Muchos emigrantes sentimentales huimos de nuestros países porque cada vez se parecen más a esos cementerios militares estadounidenses: alineados, racionalizados, funcionales, anónimos, estructurados, supervisados, seguros y ahorradores. En ellos, como en la vida, el hecho de que cada elemento tenga un sentido (económico) ha provocado que su conjunto carezca de sentido (existencial), y no sabemos encontrar la salida a esta cárcel paradójica.

Quizá por eso, muchos emigrantes sentimentales nos enamoramos perdidamente de los países latinoamericanos, donde lo imprevisible es el pan de cada día, y la monotonía, un lejano cuento de hadas.

A veces desarrollamos una afección exageradamente benévola por cualquier cosa extraña que encontremos y nos convertimos en auténticos pánfilos, en el sentido más literal de la palabra: «amantes de todo». Nos enamoramos, por oposición y en bloque, de todo aquello que sea diferente a lo que ya conocemos: desde la solidaridad latinoamericana hasta el caos de sus ciudades.

En la Ciudad de México, los vendedores de tamales, obleas y camote siguen formando parte de la orquesta de comerciantes que se anuncia al atardecer. Es maravilloso escuchar sus voces, triángulos y carritos sobreviviendo al sonido de fondo de los cinco millones de coches que existen en el área metropolitana.

En la Narvarte, colonia céntrica de la Ciudad de México, Don Polo pasa todos los días, menos el domingo, por la calle Pestalozzi a eso de las seis y media. Si uno no quiere bajar a la tienda a por un garrafón de agua (botella grande de agua potable), puede esperarlo a él, que los trae cada tarde en el remolque de su bicicleta.

«¡El aguaaaaa! ¡El aguaaaaa!», grita siempre en la misma nota y con una técnica vocal digna de cantante lírico. Don Polo tiene su zona y los vecinos lo protegen: si algún vendedor llega a hacerle competencia, son pocos los que le compran, por el compromiso personal que a don Polo se le tiene.

Él compra los garrafones en una purificadora de su confianza y luego se pasea con su bicicleta por toda la colonia. Cuando te queda poca agua, estás pendiente de la hora a la que pasa por tu calle. Entonces le escuchas gritar y te asomas a la ventana diciendo: «¡don Polo! ¡Una!». Y le lanzas las llaves de tu casa.

Todo el mundo sabe que don Polo conoce todas las casas del barrio. Al punto de cruzar el quicio de la puerta, dice «con permiso, buenas tardes», te entrega las llaves y se va directo a la cocina. Mientras descarga la garrafa, que trae equilibrada en el hombro, y quita el plástico con un cuchillo que él mismo coge, don Polo te narra cómo le ha ido la tarde. Si ha tenido buenas ventas, te cobra cinco pesos menos de lo que te suele cobrar.

Es un lujo vivir en una gran ciudad y no haber perdido el trato humano y personal con el señor que te vende el agua. Pero la realidad es que este lujo lo carga él sobre su espalda. Don Polo lleva una faja de piel en la cintura y a menudo dice que le duele mucho la pierna. Subir decenas de escaleras con los veinte litros a cuestas no debe ser nada fácil. Es bastante probable que ya tenga varias hernias no diagnosticadas y que no cuente con un seguro médico.

Si está lloviendo o granizando, no puede dejar de trabajar porque vive únicamente de lo que le da la venta. Si se enferma, no tiene baja que le permita descansar. Cuando la fuerza ya no le alcance, dependerá de la generosidad de sus hijos (que seguramente no estarán sobrados de dinero) para pasar sus últimos años, pues es casi imposible pensar en una pensión suficiente para él.

¿No es mejor que, aunque todos perdiéramos la amabilidad de don Polo, don Polo tuviera una vida (materialmente) mejor? Pero, por otra parte, ¿de qué le serviría a don Polo una vida (materialmente) mejor si se sintiera solo? Es cierto que las sociedades del bienestar han cubierto las necesidades materiales de muchos, pero ellas son el ejemplo más terrible de la descomposición del tejido social.

En nuestros sistemas europeos, por ejemplo, muchos ancianos cuentan con sus pensiones de jubilación. Los hijos no tienen que mantenerlos, pero al liberarse de esta obligación también han dejado de ir a visitarlos, y muchos mueren solos en sus departamentos. ¿De qué les sirve entonces la pensión a los viejos, si tenemos en cuenta que no son sólo cuerpos? ¿No existe un sistema que ni nos mate de hambre ni nos mate de soledad?

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