Desde sus inicios, el cine ha servido siempre de canal para emitir mensajes de todo tipo. Historia, reivindicaciones, política, sátira… todo cabe en el séptimo arte con tal de despertar en el interior del espectador algo que no estaba en él dos horas antes. La película que da origen a este artículo es, precisamente, una explosión de sensaciones y despertares, tanto en sus protagonistas como en su público.

The Dreamers (Soñadores) se estrenó en el año 2003, aunque está basada en el libro de 1988 The Holy Innocents, de Gilbert Aldair, quien luego se uniría a la producción como guionista. La película dirigida por Bernardo Bertolucci es ante todo un homenaje al propio cine. Poética, reaccionaria y evocadora en cada escena, supone  un canto a la libertad y a la revolución con una cuna inmejorable, la ciudad de París en pleno mayo de 1968.

París de 1968: La imaginación al poder

The Dreamers aborda directamente el movimiento de mayo del 68, pero se sirve de él de forma exquisita para contextualizar e irrumpir en la trama, funcionando de forma maravillosa y paralela con el descubrimiento personal que realizan los personajes sobre sí mismos.

En la primavera en la que transcurre todo, germinaban en París un sinfín de idealismos y cambios políticos, sociales y de moralidad. A pesar de que las dos últimas dos décadas habían sido las más estables y prósperas del país en mucho tiempo, los jóvenes sentían que la vida moderna los agobiaba con exigencias predeterminadas. Huían de la idea de terminar como sus padres, a quienes consideraban se habían vendido a la cotidianidad, conformándose con una vida monótona y aburrida, lejos de cualquier sentido crítico. Sería esta una revolución corta pero intensa, idealista y utópica, basada en la creencia de un mundo mejor apoyado en la cultura y la libertad.

Estudiantes universitarios se manifiestan contra la destitución del director de la Cinémathèque Française, Henri Langlois (The Dreamers, 2003) | Fuente: YouTube

Estudiantes universitarios se manifiestan contra la destitución del director de la Cinémathèque Française, Henri Langlois (The Dreamers, 2003) | Fuente: YouTube

Así, desde el ambiente universitario se instaba a que la imaginación y la creatividad reinase por encima de todo. No se trataba de una revolución de corte económico, sino que lo que se denunciaba era la represión espiritual y la decadencia cultural. Las paredes de la Sorbona o la más humilde Universidad de Nanterre serían los focos donde esta revolución tomaría forma, con pintadas clamando por la liberación sexual y cultural. Además del eslogan más conocido, “La Imaginación al poder”, se podían leer otros tan contundentes como “Profesores, nos estáis haciendo viejos”.

¿Tiene límites el amor?

Inmersos en este ambiente parisino de plena ebullición de ideas y creatividad, The Dreamers nos presenta a Mathew, un joven estudiante americano (Michael Pitt) que conoce a Isabelle (Eva Green) y su hermano Theo (Louis Garrel). Todo ello ocurre a las puertas del cine en una de las revueltas estudiantiles consecuencia del fulminante despido de Henri Langlois, director de la Cinémathèque Française. Ese ataque, que fue uno de los detonantes que prendió la mecha de aquella primavera, había significado una ofensa para los cinéfilos y los estudiantes que veían en su creatividad un estandarte.

Unidos por su amor al cine, Mathew y los hermanos se introducen en una amistad vertiginosa que va a hacer que éstos le inviten a vivir con ellos mientras sus padres pasan un mes fuera de casa. Desde el primer día que conviven, Mathew se irá dando cuenta de la particular relación que tienen Isabelle y Theo, mucho más cercana emocional y físicamente de la que tendría cualquier hermano con otro. Juntos beben, discuten sobre política y música y, sobre todo, juegan representando y adivinando películas (las referencias al cine clásico y la Nouvelle Vague son constantes).

Escena de la película The Dreamers en la que los tres protagonistas se bañan juntos. | Fuente: YouTube

Escena de la película The Dreamers en la que los tres protagonistas se bañan juntos. | Fuente: YouTube

Muy pronto, la seductora e irresistible belleza de Isabelle (fue la presentación de Eva Green al mundo), hace que Mathew se enamore perdidamente de ella y empiece a descubrir la sexualidad plenamente. Sin embargo, el confuso amor que los dos hermanos se profesan va a forjar un ménage a trois en el que el incesto, tanto carnal como sobre todo sentimental, sobrevuela la pantalla. Juntos, los tres disfrutarán y al mismo tiempo se enfrentarán a las barreras emocionales y personales que van surgiendo. Sólo un elemento externo a ellos será el que les obligue a decidir hasta dónde está dispuesto a llegar cada uno, y cómo han cambiado a lo largo de ese “viaje”.

Bertolucci, Aldair y una generación marcada por una primavera

Discusiones intelectuales, una banda sonora inspiradora compuesta por grandes canciones de los 60 y un erotismo desbordante son los ingredientes de una película que no deja indiferente y que hace tambalearse a la conciencia del espectador. En palabras del escritor de la obra y posterior guionista, Gilbert Aldair, “se trata de un viaje de descubrimiento, el suyo. Trata de primaveras: la primavera de París, la primavera del despertar político de esa ciudad, y la primavera de los cuerpos de estos jóvenes. Cuanto acontece en el interior del apartamento parece reflejar, en cierto sentido, lo que sucede en la calle.

Y es que conviene recordar que los hechos de 1968 tienen en la liberación sexual, además de la cultural, uno de sus máximos exponentes. Un movimiento que fue guiado por la influencia del movimiento hippie y las teorías de Marcuse (libertad total del espíritu, sexualidad poliforme, revolución estética y moral) o Wilhelm Reich, con cuyos libros se enfrentaban los estudiantes a la policía.

Bertolucci, por su parte, reflejó la idea nuclear de The Dreamers, plasmando a través de la  relación de los protagonistas el espíritu y las sensaciones de esos meses. “Se me preguntará si la película versa sobre el 68” —decía el director —, “y yo responderé que sí; se desarrolla en el 68, y hay mucho del espíritu de aquel año, pero no trata de las barricadas o de las luchas callejeras. Trata más bien de la experiencia en su conjunto. Yo estuve allí, y fue algo inolvidable. Los jóvenes estaban henchidos de esperanza de un modo que jamás antes se había visto, y jamás se volverá a ver. Aquel esfuerzo por sumergirse en el futuro, aquella libertad, fue algo maravilloso. Se trata del último momento en que algo tan idealista, tan utópico, ha tenido lugar.”

Eso es The Dreamers, una revolución que pretende sacudir las mentes y contagiar el entusiasmo y la inquietud espiritual de sus protagonistas. Una seducción en toda regla que emplea a tres personajes para contar el cambio en las conciencias de una generación entera, aunque sólo durase una primavera. El mensaje es tan hermoso como reaccionario: se reivindica el derecho a soñar, a mirar más allá del orden social recibido y se recuerda que con pasión e ideales cambiar el mundo es posible.

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