Carson McCullers, afamada escritora estadounidense, vivió una vida corta y llena de agravios. Su pasión por la música se vio desplazada de repente por el fervor de la literatura, y entre enfermedades, divorcios, adicciones y demás, logró construir una obra maravillosa. McCullers, joven e inspirada, como usualmente la retratan sus fotografías, decía algo curioso con respecto a su obra: “todo lo que sucede en mis relatos me ha sucedido o me sucederá”. Esto daba a sus relatos, novelas y obras de teatro un aire premonitorio o una suerte de inspiración mágica.

En 2017 se celebraron los 50 años de su muerte y los 100 años de su nacimiento. Es curioso que justo este 2018 comenzara con el bicentenario de Frankenstein, el monstruo más célebre de la historia de la literatura. La obra de McCullers, es una amigable con la extrañeza, que ve con ternura la diferencia, la voz de aquellos forajidos sin nombre que rara vez han asumido el protagonismo en la literatura. En su universo, muchos de sus personajes asumen las dos principales características del monstruo: la hibridez y la marginalidad.

Carson mccullers retrato

Carson McCullers. || wikipedia

Un monstruo es un híbrido porque rehúye de toda clasificación. Una criatura como la de la célebre película La Forma Del Agua de Guillermo del Toro es humana pero a la vez no lo es. Es un anfibio, pero a la vez no lo es. Necesita de las aguas para respirar, pero a la vez no las necesita. Un monstruo no pertenece a ninguna comunidad y esto determina su aislamiento. En este sentido, Frankenstein es un buen ejemplo: sabe que asusta y cuando se mira en el espejo se espanta. Le pesa su soledad, y por este motivo su único requerimiento es una compañera que le sea semejante. Como podemos ver, la hibridez es una cualidad inquebrantable, pero la marginalidad es una barrera que puede romperse.

Es así que McCullers, en los linderos de su gótico sureño, retrata una sociedad que aún le cuesta adaptarse a los cambios posteriores a la guerra civil. Un sur, que como una monstruosidad, ya no es agrícola pero tampoco es industrial, ya no es tradicional pero tampoco es moderno. Su universo es similar al de un desierto de marginados, de freaks, de fenómenos y extrañezas, que a pesar de todo, gracias al  lenguaje casi musical de las notas de McCullers, conquistan completamente la simpatía del público.

Una sinfonía a la extrañeza, a la hibridez

La obra de McCullers tiene la cadencia de la música. Como un largometraje cinematográfico, la música le atribuye poesía a todas sus letras. En La Balada Del Café Triste, una novela corta recubierta de las nostálgicas notas musicales de un café de sur, se conoce a Miss Amelia Evans, una mujer rica, fuerte, que trabaja en pro de acumular una riqueza, sin el menor trazo de sensibilidad o empatía.

McCullers no tarda en describir a Miss Amelia como un híbrido, como una criatura extraña que florece en un desvencijado pueblo del profundo sur: “Miss Amelia era muy rica: además del almacén, poseía una destilería (…) detrás de los pantanos y vendía el mejor whisky de la región. Era una mujer morena, alta, con una musculatura y una osamenta de hombre. (…) Podría haber resultado guapa si ya entonces no hubiera sido ligeramente bizca. No le habían faltado pretendientes, pero a Miss Amelia no le importaba nada el amor de los hombres; era un ser solitario”.  El retrato de esta mujer sureña, algo andrógina, la describe como un ser casi monstruoso, que en su soledad no halla empatía alguna con quienes la rodean.

paisajes sureños

In Magnolia Garden, de Alfred Heber Hutty. || Pinterest

Sin embargo, el encuentro con el primo Lymon, un enano jorobado de quien Miss Amelia se enamora en el relato, revela la ternura de su alma, algo que aparentemente no está ahí. En el primo Lymon encuentra tal vez un semejante y la relación con él funciona como el licor que Miss Amelia vende. McCullers describe dichos efectos de la siguiente manera: “Ya es cosa sabida que si se escribe un mensaje con zumo de limón en una hoja de papel, no queda rastro de la escritura; pero si se expone el papel al fuego las letras se vuelven de un color castaño y se puede leer lo escrito”.

En su oda a la ternura y el amor, McCullers desnuda poco a poco el alma de Miss Amelia. Detrás de esa apariencia tosca revela una sinfonía de sentimientos, trayéndola de nuevo a los parajes de la semejanza con el público lector, haciendo que conquiste nuestra simpatía.

Abrirle la jaula a los marginales

Frankie Y La Boda fue tal vez una de las obras más queridas por el público. El relato de esta niña que transita hacia la adolescencia, publicado en 1952, fue una de las obras que más páginas y reescrituras le costó a la autora. Una vez más, McCullers  retorna al magma de su pasado para escribir esta historia. Inmersa en los cantos solitarios de los negros en la noche, cuenta el drama de una niña algo distinta que no logra encajar con los demás y encuentra imposible abrazarse con la realidad.

Frankie y la boda mccullers cine

Fotograma de la adaptación de Frankie Y La Boda. || filmin.es

“Aquel verano hacía mucho tiempo que Frankie no era miembro de nada: no pertenecía a ningún club ni pertenecía a nada en el mundo. Frankie, por entonces, era una persona solitaria que vagabundeaba por los portales, atemorizada”, dice McCullers al inicio de la novela. El híbrido natural de una niña que no ha dejado la infancia, pero que aún no completa su camino hacia la madurez, en formas físicas, emocionales e intelectuales, margina al personaje en una especie de jaula de la que Frankie intenta liberarse durante todo el relato.

Berenice, la nana negra que además padece de un ojo tuerto, guía a Frankie en su camino por la marginalidad y el desamparo. De hecho, por las mismas condiciones en las que le ha tocado vivir, es la única capaz de comprender qué significa ser casi un monstruo  y padecer por esto el rechazo de los demás.

En su sabiduría profética, Berenice logra comprender las inquietudes de Frankie: “Todos nosotros estamos como aprisionados. Nacemos de esta manera o de aquella otra, y no sabemos por qué. (…) Yo soy yo, y tu eres tú y él es él. Cada uno de nosotros está como prisionero de sí mismo”.  Las consoladoras palabras de esta nana se funden con la calidez de su enorme pecho, al que Frankie se abraza sintiendo una gran afinidad con este ser híbrido y extraño. Este cariño surge por la igualdad de condiciones de ambos personajes, algo que Frankie nunca logró imaginarse antes.

McCullers, en esta teoría de la jaula personal, del que habita en soledad, logra desenlazar la extrañeza que separa del otro. Ella le abre la jaula al marginal y le permite ser libre a través de sus relatos. En Frankie Y La Boda como en muchas de sus historias, McCullers logra liberar al freak, al monstruo y al fenómeno de su abatimiento. Le abre un camino hacia el publico para que desde su frontera pueda mirarle a los ojos y, por fin,  logre sentirlo como un semejante. Como un igual.

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