Julia Margaret Cameron: Crónica de un comienzo

La pequeña Annie Philpot apeló a todas sus fuerzas para no moverse. Ni un pestañeo o, tal y como le había explicado la señora Cameron, echaría a perder todas aquellas preciosas sustancias químicas, además de sus incontables esfuerzos, en la tentativa de fijar su rostro en la placa de cristal.

Annie entendió la importancia del acontecimiento porque se quedó inmóvil durante un tiempo que debió de parecerle infinito, ya que su naturaleza inquieta de niña la empujaba a reírse y a cambiar de pose sin preaviso alguno. Sin embargo, la llamada a su docilidad y dulzura surtieron el efecto deseado. La placa de cristal, bañada en una solución fotosensible que se exponía en la cámara cuando todavía estaba húmeda, registró la imagen de Annie.

Annie, My first success (1864)
Annie, My first success (1864)

«Era como si la foto la hubiera hecho enteramente ella», diría la señora Cameron años más tarde en su ensayo fotográfico The Annals of My Glass House. Esto pasaba dos meses después de que su hija le regalara su primera cámara. La felicidad que surgió de ese primer logro, tras muchos fracasos y momentos de desaliento, sirvió de catalizador para las fotografías que vendrían. Abrió tal brecha en su ánimo que ningún reconocimiento venidero borraría su recuerdo. Annie se convierte así en el símbolo de su génesis fotográfica y en poderoso dispositivo narrativo capaz de dar cuenta de la intricada biografía de la fotógrafa.

Los comienzos de Julia Margaret Cameron

Cuando Julia Margaret Pattle, su nombre de soltera, logró su primer éxito, se encontraba en la maravillosa Isla de Wight, situada en la costa sur de Gran Bretaña, en la localidad de Freshwater. Había llegado ahí en 1859 tras haber transcurrido su infancia en Calcuta, su ciudad natal, y vivido buena parte de su vida viajando: primero en Francia donde recibió su educación y luego en el Cabo de Buena Esperanza. Durante la estancia en la provincia africana conoció al hombre que se convertiría en su marido, el jurista Charles Hay Cameron.

Charles Hay Cameron, 1864
Charles Hay Cameron, 1864

A pesar de los veinte años de edad que los separaban, la pareja formó una unión intelectual y artística indisoluble. Charles, hombre culto y gran aficionado al arte, entendió desde el principio el entusiasmo de su mujer por la fotografía y no perdió ocasión para demostrarle su comprensión e interés. Tras cada toma, Julia solía ir a buscarle, con las manos todavía mojadas de nitrato de plata manchando todo lo que se cruzaba en su camino, para recibir su opinión. Y él, desde la primera hasta la última, miró todas sus fotos con gran placer.

La llegada de Julia Margaret Cameron al mundo de la fotografía no fue repentina, sino más bien un proceso gradual constelado de encuentros y acontecimientos que la propiciaron, además de una extenuante lucha para que su arte fuera reconocido. La amistad con el científico Sir John Herschel fue decisiva, ya que introdujo a Cameron en el reciente debate sobre la invención del nuevo arte fotográfico y estimuló su curiosidad.

Sir John Herschel, 1867
Sir John Herschel, 1867

En una carta a Herschel, Cameron confía su propósito: «Aspiro a ennoblecer la Fotografía, a darle el tenor y los usos propios de las Bellas Artes, combinando lo Real y lo Ideal, sin que la devoción por la poesía y la belleza sacrifique en nada la verdad.» Esto se traduce en un uso muy personal del encuadre y del enfoque. El encuadre horizontal, que de costumbre se usaba para representar paisajes, enmarca en cambio una larga serie de rostros en la obra de Cameron.

Devotion, 1865
Devotion, 1865

Con respecto al otro aspecto, su hijo, años más tarde le haría notar que sus primeros experimentos con el desenfoque fueron fruto de la casualidad: «Es decir, que al enfocar y dar con algo que a mis ojos resultaba bello me conformaba, sin parar a ajustar la lente en busca de esa nitidez en el enfoque que tanto persiguen los demás fotógrafos.» Sin embargo, hizo de un error su fuerza y rasgo distintivo.

El espectador no se sorprenderá entonces si, además de desenfocar, Cameron quiso manipular directamente el negativo raspando la superficie, recortándola y dibujando en ella. La imagen es para ella el terreno de experimentación creativa ideal: no hay límites al arte, no hay reglas. La realidad que la rodea le ofrece el material visual que necesita y es a partir de ahí como ella selecciona rostros, expresiones, movimientos, miradas y crea ángeles, madonas, idilios y alegorías. Incluso la casa de Freshwater sufre la misma manipulación al convertir la carbonera en su cuarto oscuro y un gallinero acristalado en su invernadero.

Angel (Rachel Gurney), 1872
Angel (Rachel Gurney), 1872
Julia Jackson, 1864
Julia Jackson, 1864

Volviendo ahora la mirada a la pequeña Annie, a su esfuerzo por quedarse inmóvil, es difícil no querer ir más allá de la imagen y ahondar en la compleja biografía de Julia Margaret Cameron. El lector y espectador interesado podrá hacerlo en la sala Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre hasta el 15 de mayo. Más de cien fotografías divididas en tres grupos, Retratos, Madonnas y Fantasías con efecto pictórico, dan cuenta de su legado artístico.

Lisa Pelizzon

Doctora en Lenguas, Culturas y Sociedades por la Università Ca'Foscari de Venecia