En un mundo cada vez más deshumanizado y autómata, miles de personas caminan cada día absortas en una rutina diaria y es excepción quien se desvía de la línea marcada. La emoción y la empatía parecen haber quedado suspendidas de forma indefinida, cediendo frente a la uniformidad y el orden establecido. Como máquinas, se genera una tendencia codificada a seguir los pasos de quienes dirigen la sociedad sin cuestionarnos realmente quiénes somos o para qué hemos venido. Después de todo, quizá no sea una locura pensar en una sociedad que avance hacia la convivencia entre seres humanos y androides, sin que apenas exista diferencia entre ellos. 

Esta idea, hoy lejana, puede ser factible en un futuro no tan lejano. Y es que a menudo los relatos de ciencia ficción utilizan universos y personajes de fantasía para abordar asuntos completamente reales. Blade Runner 2049, retomando la línea de su antecesora, proporciona precisamente eso, la continuación de un debate filosófico sobre la condición humana en múltiples vertientes. Y lo hace sirviéndose de una ambientación y una estética inconmensurables en cada escena. Tanto, que posiblemente absorban a la propia trama y el mensaje que encierra.

Un blade runner replicante a la caza de otros replicantes

El film tiene como protagonista principal a K (Ryan Gosling), un blade runner replicante cuya nueva generación es sumamente obediente y cuenta con vida ilimitada. En su trabajo como policía, K descubre un secreto oculto durante décadas que podría cambiar el rumbo de una sociedad en la que los pellejudos -así llaman los humanos a los replicantes de forma despectiva-, son sometidos, perseguidos, o esclavizados por los humanos sin piedad alguna.

Paralelamente, el ingeniero genético Niander Wallace (Jared Leto), que salvó a la humanidad de la hambruna y el caos con la creación de nuevos modelos de replicantes Nexus 8, ha reemplazado con su empresa a la extinta Tyrell Corporation. Tras conseguir el monopolio de la industria configurando un nuevo orden, pretende continuar la expansión de la humanidad colonizando nuevos mundos, para lo que trata de encontrar la forma de alcanzar una mayor producción de replicantes.

Una crítica a la humanidad

La novela que dio origen a Blade Runner, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, ya atacó temas que Ridley Scott se encargaría de trasladar a la gran pantalla. Villeneuve recoge el difícilísimo testigo y se encarga, con un trabajo más que digno, de aumentar el debate en torno a temas que siempre han estado presentes de una forma u otra en la sociedad.

La denuncia ecológica preside este universo que, en 2049, ofrece paisajes propios de una Revolución Industrial moderna, con una contaminación absoluta en la que el humo y las luces siguen siendo protagonistas. La madera aparece como un bien extinguido y de otra época, la superpoblación y el consumo no sostenible han dado paso a la invención de formas alternativas de alimento, la radioactividad ha arrasado ciudades y los suburbios se cimentan sobre la chatarra. La pregunta de si puede permitirse el planeta seguir produciendo irresponsablemente sin sufrir las consecuencias es lanzada y respondida sin contemplaciones.

Blade Runner 2049 es más futurista que nunca, pero utiliza su argumento para realizar una dura crítica a la humanidad. La ingeniería genética ha alcanzado cotas extraordinarias, y para muestra destaca la inteligencia artificial creada para complacer las necesidades afectivas de la decadente sociedad (arrolladora Ana de Armas en su papel de Joi, sacando a flote la controvertida cuestión del amor y la inteligencia artificial al más puro estilo Her).

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Ana de Armas realiza una de las mejores interpretaciones de la película. || Fuente: Flickr.com

Los replicantes, por su parte, cuentan con una sofisticación absoluta  y disponen de recuerdos propios, siendo capaces de emocionarse y sentir. Ante la constante amenaza y persecución, deben decidir si aunar fuerzas para enfrentar la opresión de la especie humana. Una lucha de clases en pleno 2049 como única vía para alcanzar la libertad de una especie creada para el servilismo y la esclavitud.

¿Qué nos hace humanos?

Si en 2019 el eslogan de Tyrell Corporation rezaba “More human than human”, 30 años después el universo distópico del clásico ha evolucionado hacia una mayor deshumanización del ser humano. Al mismo tiempo, y en una línea convergente que cada vez iguala más a ambas especies, los androides gozan ahora de una construcción de su identidad casi plena. Sienten, viven, recuerdan, mueren, pero… ¿nacen?

La película cuestiona cómo afrontar la evolución, qué ocurre cuándo la ingeniería genética es capaz de crear androides con las mismas propiedades que los seres humanos. Y va más allá para adentrarse en un concepto metafísico invitando al espectador a reflexionar sobre cuál es el factor diferencial de la condición humana y sobre si la superioridad de una especie sobre otra puede llegar a justificar el maltrato de esta última. Todas estas preguntas son las que harán plantearse a K quién es realmente y qué lugar ocupa en el mundo, representando el despertar de quien ha vivido siempre bajo la convicción de unas creencias impuestas.

Blade Runner 2049 se emancipa con notable éxito de la película de 1982 y enlaza con destreza y alguna que otra inconexión ambos mundo. Logra un resultado final espectacular en lo visual y sonoro, pero que no llega a la excelencia de su predecesora. Quizás porque se esmera demasiado en construir a la perfección el universo y ello entorpezca al ritmo y a la forma en la que la trama se va desarrollando, la película de Villeneuve deja un sabor agridulce en la que el espectador siente que se ha perdido la oportunidad de hacer una segunda obra maestra.

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Uno de los increíbles paisajes donde transcurre la película || Fuente: Flickr.com

El acabado de la película es una máquina casi perfecta a la que, sin embargo, le falta alma. Crea un marco visualmente rompedor y plasma una atmósfera única, con buenos personajes y un argumento interesante, pero que no termina de ser suficiente. Adolece de falta de ritmo y empatía, y eso la aleja de conectar plenamente con el espectador, contrariando una de las máximas indispensables del cine. Como el alma que les falta a los replicantes para completar su humanización, paradójicamente, Villeneuve es incapaz de alcanzar por completo esa esencia mística de Blade Runner a pesar del gran trabajo hecho.