El olvido es hipócrita y últimamente le ha dado por el postureo, el exceso de filtros en las redes sociales y los hashtags al más puro estilo #jesuisefímero. La memoria es de corto plazo, y también es selectiva, tiende a olvidarse de si misma si no se gusta, quizá es por eso por lo que Doris Salcedo siempre vuelve, cual alma máter, para recordar algo: el que muere, el que desaparece, el que se ahoga, el que es ignorado es siempre otro y las cunetas siempre son ajenas. Las lágrimas de extrarradio nunca habían tenido nunca tanto protagonismo y el duelo nunca había adquirido tal corona hasta la llegada de la colombiana.

El Bogotá de 1958 dio a luz a una eterna viuda

La mirada eurocentrista siempre ha dominado el mundo, su visión ha creado escuela y síntoma. Nuestra historia del arte está periodizada desde esa visión, y solo las dos grandes guerras mundiales y el consiguiente desplomo de la Europa reina hizo que se abrieran nuevas fronteras más allá del océano. Aún así la línea que separa el mundo es mucho más que física, es simbólica hasta la extenuación.

Ese punto donde siempre es verano es también el lugar donde las prioridades se vuelven ceniza. De tanto calor. Doris Salcedo crea para ello y para ellos lugares de memoria donde todas sus obras son espacios de muerte social, rincones donde aquellos que se quedaron fuera del mundo, le chillan al mismo a la cara. A sangre fría. Doris Salcedo es la sábana blanca que da visibilidad a todos esos fantasmas ignorados. 

Doris

Doris Salcedo, «Shibboleth» (2007) en la actualidad || Fuente: Víctor López

Sumando ausencias (2016), Atrabiliarios (1992-1993), La casa viuda (1992-1994) o Shibboleth (2007) son algunos ejemplos de ello, como también la más reciente Palimpsesto (2017), aunque quizá Shibboleth se establece como la más icónica. La artista, nacida al margen del primer mundo artístico es la única que ha conseguido, hasta el momento, partir en dos los bonitos y brillantes suelos arquitectónicos del sistema del arte occidental. Cuenta la leyenda que fueron muchos los que se torcieron un tobillo con esa enorme grieta, y muchos otros terminaron arrodillados en el suelo, mirando a través de ella para ver que escondía.

El espejo de Blancanieves mostró muerte

Doris Salcedo se apropia de la noción de anti monumento para crear un contra monumento. Doris Salcedo no denuncia, no es bandera, sino que se convierte en dedo, en uno que señala algo que no quiere verse y de ahí la complicidad que transmiten sus obras. Y no hay nada más peligroso que una viuda cómplice, ya que el cabreo que transmite hace tambalear hasta al más osado.

Aquí los protagonistas son los testimonios, son ellos los que dan forma a sus obras y crean ese silencio a dos voces del que ya habló Benedetti. Un silencio entre ellos y el espectador donde el tercero en discordia, el amante olvidado aquí llamado duelo, nunca se supera y simplemente se aprende a vivir con él. La pérdida es irreparable, como lo es también la huida.

Doris Salcedo actúa la mayoría de las veces sobre el suelo, y lo hace para hablar de la huella que duele, de la cicatriz que no cierra, del picor que no cura. Consigue con ello alterar la perspectiva europea y occidental donde siempre se mira al cielo. Una perspectiva que niega y olvida los que están debajo, no solo en esa línea imaginaria del eterno verano, sino también del suelo físico, de los muertos que viven en ella.

Doris Salcedo hace bella la violencia. O al menos su recuerdo. En Palimpsesto miles de pequeños agujeros imperceptibles funcionan como lagrimales que lloran y lloran. Lloran agua, lloran nombres y vuelven a la vida a todos aquellos que la perdieron intentando llegar a Europa. Doris Salcedo los llora y obliga a llorar a todos esos fantasmas silenciosos y reales que aparecen y desaparecen, que renacen lenta y sigilosamente bajo los pies. La violencia es violentamente contradicha, con toda rotundidad. Es dignificada gracias a ella huyendo de la canónica y usual creando una nueva a la que cuesta poner nombre, a la que cuesta reconocer ya que se presenta como nueva, inaudita y desconocida.