No es raro que a lo largo del camino contemporáneo del arte se encuentren afinidades entre artistas, aunque sean de países distintos. Al encontrarse con obras que se procuran una estética común, lo importante, para aquellos que aman el arte, es localizar y reconocer esos puntos-puente que fomentan un diálogo creativo. En el marco de las bellas artes el centro de focalización es, sin lugar a dudas, el ser humano. A propósito de esta idea, es interesante explorar esa estética común en el arte de Vlassis Caniaris (1928-2011) y en el de Manuel Millares (1926-1972) que encuentra su punto de unión en el Mar Mediterráneo.

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Manuel Millares

Tanto las obras del Griego Vlassis Caniaris como las del Español Manuel Millares son símbolos del arte contemporáneo, además de poseer una mirada crítica hacia el mundo. Según Vlassis Caniaris: “detrás de todas las intenciones de carácter político, el arte tiene reglas; el buen producto queda intacto a través de los siglos”.

Más específicamente, para el representante griego de la vanguardia artística, las telas de lino, por ejemplo, habrían sido útiles sólo si hubieran obedecido a una expresión justa y controlada en su tendencia polisémica del movimiento de Konkreter Realismus. Porque en éste se refleja una íntima relación entre forma y contenido, puesto que las obras nos abren posibilidades expresando asimetrías bien sociales y culturales, o personales como síntomas patológicos de las sociedades industrializadas.

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Vlassis Caniaris

En el arte de Manuel Millares también, las arpilleras -tela de lino- tienen un valor ejemplar, ya que promocionan esta lógica impecable de la representación participativa, además de simbolizar la agitada historia del siglo XX. La cual no puede ser contada sin tener en cuenta la industrialización y las consecuencias de la guerra. En este sentido, su Antropofauna de 1970 desarrolla un equilibrio entre el movimiento y la inmovilidad, dando luz a la violencia como sustancia biológica en el ámbito de los instintos. Además, establece una relación íntima con el mundo de las infraestructuras subrayando una connotación fluctuante y existente como tableau vivant. Entonces, una arpillera estropeada es la metáfora de la necesaria destrucción y violación para que un mundo nuevo se cree.

La comparación crítica de la obra Espacio en Espacio (1960) de Caniaris con la Antropofauna (1970) de Millares, aunque estén hechas de materiales diferentes, obedece a esa misma mentalidad de romper las formalidades y establecer una nueva cultura de vista. Su centro es el cuerpo sacrificado, lo cual forma parte de la armonía del propio sufrimiento considerado desde una perspectiva dinámica, en vez de representativa.  Al mirar el cuerpo herido, el espectador se da cuenta de la producción de Arte povera y desde esa dérive consigue entender también una psico-geografía ya alumbrada por La ciudad desnuda de Guy Debord de 1957.

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Espacio en Espacio (1960) de Manuel Millares

El mar Mediterráneo adquiere en las obras de sendos autores una relevancia muy especial. La historia política de España y Grecia ha estado marcada por guerras mundiales y guerras civiles, acontecimientos que han dejado huella en la conciencia de las personas. En el caso de los artistas, poetas y pintores, la modificación de los datos no se produce en una amalgama atemporal, sino que las consecuencias son la inspiración de obras de carácter moral y social. Por supuesto, proviniendo, siempre, de la subjetividad de cada artista. La esencial naturaleza mediterránea cuestiona la postura humana ante asuntos sociopolíticos.

El plantearse esta afinidad artística entre Caniaris y Millares no tiene que ver con una manía moderna de abordar el arte nuevo a través de la comparación. Sino que, por el contrario, ambas obras son autónomas y únicas. En este caso haciendo evidente la atención sobre el poder continuo de la muerte, que existe como valor neutro y real, au delá de la reproducción y la continuidad.

Antropofauna de Manuel Millares

Antropofauna de Manuel Millares

A propósito del sujeto de la muerte, tenemos que memorizar a Georges Bataille, para quien todos somos seres discontinuos ante la muerte, ya que es única y diferente para cada individuo. Por otro lado, si seguimos a Bataille, esa individualidad discontinua se convierte en pluralidad basada en la violencia de los impulsos eróticos a través de una conciencia de continuidad. De hecho, estas afinidades ya observadas dependen de la actuación y participación lingüística y, a la vez, artística de cada uno de los espectadores. Por tanto, una obra es aparentemente universal ante el juego del erotismo, ante la disolución de las formas constituidas.

Para concluir, el caso paralelo de Caniaris y Millares sigue siendo un camino de voces, de negro y blanco, de sombras y arpilleras donde florece la ironía como elemento de configuración de la identidad. Esa identidad necesita de sus ruinas y cenizas para seguir adelante. Y por eso, no es de extrañar que Millares realizase su obra sobre superficies rugosas, ya pintadas y borradas como si fueran las ruinas de la antigüedad. Caniaris, por su parte, también aprovechaba la materia sencilla y ‘‘povera’’ para ponerse irónicamente al filo de la muerte y de la descomposición dentro de la vida. Esa es la misión del artista, hallar su verdad y compartirla.

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