«Jaulas» de Sofía Ramos González

Es curiosa la rutina, puede amansar a la bestia más impulsiva y doblegar al espíritu más salvaje. Lo que debemos hacer, el lugar que debemos ocupar viene dado por el quiénes somos. Hay quienes se resisten a esta mortífera realidad y aunque logren silenciar a muchos valientes, donde hubo fuego siempre quedan cenizas.

De color ceniza eran los ojos de aquella mujer que vivía en un barrio residencial, y que cada mañana, a la misma hora, acompañaba a sus hijos a la puerta del colegio. Aquel jueves, la mujer de ojos apagados y tristes cumplió con su rutina diaria, acompañó a los niños a la escuela y observó, cómo de dentro de sus pequeñas mochilas sacaban una hoja: un dibujo y unas líneas.

Frunció el ceño, sus hijos le habían jurado no tener tarea la tarde anterior, nada en las agendas, ni en los cuadernos. Curioso.

Sin decir nada se acercó a la pared y aguardó a que el profesor se los llevara. No era la única madre que esperaba ver a sus pequeños desaparecer por el último tramo de escalera cada mañana.

  • Y tú, ¿quién eras? – dijo una cálida voz que estaba a su lado.
  • ¿Perdón?- respondió la mujer un tanto asombrada.
  • La tarea de ayer de los niños, ¿cómo era tu mamá antes de ser tu mamá? Creo que el profesor de lengua nos ha puesto en un compromiso, un ejercicio de redacción muy complicado para unos renacuajos de 7 años. Y ya no hablemos de la dichosa respuesta…
  • Sí, una actividad peculiar. Buen día. – afirmó su voz entrecortada mientras daba un paso hacia la puerta.
  • ¡No me has respondido, pajarillo! – insistió.
  • Tal vez no lo sepa.
  • Quizá solo tengas que abrir las alas – sentenció.

Regresó a casa y esta vez al cruzar el portal, la rutina pesó más que otros días.  Había que prepararlo todo, mañana era Halloween, a sus hijos les encantaba esa festividad. Cogió la primera calabaza pero tuvo que sentarse, no podía dejar de escuchar aquella voz cálida “¡No me has respondido, pajarillo!”, “quizá solo tengas que abrir las alas”. Agarró el cuchillo con fuerza y abrió los triangulares ojos de la calabaza, un escalofrío recorrió todo su ser, sabía quién era y cómo era antes de ser madre, sabía que aquella intrépida mujer conocía la respuesta pero no entendía por qué había sembrado esa sensación en su pecho.

Las 2:25, los críos estaban a punto de salir, junto a la pared de siempre se encontraba ella. La miró con decisión, a cada paso que daba, notaba como su corazón se aceleraba y sus ojos se prendían. La agarró del brazo e intentó decir algo, su voz cayó delante de sus pies.

  • Los pájaros nacidos en jaulas creen que volar es una enfermedad – dijo la voz cálida.
  • Te equivocaste esta mañana, me preguntaste quién era y la tarea de los niños preguntaba cómo era antes… Antes de todo esto.
  • ¿Y lo sabes?
  • Libre, susurró.
  • Entonces debes saber quién eres.
  • Solo un pájaro en una jaula muy grande.

Sonó el timbre, decenas de niños aparecieron. De entre la multitud salieron los suyos, corrieron hacia ella y la abrazaron. Esa sensación de angustia que la había acompañado durante el día desapareció. Les dio la mano.

Antes de emprender el camino de regreso, la mujer de ojos ceniza se giró hacia la mujer de voz cálida, sonrió:

  • Que los bueyes gimen bajo el yugo, y los pájaros se lamentan en la jaula, es verdad. Es el destino de muchos, pero si vuelo aunque tenga la puerta abierta ¿quién iba a enseñarles a forzar las cerraduras y a volar? – dijo apretando la mano de sus retoños.

Sofía Ramos González

estudio periodismo en la Universidad de La Laguna (Tenerife, Islas Canarias). Apasionada de la literatura y del séptimo arte. Intento desconstruirme cada día: feminista,