Año 1994. Mundial en EEUU. A la vigente subcampeona del mundo en Italia ´90, Argentina, le cuesta dios y horrores clasificarse para dicho torneo. Tuvo que recurrir a la repesca contra una semidesconocida Australia, y para más inri, meterse un gol en propia meta. En medio de todo esto, un sonrojante 0-5 por parte de la Colombia de los Freddy Rincón, Valderrama y cía en el Monumental de Buenos Aires. Los presagios para Argentina no eran muy halagüeños y las casas de apuestas de la época no la tenían entre sus favoritos.

Pintada de Maradona

Pintada de Maradona en las paredes de una pinturería de Once. Fuente: Diablo del Oeste.

El seleccionador Coco Basile, no contó mucho con Diego para la fase clasificatoria, primero por la sanción de quince meses por dopaje desde el ´91,  y segundo, por la confianza ciega del Míster en su nuevo grupo. Sin embargo, tras la presión deportiva, popular y periodística que recayó sobre el seleccionador, reculó y lo llamó. El 10 estaba listo para ganar su segundo Mundial y jugar su tercera final consecutiva.

Maradona, a sus 33 años, daba los últimos coletazos futbolísticos en Newell´s Old Boys, un equipo de media tabla argentino. Solo participó en 5 partidos en toda la temporada, por lo que su ritmo físico y de competición no eran los más adecuados. El Pelusa, a dos meses de empezar el torneo de selecciones, cogió las maletas y se fue para un rancho en la pampa argentina a prepararse. Hizo sesiones maratonianas, gimnasio, estricta dieta, hasta incluso boxeó. Volvió a Buenos Aires como un animal, con un gol a Marruecos en un amistoso incluido.

Visceral como siempre, lo primero que hizo cuando llegó al combinado fue enfrentarse a “Cabezón” Ruggeri y a Fernando “El príncipe” Redondo, por unas declaraciones hechas tiempo atrás. También recuperó la capitanía y, por supuesto, su número fetiche: el 10.

Uno de los principales problemas era el adaptar el juego del mejor jugador de la historia a la nueva hornada de chicos que venían dando mucha guerra. Los Batistuta, Redondo, Simeone que llegaban pisando fuerte,  nunca habían jugado con él y había que ver como se entendían entre ellos.

Cuando Diego estuvo en la selección, su entrenador era “Narigón” Bilardo, un amante del resultadismo por encima de la virtuosidad con la bola. Desde el 90 fue la época de El “Coco”, un míster enamorado del juego ofensivo y de posesión de pelota, todo lo contrario que con Bilardo que le daba total libertad a Diego. Podía moverse por toda la mediapunta y su principal función era la de surtir de balones a los dos delanteros. Gaby Batistuta, y Claudio Caniggia. Ya no tenía el físico de su juventud y no le daba para regatear a todo los contrarios como antaño.

Después de la concentración en Ezeiza, cuartel general de la AFA, estaban listos para ganar su tercera Copa del Mundo tras las del ´78 y ´86, no sin antes recibir el apoyo de los maestros Andrés Calamaro y Fito Páez, que cantaron con Maradona y brindaron por las mujeres que derrochan simpatía y por el Mundial.

El 21 de junio sería el día elegido para el debut de Argentina frente a Grecia, en Boston, ciudad de los Celtics y de los MediasRojas, equipos campeones por naturaleza, vio jugar y maravillar con el juego de paredes, movimientos eléctricos  y transiciones rápidas argentinas. Cuatro chicharros marcaron, sin embargo, no recibieron ninguno de los griegos. Hat trick de Batistuta, y el tercero de la tarde fue una triangulación entre Caniggia, Redondo y el propio Diego, que le pegó un zurdazo por toda la escuadra, lo celebró con rabia, enfado, ira, recordando todo lo que luchó para estar en ese Mundial, la pretemporada en la pampa solo, los quince meses sin jugar, la poca confianza en él por parte de mucha gente… muchas cosas, demasiadas… pero ahí estaba, demostrando lo que podía llegar a conseguir, en su última oportunidad de lograrlo.

Maradona

Maradona celebrando un gol

Cuatro días después, remontada ante Nigeria (2-1), los dos de Argentina de su mejor amigo Cani. El segundo de ellos, una pillería de asistencia del “barrilete cósmico”. Las cosas pintaban bien para los albicelestes, jugando un fútbol espectacular eran capaces de golear y tenían fortaleza mental para salir victoriosos de un resultado adverso.

Sin embargo, al final del partido todo cambió. Diego fue llamado para un control antidopaje. Nunca en la historia se vio ni se verá a una enfermera llevar a un jugador de la mano para el control,  pero con Maradona lo hicieron. Los resultados salieron positivos por efedrina. Todo porque Cerrini, su fisioterapeuta, compró en EEUU Ripped Fuel en vez de Ripped Fast, que era el producto legal que estaba tomando. Se acabó el sueño, para Diego y para Argentina. Se fueron para casa sin poder ganarle ni a Bulgaria ni a Rumanía. El equipo se quedó sin alma. Tal vez, a algunos dirigentes les quede en la conciencia no haber luchado más por la inocencia del mejor jugador que ha dado el fútbol. Era su Mundial, el de su despedida, en el que demostraría al mundo que se había recuperado de todas sus adicciones y volvía al deporte por la puerta grande. Prueba de vida. Sin embargo, se lo arrebataron. Con esa pizca de suerte que hace falta, Diego levantaría su segundo cetro mundial el 17 de julio en el Rose Bowl de LA. El fútbol le debe una Copa del Mundo, y la ganará, como entrenador, aficionado, presidente de la AFA o de la FIFA, pero lo ganará.

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