Antígona hija de Edipo, rey de Tebas, descendiente incestuosa de su abuela y madre, Yocasta. Antígona la del destino fatal, la enterrada en vida. La desobediente.

La historia de la joven tebana es bien conocida por los atenienses que asisten a la representación. Corre el siglo V antes de Cristo y Sófocles estrena su versión del mito en las fiestas dionisíacas. El texto es nuevo, la trama no. Los espectadores saben quién es quién en el albúm familiar del  ciclo tebano. El relato de la familia real cadmea forma parte de las leyendas que configuran la tradición cultural helena.

Ya las vicisitudes de Edipo se mencionan en La Odisea (VIII a.C). Toda la audiencia, por tanto, sabe qué va a ser de Antígona, pero no importa. La clave no es el desenlace del relato, sino la ocasión teatral. Es el momento de la catarsis, de la vivencia colectiva del miedo y la compasión, de las bajas pasiones revividas en los personajes en la escena. Y ¿cuál es el mayor error humano?  En la polis griega la tragedia recuerda a los ciudadanos las consecuencias de la falta más grande que se puede cometer: la hybris. La arrogancia de creerse mejor que los dioses.

No te metas con mis muertos

En un lenguaje más elevado, de acuerdo, pero ese es el lema de la heroína. Y esta la historia que Sófocles revive:

Cómo en toda tragedia, en Antígona el conflicto es inevitable e irresoluble. En la obra se contrapone la obediencia a una ley humana (la dictada por Creonte, el gobernante), con el respeto a leyes no escritas de orden divino, que sigue la heroína. Alrededor de esta disputa se desarrolla la fábula.

Creonte sanciona que el cadáver de su sobrino Polinices no sea enterrado. La norma de no dar sepultura a los traidores era una ley vigente en aquellos tiempos y el tirano sólo sigue el mandato. El guerrero ha atentado contra su reino, asociado con sus enemigos árgivos. Por ello, mientras que el cuerpo de su hermano Eteocles es honrado con las pompas fúnebres necesarias, Polinices ha de ser pasto de los animales carroñeros.

Por su parte, Antígona es testigo de una afrenta terrible a su linaje. Si los restos de su hermano no son debidamente honrados está violando la ley de la familia y el derecho de los muertos. Opta, por tanto, por la opción que considera más justa, y no se oculta. Al contrario, su actitud es de arrojo. Antígona ve legítima su postura y la vuelve un acto público, pese a saberse en peligro.

Sébastien Norblin, Antígona dando sepultura a Polynices, 1825, Paris, Escuela Nacional superior de Bellas artes. || Fuente: VladoubidoOo, Wikimedia.

Sébastien Norblin, Antígona dando sepultura a Polynices, 1825, Paris, Escuela Nacional superior de Bellas artes. || Fuente: VladoubidoOo, Wikimedia.

Para Creonte, la falta de Antígona es doble: no sólo está dignificando la figura de un ciudadano desleal, sino que lo hace violando la ley vigente. Así, la condena a muerte de su sobrina por parte del tirano es definitiva. La sentencia del gobernante es inamovible, su discurso simple y sin ramificaciones:

(..)quien, habiendo transgredido las leyes, las rechaza o piensa dar órdenes a los que tienen el poder, no es posible que alcance mi aprobación. Al que la ciudad designa se le debe obedecer en lo pequeño, en lo justo y en lo contrario. 

Por tanto, para Creonte hay una autoridad misma en la propia ley que la hace indiscutible. No hay lugar para la duda ni el cambio de perspectiva.

(..) No existe un mal mayor que la anarquía. Ella destruye las ciudades, deja los hogares desolados. Ella es la que rompe las líneas y provoca la fuga de la lanza aliada. La obediencia, en cambio, salva gran número de vidas entre los que triunfan.

Frente a su tío, la posición de Antígona se fundamenta en la moral. Frente a la norma social, la norma natural, no escrita. Antígona es igualmente recalcitrante en su posición:

No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Estas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron. No iba yo a obtener castigo por ellas de parte de los dioses por miedo a la intención de hombre alguno.

Antígona recrimina a Creonte pasar por encima de los valores perennes de la ética griega: honrar a los muertos de la propia familia.

El hijo de Creonte, Hemón, prometido de la condenada, y Tiresias, el famoso adivino, interceden a favor de la joven. Son el ejemplo del proverbio: Pan metron, el lema de la cultura griega: “nada en exceso”. Pero cuando Creonte cambia de opinión ya es demasiado tarde. El error trágico se desarrolla y las muertes se suceden.

Antígona, hoy

Han sido numerosísimas las aproximaciones al mito de Antígona en la historia. No sólo desde el campo de la literatura y la filosofía, también desde las artes plásticas o la música. La vigencia de su historia se debe, precisamente, a que plantea una reflexión ética que puede revisarse desde perspectivas históricas diversas. Antígona suscita preguntas profundamente actuales: ¿Cuál es el valor de las leyes frente a la moral individual? ¿qué ocurre cuando las primeras chocan con los valores implícitos de una sociedad? ¿Es aceptable y necesaria la desobediencia frente a las decisiones arbitrarias del Estado?

“Antigone”, Frederic Leighton ( 1830-1896) || Fuente: Wikimedia.

“Antigone”, Frederic Leighton ( 1830-1896) || Fuente: Wikimedia.

En la actualidad se supera el arcaico concepto de hybris y se analiza el mito de Antígona como ejemplo del conflicto entre estado y ciudadanía. La figura de Antígona se ha convertido en un símbolo de la desobediencia civil y la objeción de conciencia. Ejemplo de mujer valiente y reivindicativa, fiel a sus principios culturales, morales y religiosos, pero ausente de violencia y agresividad.

Con todo, quedarse sólo con el valor icónico de la heroína sería perderse la profundidad de matices de la obra. Antígona, es, ante todo, la demostración de nuestra incapacidad de categorizar el mundo en opuestos absolutos, del conflicto como parte inherente de la condición humana.

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