Una vez preguntaron al escritor británico Tim Lott en qué verano concreto de la década de los setenta había ambientado su novela El último verano del tejedor. Como es un escritor de oficio y sigue la tradición inglesa de precisar en las respuestas hasta rozar lo maleducado, respondió que la novela no estaba ambientada en ningún verano en particular, sino en la idea de un verano.

La idealización del verano ha tenido tantas y tan buenas realizaciones en la literatura que prácticamente puede considerarse un género. La predilección por la estación de tantos buenos autores no debe sorprendernos, pues simplemente responde a su buen conocimiento del interior de los lectores. La mayor parte de los individuos posee, entre los salones dorados de su memoria, uno dedicado a aquel verano mágico en el que descubrió una ciudad, o una actividad, en el que conoció a tal persona o se enamoró de tal otra. Para muchos individuos es como si todo lo realmente extraordinario tuviera lugar en verano. La explicación al fenómeno es que todo sucede en verano porque es cuando tenemos tiempo para que las cosas nos sucedan, algo que es difícil de explicar pero fácil de entender. En definitiva, el territorio del verano está hecho de memoria y sueños a partes iguales, y ese es un material que los escritores de olfato no dejan pasar.

Verano literatura Sorolla

Nunca me ha gustado la etiqueta de «lecturas de verano» que utilizan editores, librerías y suplementos culturales –quizá en ese orden de convicción e interés–, porque por lo general se emplea para dirigir a los lectores hacia obras ligeras, insustanciales, lo menos literarias posibles, como si en algún momento hiciera demasiado calor para conocer Hamlet o agosto no fuera el mes de acercarse a Fausto. Mi opinión ha sido siempre la contraria: en un tiempo como el vacacional, en el que se dispone de más tiempo y tranquilidad, nuestra mente puede estar más receptiva para acercarse a obras de calado que, sin embargo, pudieran abrumarnos o demandar demasiada atención en el fragor de nuestras actividades habituales. En realidad, todo este párrafo podría resumirse en una línea dando la vuelta a la argumentación y diciendo simplemente que nunca es buen momento para la mala literatura.

En el mundo anglosajón, la etiqueta de «summer holiday books» está ya implantada en el pensamiento más profundo de sus lectores, y tan introducida en el calendario como las compras de Navidad. Creo que fue Nabokov quien dijo que uno tiene una perspectiva de sueño mejor si sabe que hay un buen libro esperándole junto a la cama. Con una idea parecida, cada estío muchos lectores se colocan frente a los anaqueles de las librerías con la esperanza de conseguir varias lecturas que le acompañen en su destino vacacional. Ese comprador desea acertar más que nunca, porque no hay decepción mayor que la de comprobar que las tres, cuatro lecturas –pongan ustedes un número– que uno ha llevado consigo de vacaciones resultan ser una pésima elección, de modo que finalmente uno se encuentra en el lugar perfecto, con todo el tiempo por delante… y sin nada que leer. Por eso, al contrario de lo que mucha gente cree –incluidos algunos editores–, el verano es un momento de ser tremendamente conservadores en las compras librescas, buscando un objetivo conocido y contrastado, nada de experimentos.

Volviendo a la idea inicial, en estos días no hay periódico o suplemento cultural que se resista a ofrecer su recomendación de lecturas para el verano, pero por lo general se entretienen en promesas bestsellerianas y zalamerías mercadotécnicas, y ninguno de ellos aborda la liga superior de las lecturas estivales: la unión entre la buena literatura y esa idea de verano a la que se refería Tim Lott.

Los que gusten de un verano introspectivo, filosófico y estilizado pueden acercase a esa joya titulada simplemente Verano, del sudafricano J. M. Coetzee, el Nobel más silencioso y taciturno, y créanme que hay dónde elegir. En la novela encontrarán una buena muestra de la más deliciosa y sincera de las autobiografías: la ficticia. Se trata en realidad de la tercera parte de ese magnífico proyecto llamado Escenas de una vida de provincias. El autor sorprende por ofrecer una narración de apuntes biográficos que se sustenta en la forma en que los demás nos ven, como si la vida debiera ser escrita por los que te contemplan y no por quien la protagoniza. El narrador de Coetzee nunca tiene prisa por llegar a ninguna parte, como corresponde al tiempo detenido de cualquier narración de verano, por eso puede contarte un atardecer al tiempo que habla de sus lecturas más recientes o rescata un recuerdo de infancia que, tantos años después, le sigue haciendo daño.

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Los que gusten de un verano introspectivo, filosófico y estilizado pueden acercase a esa joya titulada simplemente «Verano», del sudafricano J. M. Coetzee.

El Gran Gatsby, ese monumento enfermo de Scott Fitzgerald al ¿amor? constituye de manera profunda el testamento literario de un verano, pues el americano consigue simbolizar con el final de ese estío de 1922 el declive de toda una época, utilizando una construcción paralela entre tiempo y circunstancias que solamente está al alcance de autores que, como él, son capaces de conseguir esa difícil sencillez de los clásicos. La trama de El Gran Gatsby mantiene una comunicación simbólica con el paso de las estaciones tan precisa como la maquinaria de un reloj: comienza en ese fino tiempo fronterizo que es el final de la primavera y principio del verano, construyendo una sutil imaginería de renovación, como si la Tierra entera volviese a la vida después de algún tiempo detenida. Ese verano incipiente, lleno de promesas de plenitud, coincide con las aspiraciones de Gatsby por comenzar la relación con Daisy. Tras el momento de ilusión inicial, el verano pleno será el momento en el que la aventura se consolide, y cada aviso otoñal servirá para recordar a Gatsby que la relación con la mujer de su vida ha llegado a su fin.

