado Deba, usualmente en el cuarto día de marcha, se recorren tierras guipuzcoanas. Antes de catar el ambiente pijo y exclusivo de Donostia y Zarautz, la primera etapa discurre por la sierra de Jaizkibel. Pero el primer impacto lo dan las Marismas de Txingudi. Temprano, el primer día, impresionan con sus contraluces.

 

Tras Pasajes, este primer día se enturbia con un absurdo itinerario que obliga a ascender unas escaleras y dar un gran rodeo por monte. Todo para descender a Donosti. Aquí se aprende que preguntar a los paisanos es algo valioso. Un continuo que permite recortar decenas de kilómetros. En este caso entrando por carretera y dando un plácido paseo. En esta iniciación también se descubre que los albergues abren tarde. De tres a cuatro. Y si no quieres, a un privado.

 Zarautz Lemiaunoir

Arco de San Mames en Lezama. || Javier Retuerta

Tras Donosti, se sale de Málaga para caer en Malagón. En este caso Zarautz. Tras una tarde viendo susfistas como los de “Vaya Semanita” se cambia de tercio. Uno divisa Zarautz con su campo de Golf, y apenas a unos kilómetros se encuentra en Zumaia viendo a chiquillas entrenar con traineras. A partir de aquí empieza uno a tratar con un País Vasco más puro. Elorriaga e Itziar merman cuerpo y mente. Pero el recorrido engancha. Entra por los ojos. Tras Deba se despide uno del mar por unos días. Toca Vizcaya. La cosa se complica.

Vizcaya, entrar en las montañas del tirón

 

El monte cobra cotas máximas, sin desniveles absolutos exagerados, en la etapa Deba-Markina. El escaso número de plazas del albergue y el cansancio generan disputas. Tras el descanso, espera el pueblo de Bolivar, con obvias conexiones, y el monasterio de Zenarruza. Una maravilla, aislada pero excelsa para el peregrino

 

En Gernika, uno llega agotado y se encuentra con que no hay albergue. La rabia copa un día que se antojaba prometedor. Tras el mal regusto, la nueva jornada conduce a Lezama o Bilbao. En estas etapas se contempla la deforestación usualmente. Un asco y un peligro.

Euskadi Lezama Lemiaunoir

Arco de San Mames en Lezama. || Javier Retuerta

Finalmente se va de Bilbao, que decir, a Pobeña. Nuevo rodeo absurdo. Recorrer la ría por la margen izquierda obviando Portugalete recorta kilómetros y permite ver el alma de esta zona. Industria muerta, barrios remozados… Que no le engañen. Así se llega a Pobeña y a su playa. Agradable.

Euskadi presenta una semana larga, intensa y repleta de tendinitis. Pero bella, con poco asfalto y mucha naturaleza. Aguarda Cantabria, descanso para el peregrino ágil. Como dijo un compañero, “comienza como un viejo para acabar como un joven”.

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