Para los no iniciados, comenzaré diciendo que Macedonia (Antigua República Yugoslava de Macedonia, para los enemigos) se encuentra situada en el espacio que queda entre la espada y la pared y que su capital, Skopje, es transitada diariamente por algo menos de un millón de seres, de entre los cuales, un puñado de ellos, conforman una de las escenas alternativas más excitante, en ocasiones radicalmente amateur, enigmáticamente entusiasta e indiscutiblemente  perseverante de toda Europa.

Fotografía por Kerwin Kendell

Fotografía por Kerwin Kendell

La falta de fondos gubernamentales para mantener la actividad de las asociaciones de artistas, los raquíticos presupuestos para festivales que hacen frente al mainstream cultural y las cada vez más agresivas políticas hacia los bares y clubes que mantiene viva la noche de Skopje, obligan a los agentes culturales a hacer uso de un fervor suicida para mantener a flote una escena cultural reducida, pero de una calidad envidiable.

Músicos, artistas, diseñadores gráficos, actores, escritores, comisarios, DJs, locutores de radio, promotores y dueños de locales, se las ven y se las desean para echar leña al fuego y mantener la hoguera que calienta las almas de los adictos y de paso, las gélidas noches invernales de la capital.

El primer beso

El autobús que traslada al visitante desde el aeropuerto Alexandar Veliki al Hotel Holiday Inn (cualquiera que por despiste haya leído a Perez Reverte, recordará a este personaje, eminentemente balcánico, el Holiday Inn sarajevita) es toda una declaración de intenciones, que sin embargo pasa desapercibida para muchos. Después de varias horas de música de aeropuerto, y machacones ritmos latinos, acomodarse en los manidos asientos del autobús y escuchar la emisora de radio que por defecto ameniza los veinticinco minutos de trayecto al centro, es un gustazo. Allí se escucha a Nina Simonne y a Echo and the Bunnymen, pasando por algunos clásicos del post punk macedonio como Arghangel. ¡Simplemente fantástico!

Arhangel, forma junto con Mizar y Padot Na Vizantia (La caída de Bizancio) la, llamémosla así, triada oscura. Bandas de culto, conocidas en todos los Balcanes occidentales, son grupos formados en los años 80 que mezclan el Post Punk y el Dark Wave con elementos bizantinos y que han servido de inspiración a un arsenal de grupos que les han seguido en este estupendo hábito de tocar oscuro. Si de mí dependiera, si tal asunto estuviera en mis manos, el tema Pocetok i Kraj de Padot Na vizantia sería declarado himno nacional macedonio.

Ya dentro

Ahora las guitarras y los pulsos electrónicos se mueven entre la niebla baja en la que se sumerge Carsja, el antiguo barrio otomano de la ciudad, entrecortados por el sonido de los pasos de los que caminan sobre los viejos adoquines, esquivados por motocicletas, entre restaurantes que ofrecen kebabs, joyerías que compran y venden oro  y tiendas de vestidos imposibles. Esta noche, se pueden escuchar en directo, sobre un diminuto escenario improvisado,  las últimas distorsiones  de Susijat, el Post-Rock de Fighting Windmills y a los ruidosos KNNT.

La espectral silueta de la Televisión Nacional Macedonia, alberga el estudio de la  incombustible emisora de radio Kanal 103. En el aire desde principios de los 90, es la única estación no comercial de todo el país que sigue radiando los últimos lanzamientos de grupos internacionales y locales, a bandas de la escena ya consagradas, anunciando la inauguración de tal o cual exposición, la promoción de este o aquel libro y dibujando el mapa de eventos que se disfrutan allí abajo, en las calles de la ciudad emborronadas por la niebla que escupen las chimeneas.

Fotografía por Kerwin Kendell

Fotografía por Kerwin Kendell

Enamorada

No es hasta que el apabullante olor de los tilos anuncia que el primero de mayo ha llegado, y los jardines se llenan de barbacoas y las familias se reúnen en las cocinas de verano instaladas en las terrazas de los edificios de corte socialista, cuando podemos decir que lo peor ya ha pasado. Entonces un puñado de festivales como BOSH en Gevgeljia o el festival que se celebra cada año en la orilla del lago Dojran, ensanchan la escena hacia la periferia en un intento de lo que se ha llamado, política de descentralización cultural.

Poco a poco reaparecen los turistas, gracias a Dios aún escasos, y repiten visita los extranjeros. Como el Irlandés que aparece y desparece, esa palermitana enamorada del alfabeto cirílico, la mujer que parece recién salida de un garito del Manchester de los 80, o el alemán que llego allí de paso pero nunca llego a irse del todo. Ellos, al igual que una servidora, en algún momento del pasado difícil de localizar, se convirtieron en incondicionales del correr del río Vardar, del queso blanco y la rakja, de la sombra de la antigua fortaleza, del tráfico demencial, de los cinco cantos diarios de las mezquitas y de los acordes oscuros del este.

Al visitarla, a Skopje, se recomienda ser precavido, porque puedes acabar siendo parte de ella, o lo que es peor y ya sería irremediable, ella parte de ti.