Si hay un ejemplo de constancia es el de Derek Redmond. Y es que la historia del excelente atleta británico da para película, libro y serie de televisión.

Su carrera deportiva, tan excelente como aciaga, ha estado llena de sonrisas y lágrimas. Siempre le acompañaron las lesiones y siempre supo reponerse. Hasta un total de dieciocho veces tuvo que pasar por el quirófano para poder seguir haciendo lo que amaba, lo que le gustaba. Su vida era el atletismo y todos los que le rodeaban bien lo sabían.

Derek Redmond

Jim y Derek Redmond juntos hasta el final

Derek Redmond llegaría a los JJOO de Barcelona como uno de los grandes favoritos para hacerse con el oro en los 400m lisos. De hecho, venía de ganar el oro en el 4×400 del mundial de Tokio un año antes. Sin embargo, sufriría una derrota cruel, pero hermosa.

Era una tarde de agosto y Redmond estaba listo para disputar su serie de semifinales de los 400m. Todo iba como esperaba hasta que a falta de 200m sintió un pinchazo en la pierna derecha. Frenó de repente y desde el suelo veía como a izquierdas y derechas sus competidores le adelantaban. El muslo derecho. Su sueño se desvanecía, pero pasaría a la historia del olimpismo.

Derek Redmond

El rostro del sufrimiento

Redmond decidió que aquella fatalidad no le iba a derrotar. Jaleado por las 65.000 almas que abarrotaban el Estadio Olímpico de Montjuic, se puso en pie. Apartaba como podía a los oficiales que le rogaban que no siguiera. Entonces tomaría protagonismo la figura de su padre, Jim Redmond que esquivando a la seguridad logró acceder a la pista y agarrar a su hijo para llegar juntos a la meta, entre aplausos y la admiración de todo el mundo. El atletismo pasó a un segundo plano y poco importaba ya el resultado de la carrera. Padre e hijo pasarían a los anales como un ejemplo de superación. “Habíamos empezado en esto juntos, y teníamos que acabar juntos”, dijo Jim.

Gracias por tanto Derek Anthony Redmond

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