El bigote de Dalí (o la España de las diez y diez)

España es incapaz de escapar a la anécdota, por eso no hay semana en la que no tengamos una noticia entre infantil e irrelevante que nos entretenga. El periodismo contemporáneo funciona así: la información es tan continua y masiva que el espectador ha empezado a disfrutar más de lo anecdótico que de lo verdaderamente informativo. Ahora que tenemos toda la información que queremos a nuestro servicio, la utilizamos para estar íntimamente desinformados.

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Fotografía de Dalí

Un periodista de uno de esos diarios norteamericanos que solamente se leen en Europa puso una vez un buen ejemplo al respecto: un hombre muy serio entra a una sala de prensa para comunicar con voz grave un asunto de importancia para el país, y cuando la rueda de prensa concluye todos acabamos hablando del color de su camisa. La sociedad contemporánea nos entrega anécdotas con las que jugar como los malos padres dan una pantalla a su hijo para que no les moleste.

En estos días de verano, los españoles hemos jugado con eso de que el bigote de Dalí marcaba las diez y diez. Un país que está pendiente de lo que pueda decir el embalsamador de un pintor tiene un futuro difícil, sospecho yo. El genio de Figueras escribió un libro que debería ser lectura obligatoria para los estudiantes de esa historia del arte de la que ya nadie se acuerda, que tituló con su inmodestia habitual Diario de un genio.

En él decía cosas como que «la vida cotidiana de un genio, su sueño, su digestión, sus éxtasis, sus uñas, sus resfriados, su vida y su muerte son esencialmente diferentes a los del resto de la humanidad». Dalí tenía tanta razón en eso como en todo, y al final su muerte es tan especial que es materia de información tantos años después.

Dalí es uno de los pintores más españoles de la historia, pero no porque le gustara pintar esas peinetas altas como castillos o adorase los mantones de Manila, sino porque supo conocernos como verdaderamente somos. Anticipó que la mejor forma de acercar la cultura a nuestro pueblo es enanizarla hasta convertirla en un circo, para después cubrirla de anécdotas sin sustancia, que es en lo que estamos.

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Fotografía de Lorca

Lo del embalsamador de Dalí no ha venido de pronto. Viene a continuar el gusto por los juegos con la muerte en los que últimamente está sumida la cultura española. Primero nos entretuvimos en hallar los huesos de Cervantes, como un mero calentamiento hasta poner otra vez las máquinas en marcha en la búsqueda de los restos de Lorca.

Con el descubrimiento del estado del cuerpo de Dalí y ese bigote que todavía marca las diez y diez, España se está convirtiendo en el primer país del mundo que construye la historia de su cultura desde la muerte, en lugar de la vida, y se va pareciendo cada vez más a ese retablo lúgubre que esbozó Larra y mostró definitivamente Valle-Inclán.

Dalí presumía de ser el primer español al que la luz de la mañana acariciaba, por vivir en Port Lligat, el punto más oriental de la península. Con media España pendiente del milagro del bigote de un muerto, yo propongo que las diez y diez sean, a partir de hoy mismo, la hora en la que cada español recuerde que este país que fue un imperio y que muchas cosas más han convertido su cultura en un circo para adultos.

Y sueño con que, una vez al año, a las diez y diez, se unan todos esos intelectuales de guardia a los que me gusta llamar los abajo firmantes, por lo que se prodigan en manifiestos, cartas abiertas y declaraciones colectivas, y nos digan algo. Que unan sus voces para compartir una idea. Quizá ni siquiera una idea. Nos basta con una anécdota.

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Imagen de uno de los diarios de Dalí

Las palabras finales del diario de Dalí (ya tienen una recomendación de lectura de verano) son sublimes, sobrecogedoras, proféticas, inolvidables. Dice así: «Si hubiera en el mundo nueve millones de Picassos, diez millones de Einsteins y doce millones de Dalís, es muy probable que la tierra sería (sic) prácticamente inhabitable. Pero tranquilícense. No los hay».