León de Greiff, el estepario

El domingo 11 de Julio de 1976, en la ciudad de Bogotá, el poeta colombiano León de Greiff acordaría una cita definitiva con la Señora Muerte.  La misma que había evocado en sus versos y “que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa!”.   No se trató precisamente del “bel morir” que pretendía Sergio Stepansky.  No hubo un balazo despeinando de su pecho el vello fino, sino más bien, “un poco lento y un mucho largo” apagamiento en su lecho mortuorio. Ahí, rodeado de las nocturnas mariposas fúnebres pasaría sus últimos momentos.

En el año 1972, León de Greiff había sufrido un aparatoso accidente, que lo había disminuido físicamente de manera notable.  Luego de haber bebido unos buenos vinos, paladeado viandas tiernas y comido del mejor pan, rodó por las escaleras de su vivienda, fracturándose algunas costillas. Esta sería la razón por la que tomó la decisión de pasar su cuarto a la sala, donde las estanterías de los libros ya no daban abasto. Cientos de ejemplares, entre ellos muchas novelas de vaqueros, y  cualquier cantidad de discos de música clásica se amontonaron en los rincones.

Un año después del accidente, el poeta antioqueño presentaría su último mamotreto titulado Nova et Vetera.  Alberto Garzón Pacheco, mi padre,  en representación del Centro Cultural Venezolano – Colombiano, lo había apoyado de manera desinteresada en la publicación de este libro, donde se rescataron poemas de todas sus épocas y que por diversos motivos no se llegaron a divulgar previamente.  Se habían conocido muchos años antes, en el emblemático Café “El Automático” ubicado en la Avenida Jiménez con Carrera Quinta, donde el maestro de Greiff era sin duda, la insignia de lugar. Llevaba la batuta en aquella bohemia báquica, donde lo acompañaban contertulios como Luis Tejada, Luis Vidales, Rogelio Echavarría, Juan Lozano y Lozano, Ignacio Gómez Jaramillo, Jorge Zalamea, Ricardo Rendón, Omar Rayo y Germán Arciniegas, entre otros.

En diferentes oportunidades, el introvertido poeta de barba y alta pipa, -reconocido bebedor musageta-, generosamente compartiría un espacio en su atiborrada mesa, con mi afortunado padre.  Como lo vine a saber después, la vida les depararía incontables vasos de aguardiente, con los que divagaron y discurrieron al ritmo del antojo. Por aquellos tiempos, mi progenitor presentaría  a los ojos avizores de Gaspar de la Nuit (uno de sus más conocidos heterónimos), algunos poemas de su autoría, para obtener una opinión de su parte. A partir de ese momento, y según me contaría orgullosamente mi papá, León de Greiff dejaría de referirse a él por su nombre, para llamarlo sencillamente “Poeta”.   

No sólo mi padre hizo grandes esfuerzos por estar cerca del maestro León de Greiff en el Café “El Atomático”.   Bien es sabido que a aquel lugar arribaban personalidades de todo el país para estar con él.  Era fácil identificarlo en medio del gentío, pues el poeta ostentaba una facha bastante particular.  En su indumentaria se destacaban la infaltable boina vasca, su pipa, sus anteojos y los trajes notoriamente trajinados.  Además, sus rasgos nórdicos y su tupida barba contrastaban con la fisionomía del resto de sus contertulios.  Gabriel García Márquez expone en su libro Vivir para contarla, las tácticas que utilizaba para poder sentarse al lado del poeta “Siempre me las arreglé para que los meseros me ubicaran lo más cerca posible del maestro León de Greiff –barbudo, gruñón, encantador- que empezaba su tertulia al atardecer con algunos de los escritores más famosos, y terminaba a la medianoche ahogado en alcoholes de mala muerte con sus alumnos de ajedrez”.

Cualquier pretexto resultaba útil para buscar un acercamiento con el poeta y compartir aquella bohemia etílica. El escritor cartagenero Germán Espinosa narra en La Verdad sea dicha, su libro de memorias, la forma en que abordó al poeta por primera vez en el Café: “Sin intención de revelarle que yo era el sobrino de Luciano Espinosa, que iba a publicar su primer libro de poemas, debí acercarme adonde se hallaba para pedir al cajero del café que me cambiase unas monedas, a fin de hacer no sé qué llamada urgente por el teléfono público. El empleado me dijo no tener cambio, más preguntó a de Greiff si lo tenía y éste contestó que sí.  Mientras me entregaba las monedas, le comenté quién era y, como en la pensión todos destituían aquella poesía que no observara los cánones del piedracielismo, le expuse cuáles eran mis gustos  y él se manifestó acorde, tal vez por llevarle la corriente a ese niñito que se creía un experto poeta”

Incontables motivos existían para que la gente quisiera conocer al maestro León de Greiff.  Sin duda,  se trataba de un transgresor dentro la literatura hispanoamericana.  Rompió con los convencionalismos propios de su tiempo.  Mientras en el ambiente literario todavía se respiraban vestigios del provincialismo y se evidenciaba la influencia plañidera del romanticismo español, el poeta antioqueño irrumpió rebeldemente, contraponiéndose a todo lo establecido. Cuestionó todo a su alrededor y hasta la poesía misma. Utilizó las infinitas posibilidades que el lenguaje le proveía.  Entre sus líneas se vislumbra la influencia de Luis de Góngora y Argote, en el sentido de la sonoridad y en la importancia que se le da al lenguaje en sí mismo.  Su estilo poético se vale de neologismos y palabras antiguas; se soporta en un vocabulario erudito en donde convergen el castellano de la Edad Media, el de la Edad de Oro y el barroco.

