Existe en Barcelona un laberinto, el laberinto de Horta. A primera vista parece un juego de niños. Como un chasquido de dedos. Desde las escaleras, visto desde arriba, parece fácil así que uno siempre se anima a entrar en él, aunque una vez dentro la perspectiva se vuelve confusa. Hay preguntas que parecen simples pero esconden en ellas un laberinto peliagudo. Son esos cactus que nos interpelan y nos cuestionan, siempre son un buen inicio para hacer explotar nuestros globos, también llamados zonas de confort. Para poner solo un ejemplo, podríamos preguntarnos qué es el arte.

Parece simple. El arte es pintura, escultura y arquitectura, acompañado con pequeñas dosis de artes menores o aplicadas. Pero el arte se ha sobrepasado a sí mismo desde hace demasiado tiempo. Como un borracho en su quinto whisky, incapaz de recordar qué le ha llevado hasta allí pero encontrando mil motivos más para seguir bebiendo. Deberíamos bebernos más, dicho sea de paso.

El arte es la pincelada que da vida a los ojos de una menina, movimiento al mar de Manet o a la mano de un hijo de Laocoonte, para tirar de tópicos. Para Frida Kahlo el arte era su realidad, para Michelangelo divinidad y para Frank Lloyd Wright solo algo que se pudiera vender. Es la grieta, el salto al vacío y la caída de bruces que siempre nos propone el arte contemporáneo. Es el ombligo de un Schiele, el rostro sin definir pero absolutamente expresivo de la Gundinga de Amelia Peláez, y la descripción de Venecia de Thomas Mann.

Pero también hay cuadros heridos que ni nos dignamos a escuchar.

arte

Parque Museumplein, Ámsterdam || Fotografía: Mery Pineda

Decía Simón Marchán Fiz en su El universo del arte que quizá el arte era aquello que normalmente conocemos como arte. Así, sin más. De tan simple es complicadísimo. Podríamos hacer aquí una lista, larga y tediosa, de artistas y sus obras, intentando comprender cuáles son arte y cuáles no. Pero no sería justo. Ni cierto. Quizá el arte solo sea el momento, el instante y la curiosa casualidad que hizo encender la bombilla a quienes hoy tenemos por artistas.

Y un niño grita «¡me dan ganas de destruirlo!» delante del Palacio de Cristal.

Arte es Bukowski borracho de vino, y la mancha de ese vino, y el vino mismo. Pero sobre todo es arte lo que llevó a Bukowski a emborracharse hasta caer rendido entre las piernas de una mujer. Es Chinaski no recordando la noche anterior. Hay abuelos que huelen a libro viejo. Y es fantástico. Arte es la nostalgia que nos lleva a sentarnos en un banco en un paseo marítimo, al instinto de robar una moneda en una fuente de deseos, la vecina de enfrente tendiendo la ropa en una cuerda común.

El arte es como la tensión, la pasión y el miedo que existe entre una pareja en pleno enfado intentado solucionarlo en silencio en un vagón de metro.

Quizá el arte solo sea el eco incansable de un Handpan. O el humo del café a contraluz en una mañana de invierno. Y un espejo roto es arte, haciendo poéticamente reales esos añicos que nos guardamos adentro. El agua teñida de rojo en el suelo de la ducha después de una sesión casera de peluquería y el maquillaje de halloween que aún queda escondido en una ceja. Un zapato abandonado en una esquina, la vuelta a casa después de tres cervezas o el coche de la basura en pleno agosto. O quizá es el sonido jadeante de los enamorados del segundo y la calefacción a 30 grados un día de enero.

Y es arte todo aquello que despertó al genio

A los tres deseos, pedirle solo uno y volver a empezar, siempre inspirado, siempre caótico, siempre perdido camino a encontrar algo. Y un día, pincel en mano, lápiz en moño, cámara en bolso, nosotros también nos llamaremos artistas. Aunque sean solo dos segundos de absoluta ingenuidad. A veces, está todo permitido. Como aquella niña juguetona y traviesa que pregunta si puedes hacerle una foto que salga con los ojos cerrados, y a tu respuesta de «por qué» te responda más segura que nada «porque nunca me he visto con los ojos cerrados».

Cerrémoslos, pues.

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Plaza de la república, Florencia || Fotografía: Mery Pineda

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