Uno de los puntos positivos de la reciente película The Imitation Game es que ha familiarizado al gran público con un personaje que, por otra parte, ya llevaba décadas siendo reverenciado por matemáticos e informáticos. Hablamos de Alan Turing, matemático británico considerado el padre de la computación. En efecto, en el año 36 (mientras en España nos matábamos) Alan Turing publicó el fundamental artículo On Computable Numbers, with an Application to the Entscheidungsproblem, donde, para demostrar que existen funciones no computables, propuso una máquina teórica (hoy conocida como la máquina de Turing) capaz de ejecutar instrucciones escritas dentro de su memoria. Y eso es, en definitiva, un ordenador. Otra de sus hazañas, que es la narrada por la película, fue liderar el equipo de científicos que consiguió romper el código Enigma usado por los nazis para sus comunicaciones internas.

El origen del título de la película, The Imitation Game, está en el curioso juego propuesto por Alan Turing en su artículo también fundamental Computing Machinery and Intelligence, del año 50. Este texto es sumamente interesante, ya que en él Turing plantea problemas que exceden con mucho los problemas puramente técnicos a los que se pueda enfrentar un ingeniero. Turing se enfrenta a una cuestión verdaderamente filosófica: ¿qué es pensar? ¿Qué es la inteligencia? ¿Pueden las máquinas pensar?

El juego de la imitación

En el juego propuesto por Turing, el juego de la imitación o imitation game, participan tres agentes: un hombre A, una mujer B y un juez C. A y B se encuentran en una habitación aislada y sólo pueden comunicarse con C a través de mensajes impresos. C debe averiguar, usando dichos mensajes impresos, quién es el hombre y quién es la mujer. Para ello les hará preguntas de toda clase: ¿qué música te gusta?, ¿qué ropa sueles ponerte?, ¿qué marcas de pintalabios conoces? Por supuesto, A tendrá la capacidad de emitir mensajes falsos acerca de sí mismo o, en otras palabras, engañar a C. También B.

Alan Turing lanza el siguiente interrogante: ¿podría un computador tomar el puesto de A o B sin que C se dé cuenta?

Test de Turing

Todo hay que decirlo, es un juego un tanto farragoso. La versión del juego que ha trascendido y que hoy es conocida como el Test de Turing es más simple. En ella tenemos dos habitaciones. En una hay dos jugadores y en la otra está el interrogador. Uno de los jugadores es un computador y el otro es una persona. El interrogador, mediante preguntas, ha de averiguar quién es quién. Si no lo consigue, el computador ha superado el test.

Pero volvamos al artículo de Turing. Tras proponer su imitation game y preguntar retóricamente ¿pueden las máquinas pensar?, Turing pega un obligado frenazo y plantea las siguientes dos cuestiones: ¿qué entendemos por máquina? y ¿qué es pensar? Y es que cualquier intento de tratar rigurosamente un tema pasa necesariamente por definir los términos que se van a utilizar. Más nos valdría a nosotros, especímenes del homo twitterensis, aprendernos esta lección.

Para resolver la primera pregunta, Turing ofrece con todo lujo de detalles un modelo de computador que es, ni más ni menos, el que está funcionando en el ordenador con el que lees este artículo. Una unidad ejecutora es capaz de interpretar instrucciones (debidamente codificadas) alojadas en posiciones de memoria que le indican qué ha de hacer. Pero la pregunta ¿qué es pensar? es un tanto más complicada, en tanto se trata de definir un fenómeno cuyas intricaciones aún hoy desconocemos. Turing, sin embargo, es un matemático y despacha el problema de una manera bastante sorprendente. Turing nos viene a decir que pensar es superar el juego de imitación.

¿Curioso, no? Turing adopta una perspectiva de caja negra. Le da absolutamente igual qué ocurra dentro de la caja mientras lo que salga de ella cumpla. Cómo piense el computador es un asunto secundario; lo primordial es si logra engañar al interrogador. ¿Lo logra? Piensa y no se hable más.

Turing es optimista y afirma en el artículo que, en el futuro, cuando los ordenadores aumenten su potencia, los habrá que puedan pasar su test. También afirma que la definición puramente operacional de pensar que él propone se convertirá en el estándar y que a nadie le supondrá ningún trauma decir que los ordenadores piensan.

Pero como Turing sabe que su concepto de pensar tiene muchos flancos débiles, se toma la molestia de citar una serie de posibles objeciones, las cuales va refutando una a una. Entre ellas destaca el argumento de la consciencia, que viene a negar la existencia de pensamiento si no existe consciencia o el “sentimiento de uno mismo pensando”. Turing ridiculiza esta postura acusándola de caer en el solipsismo. Al cabo, ¿cómo podemos saber que alguien tiene consciencia de sí mismo? Sólo de la nuestra nos cabe estar seguros. Turing concluye, y no sin razón, que “el misterio” de la consciencia y el pensar son dos cosas distintas. En otras palabras, puede haber pensamiento sin consciencia.

Si por pensar entendemos actuar con una inteligencia análoga a la humana, esto es, tomar decisiones adecuadas al contexto, aprender o hablar (¡o incluso aprender a hablar!), bien es posible que los computadores lleguen algún día a pensar. Pero si consideramos que pensar es necesariamente pensar como un humano, entonces la respuesta no es tan clara. El modo como piensan los computadores es algorítmico, mientras que, como ha defendido el físico-matemático Roger Penrose, autor del best-seller La mente del nuevo emperador, el funcionamiento del cerebro humano es esencialmente no algorítimico. Los computadores no podrán jamás escapar de su naturaleza de máquinas lógicas basadas en instrucciones y flujos de datos codificados en 0 y 1; tampoco podrán escapar jamás de, por llamarlo de alguna manera, la maldición del reloj.

La “vida” de un procesador está segmentada en minúsculos intervalos, y sólo en ellos puede operar. Cuando decimos, por ejemplo, que tal procesador funciona a 3 ghz, queremos decir que realiza una operación cada nanosegundo. ¡El funcionamiento del cerebro humano no puede ser reducido a una sucesión de turnos controlados por un reloj!

Acaso la solución pase por replantear por completo qué entendemos por máquina.

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