El humor y la irreverencia son algo que van de la mano. Reír es transgredir una norma, coger un tema de conversación y ponerlo de nuevo sobre la mesa en forma de chiste; pero en esta ocasión con otro enfoque, con uno capaz de derribar un muro, lo que sea. El humor no es otra cosa más que una especie de alborotador exhibicionista. Es lo más bajo. Un grito desde el fondo que se catapulta a tocar algo bastante más brillante, más limpio y lúcido: algo institucionalizado. Es una mentira que se repite y que de un día para otro, sin que nadie lo haya sospechado, se convierte en verdad.

Un primer chiste, para romper el hielo

No podía ser de otra manera. Hablar sobre lo prohibido, como si así se liberase por fin una especie de maldición o de espejismo, alguna extraña suerte de tensión. Nuestra parte consciente diseña un escenario en el que es permisible narrar el absurdo natural de la existencia, reducirla a una mínima expresión similar a un escupitajo para luego correr un tupido velo y volver de lleno a actuar con normalidad, tras la carcajada.

El primer chiste de la historia data del año 1900 antes de cristo, en un pueblo sumerio. La traducción sería algo así como “algo que nunca ha ocurrido desde tiempos inmemorables; una mujer joven no se tiró un pedo sobre las rodillas de su marido”. Lo que hoy nos parece machista y, sinceramente, un tanto incomprensible, en su momento fue revelador, nuevo, fresco y, como todo el humor, transgresor. El cambio de sensibilidades está muy presente en todas las épocas, y en cada una de ellas trata de violarse. Aunque en aquel momento el dogma que existía sobre la sexualidad, el matrimonio, el género y la mujer no es, ni de lejos, comparable al de hoy en día, se puede anticipar una idea: que esa clase de cosas no debían de decirse. Y eso, básicamente, podría ser un buen resumen de lo que es el humor.

¿Qué proceso se necesita para elaborar un chiste?

Jerry Seinfeld, uno de los mejores humoristas de las últimas décadas, llenaba folios para crear un mísero gag de cinco segundos. Wodehouse, el escritor humorístico por excelencia en lengua inglesa del siglo XX, rellenaba 200 carillas, y de todas ellas escogía como mucho cinco frases ingeniosas. Escribiendo, a partir de ellas, el resto de la historia. El proceso, casi para cualquiera que se crea capaz de la perfección, es un tanto angustioso y dilatado. Casi parece que para hacer un humor original, creativo y talentoso hay que hacer algo que casi nunca se tiene en cuenta en la ecuación: sudar la gota gorda. Y es que parece que se olvida la necesidad de trabajar duro para alumbrar, por cosa solo de un segundo, una pequeña frase, lanzada a hurtadillas, que traspasa cierta barrera mental y que, dos segundos más tarde, produce el resultado: el aplauso, la pataleta, la risotada.

No se trata de una cuestión de magia ni de intuición divina. No se ha producido hasta la fecha un Rapto seguido de la posterior posesión del cuerpo a nombre de las Musas. Incluso ingenios tan proverbiales como los de Groucho Marx o Woody Allen practicaron hasta la extenuación. ¿Y qué practicaban? No había diferencia entre ellos y un deportista, el que fuese. Bastaba con ensayar le mismo movimiento, el mismo golpe, idéntico lanzamiento una y otra y otra vez. Algo tan sencillo como coger algo establecido y darle la vuelta. Y cuánto más establecido y más al revés se pusiese, mejor. Resulta divertido, casi un gag en sí mismo, que algo tan libre y subversivo como es el humor, solo se consiga con un proceso asociado con todo aquello que critica: un sistema reglado de trabajo, una constancia.

En conclusión, el humor es ese tipo de sustancia que se toma para vomitar todo lo que uno tiene dentro. Una manera de empezar de cero, ingerir algo nuevo, mirar las cosas desde otro enfoque. Instaurados en esta línea, cabe pensar que el humor no es otra cosa más que una manifestación del espíritu que se dirige contra sí misma, la visión más crítica y educada que puede tener una sociedad de sí misma, la bomba que se sitúa debajo de las butacas de la ópera para que explote en el momento justo en el que la voz principal sale a cantar. Un chiste no es más que el germen, en esencia, de lo subversivo.

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