El amor es una mierda. «Quien lo probó lo sabe», que diría Lope de Vega. Y si no, que le pregunten a C.C. Baxter, protagonista de El Apartamento (1960), obra maestra del cine y probablemente una de las interpretaciones más prodigiosas no sólo de Jack Lemmon, sino de toda la historia del séptimo arte.

El pobre Baxter no hace más que sufrir durante toda la película. Ve cómo su amor platónico Miss Kubelik (Shirley McLane), la ascensorista del edificio donde trabaja, no hace más que darle tácitas calabazas mientras ella sufre en su affaire con el casado mandamás de la empresa. A quién no he ha ocurrido. El ser querido prefiere el tormento frente a un desalmado a ser venerado por el bondadoso hombre —o mujer— corriente.

Si en esta mirada no hay amor…

Si en esta mirada no hay amor…

Pero en esta película este amor sufriente tiene un matiz muy interesante, que viene dado tanto por el poderoso argumento creado por Wilder como por el milagro actoral de Lemmon. El poder de redención que puede traer el amor. 

Robinson Crusoe y los espaguetis

Al principio del film Baxter es un ser con evidentes virtudes. Easygoing, que dicen los angloparlantes, buen profesional, discreto. Pero, enfermo de soledad y aburrimiento, se ha convertido en un trepa y un individuo sin la menor dignidad ni ética. Para el que no recuerde o no haya visto la película, el protagonista se dedica a dejar su apartamento a sus superiores para que lleven a sus amantes. Entre estos superiores se incluye el jefazo máximo con el objeto de sus desvelos. Lemmon descubre fortuitamente este hecho, tras haber recibido un plantón de McLane.

Y es en ese momento cuando Baxter comprende cómo ha desperdiciado su vida. Entiende que hasta que conoció a Kubelik había vivido «como Robinson Crusoe […] hasta que un día vi pisadas en la arena y la encontré a usted». como bien dice en la maravillosa escena de los espaguetis y la raqueta de tenis. En efecto, llevaba toda la vida en una isla de soledad y mediocridad, dispuesto a cualquier cosa con tal de medrar en el trabajo y, por qué no, evitar pasar noches sin compañía en su apartamento. Hasta que llega Shirley McLane. Le hubiera pasado a cualquiera, para qué engañarse.

Crusoe tiene alguien con quien compartir su isla por fin

Crusoe tiene alguien con quien compartir su isla por fin

A partir de ahí, por el mero hecho de estar enamorado y tener un objetivo en la vida, se convierte en un adalid de la dignidad. En un mensch, que diría su vecino judío. Esto es, un hombre hecho y derecho, que conserva su integridad renunciando a todas las ventajas obtenidas por sus servicios anteriores, ascenso incluido. Y todo por amor. Ni más ni menos.

Amor a gran escala

Otro ejemplo de este poder del amor, a mayor escala y menor calidad, ocurre en Superman (1978). Sucede cuando, en el discutible final de la película, El Hombre de Acero hace rotar la Tierra al revés, viajando hacia atrás en el tiempo y salvando de la muerte a su amada Lois Lane. Lo recogía de una forma brillante Ignacio del Valle en su libro Cómo el amor no transformó el mundo:

«- ¿Sabes cuál es la escena más romántica de la historia del cine? […] ¿Recuerdas el final de Superman?  Superman, de pie junto al coche donde acaba de morir sepultada Lois Lane […] acaba de salvar a todo el mundo menos a la persona que ama. […] Logró salvarla, puso en tela de juicio a toda la creación por una simple mortal.»

Superman, o la omnipotente desesperación…

Superman, o la omnipotente desesperación…

Y aquí es donde hay que preguntarse qué podría haber pasado si muchos de los personajes horribles de la historia pasada o presente —tampoco es cuestión de citar nombres— hubieran sufrido la misma transformación que el personaje de Jack Lemmon o el de Clark Kent. Aunque esta asunción es peligrosa, pues pocas personas más locamente enamoradas ha habido que Hitler de Eva Braun.

Lo que sí es cierto es que si cada individuo, en su pequeña esfera, tuviera una evolución tan positiva como C.C. Baxter cuando cayera en las redes del amor, otro gallo le cantaría al mundo. No harían falta grandes gestos como el de Superman. El simple hecho de que cada uno fuera deambulando por esta vida intentando hacer el bien, aunque fuera por algo tan egoísta como conseguir el amor, podría servir para crear un mundo mejor.

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