“… ¿será mi estilo,  (por llamarle estilo)
—de ése mi estilo  (estilo a la jineta)
yo mismo en veces (pocas)  me horripilo—,
barroco estilo, ni motor de escándalos—,
por descender (si criollo hasta la zeta I
de Renanos, Iberos, Godos, Vándalos?”

Por eso, desde un primer momento, la poesía de León de Greiff fue considerada “rara” y de difícil comprensión para gran parte de los lectores que no entendían el sentido de sus poemas. El poeta tomaba todo aquello con mucha gracia y lo manifestaría en sus versos:

“Para el asombro de las greyes planas
suelo zurcir abstrusas cantilenas.
Para la injuria del coplero ganso
torno mis brumas cada vez más densas.
Para el mohín de lo leyente docto
marco mis versos de bizarro rictus,
(leyente docto: abléptico pedante)
tizno mis versos de macabros untos.
Para mí… no hago nada, nada, nada,
sino soñar, sólo vivir la vida!”

La poesía de León de Greiff  lejos de ser distante y “difícil”, recogía temas cercanos a la sensibilidad popular.  Versos como “Esta rosa fue testigo” de ése, que si amor no fue, ninguno otro amor sería…”, quedarían grabados en la memoria colectiva de varias generaciones. La soledad, el amor, el tedio, el erotismo y sin duda alguna, la noche, son sus temas más recurrentes.  Quizás el culmen poético de León de Greiff se remita a los tiempos de Bolombolo, cuando fue llamado a administrar la prolongación del Ferrocarril de Antioquia por el río Cauca o el “Bredunco” cómo lo llamaba el maestro. Fue en esa época donde vino a conocer muchos de los personajes que llegaron a enriquecer su mundo poético, y que quedarían plasmados en sus Relatos: Ramón Antigua, Leo Le Gris, Skalde y Bogislao, entre otros.

Mi padre me hablaría muchas veces acerca del carácter huraño, hosco y arbitrario que caracterizaba a León Greiff.  El mismo poeta lo reconocía abiertamente: “Bogislao es un individuo -en el fondo- serio, casi adusto. Un sujeto de muy pocas palabras -de ellas raras, exóticas, bizarras, desuetas-. Un sujeto taciturno, hermético, cogitabundo, casi alelado y como ausente: Parco de gesticulaciones, sobrio de ademanes, no nada modulador y de simpatía nula”.  A pesar de esto, resultaba muy atrayente no sólo en las esferas intelectuales, sino también para los periodistas y políticos.  Curioso resulta que éstos últimos lo asediaran, pues el mismo poeta se autoproclamaba políticamente como “Aristo-ácrata”, es decir un aristócrata con una clara filia hacia la anarquía. “Ácrata soy —de buen humor tranquilo” También en su Relato de Gaspar lanzó algunos dardos que no calaron muy bien en los estratos del poder:

“Toda aquésa gentuza verborrágica

-trujamanes de feria, gansos del capitolio,

engibacaires, abderitanos, macuqueros,

casta inferior elocuenciada de impotencia-,

toda aquésa gentuza verborrágica

me causa hastío, bascas me suscita,

gelasmo me ocasióna…”

A pesar de su prevención para con el establishment, León de Greiff tuvo algunos amigos en el medio político. Entre ellos, vale la pena destacar al ex presidente Belisario Betancur,  quien le entregó sus primeros dividendos por Derechos de Autor y que además contribuyó a la publicación de un facsimilar con poemas dedicados a Matilde Bernal Nicholls.  También mantuvo una buena amistad con Gilberto Alzate Avendaño, el reconocido político, ensayista histórico y literario, quién además era director del Diario de Colombia y desde sus páginas compartió generosas referencias acerca del poeta antioqueño.

Se cumplieron 41 años de la muerte de León de Greiff y no deja de resultarme paradójico que aquel poeta introvertido, que disfrutaba tanto de la soledad, terminara sus días en aquella casa del ruidoso y agitado barrio Santa Fe. Más aún, que su otrora vivienda y lugar de lecturas sosegadas, sea hoy el parqueadero de un concurrido lupanar. No sé por qué en mi cara se dibuja una sonrisa malévola, al imaginar que muchos de los embriagados y lascivos visitantes del lugar, deben haber salido corriendo despavoridos, al escuchar en medio de sus jolgorios, una ronquísima voz de ultratumba, implorándoles:

“Yo deseo estar solo. Non curo de compaña.

Quiero catar silencio. Non me peta mormurio

ninguno a la mi vera. Si la voz soterraña

de la canción adviene, que advenga con sordina:

si es la canción ruidosa, con mi mudez la injurio;

si trae mucha música, que en el Hades se taña

o en cualquiera región al negro Hades vecina…

Ruido: ¡Callad! Pregón de aciago augurio!

Yo deseo estar solo. Non curo de compaña.

Quiero catar silencio, mi sola golosina.”

Send this to a friend