Thomas Mann nos regaló en La muerte en Venecia un verano aristocrático y decadente, sucio en su solemnidad, penetrado por una sensación de humedad permanente, como si la idea de verano se hubiera convertido en este caso en una suerte de líquido maravilloso que permitiera a sus personajes concederse lo que hasta ese momento les repugnaba. En la novela, el calor parece actuar como un método de propagación más de la epidemia de cólera que sufre la ciudad, provocando, como en Gatsby, que la atmósfera estival –en su versión más decadente– y la historia de la novela caminen unidas, solo que barnizadas por una pasta plomiza en la que Thomas Mann debió incluir sentimiento de culpa, dolor y deseos de rebelión en dosis iguales.

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Thomas Mann nos regaló en «La muerte en Venecia» un verano aristocrático y decadente.

Por magia de esas caprichosas asociaciones que la literatura nos brinda, también hay una epidemia como telón de fondo en Nemesis, una de las obras maestras de ese genio en tiempo de jubilación que es Philip Roth. Esta vez es la polio la que se encuentra extendida en Newark en el verano de 1944. La tragedia de Bucky Cantor, que así se llama el protagonista, habla de una «Newark ecuatorial» en la que la gente muere si permanece allí: «Herbie y Alan habían muerto por haber pasado el verano en Newark». El americano es preciso en su descripción del cerco al que el calor somete a la ciudad, alterando el modo de vida que se considera habitual y que, como todo en Roth, tiene algo de inquietante. El verano de la polio viene acompañado de imágenes poderosísimas asociadas a la manera en que la infancia vive los cambios: «Nos pasábamos el día corriendo bajo el calor extremo, y bebíamos con avidez el agua de las fuentes prohibidas».

Estos veranos pegajosos y desconcertantes tienen su alternativa en Expiación, ese libro en el que un Ian McEwan tremendamente irregular encuentra por fin la fórmula. En ella nos ofrece el regalo de un verano inglés que es la idealización de todos los veranos en las islas, adornado con la elegancia y el prurito intelectual que se le supone. El juego de narradores y escenarios acaba trascendiendo el punto de partida en un artificio tan bien sostenido como el de la otra buena novela del autor, Chesil Beach. Expiación es una obra tremendamente humana en la pintura de las dificultades que sus personajes encuentran para pensar con claridad y tomar las decisiones adecuadas, y la porción de verano que cubre la novela es una invitación a la diversión que, como toda apuesta arriesgada, puede acabar mal.

Si nos acercamos a Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, debemos tener en cuenta que sosteniendo esta novela tenemos en las manos poco menos que una biblia generacional para muchos europeos, y la buena noticia es que el tiempo ha sabido respetar al texto, que sigue leyéndose bien en su eterno canto a la libertad de pensamiento. Buenos días, tristeza nos transporta a una gran mansión a orillas del Mediterráneo, y en este libro el verano se asocia con la sexualidad de una manera tan eficaz que hasta los objetos parecen encontrarse en efervescencia. Aunque para veranos de tensión sexual siempre estará La muchacha de las bragas de oro, que acierta en describir ese estío como tiempo detenido, como marco inacabable en el que todo puede –y debe– ocurrir. Juan Marsé, el mejor especialista en el buceo de la memoria que poseemos, ya se trate de memoria personal o ajena, creó un muy buen personaje en este Luys Forest sobre el que todo pivota. La historia de un antiguo falangista que pretende reciclarse en demócrata falseando sus memorias y que se topa en su propia casa con el personaje de Mariana, símbolo de una juventud progre que estallaba en sexualidad en 1978, tiene algo de mágico y envolvente, además de saber conjugar historia personal y social de una manera muy inteligente. Marsé les hará vivir el verano envueltos en una mezcla de desconcierto y excitación que siempre deja huella en el lector.

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“Fernando Fernán Gómez nunca será suficientemente valorado como escritor por haber sido un actor tremendamente popular.”

También hay que recordar que nuestra literatura está repleta de recreaciones de aquel verano maldito, el del 36. De entre todas ellas me quedaría con un texto teatral: el de Las bicicletas son para el verano, esa triste delicia. Fernando Fernán Gómez nunca será suficientemente valorado como escritor por haber sido ese actor tremendamente popular que se colocaba cada tarde en nuestro salón como una especie de vecino pesado, pero sobre todo porque ya se sabe que en nuestro país destacar en más de una disciplina acaba pagándose caro.

Quizá porque se encuentra a medio camino entre las novelas serias y las humorísticas, la obra de Eduardo Mendoza de 1996 Una comedia ligera ha pasado más desapercibida de lo que debiera, a pesar de tener una construcción sólida y mejor contenido que muchas de sus piezas de gran venta. Se trata de la radiografía de un veraneo de posguerra, en un tono medio entre la sorna y la pintura local, con un reparto de burlas y veras bien medido a lo largo de sus páginas. El texto arranca con un «Aquel verano se puso de moda entre las mujeres hacer encaje de bolillos» que ya avisa de una manera transparente la pretensión de la novela de moverse en el encanto de lo sencillo, algo que no deja de ser marca de la casa del novelista catalán.

Cuando uno repasa el contenido de este improvisado catálogo de obras literarias que recrean el verano –muchos lectores, al hilo de la propuesta, habrán ya pensado en otras muchas con las que ellos han topado, pues el catálogo es amplísimo–, uno no puede dejar de pensar que nuestros veranos, los reales, no se acercan en brillo ni peripecia a los estíos de las letras. En nuestros veranos privados todo ocurre más despacio y peor, y cada cuestión reseñable no deja de ser un triunfo personal que probablemente no le interesa a nadie, por aquello de los mitos como sueños públicos y los sueños como mitos privados. El maestro Umbral decía que a la realidad siempre le falta prestigio. Por eso necesitamos seguir leyendo.

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