Alejandra Pizarnik, Camille Claudel, Leonora Carrington. Tres. Como las tres brujas del shakespeariano Macbeth. Como las tres caras de Hécate. Como los tres reinos de ultratumba de la Divina Comedia de Dante Alighieri. Tres mujeres, tres artistas femeninas, que forjaron su talento a golpes contra su propio reflejo empañado en cristales rotos. Conocedoras de los suburbios más profundos del alma. Distintas entre sí pero idénticas a la hora de afrontar la desesperación en su vida, la angustia concebida tantas veces como pecado original y estigma femenino.

Amantes, amadas y abandonadas. Como un ciclo lunar que se cierra en balde. Diosas, furias, locas, santas, malditas, feroces. Tres creadoras que hicieron del arte su plegaria de mártires penitentes, suplicantes e implorantes. Descubrieron a golpes de escalofríos esa raíz oscura del grito y el silencio que estalla vociferando rabias y lamentos enjaulados como una jauría salvaje. Bailaron con intensidad el vals de la vida. Se sensibilizaron con su propia faceta artística y en ocasiones derrotaron monstruos, regresando siempre heridas de sus batallas.

Conocieron la calidez humana y el abandono. Reinaron y mendigaron. Crearon arte de sus entrañas para luego, en medio de la locura y el abatimiento, destrozarlo y hacerlo añicos. Se dice de ellas que fueron mujeres silenciadas y apenas recordadas. Pero es cierto que de un tiempo a esta parte vuelven a escucharse sus gritos, retorna de nuevo su magia.

Mujeres en el abismo

La soledad, el abismo || Fuente: ZERO+

Poeta maldita en las profundidades

“No quiero ir nada más que hasta el fondo”

Alejandra Pizarnik (1936-1972) poeta, crítica y traductora argentina dejó escritas estas palabras instantes previos a su suicidio. No fue nada nuevo. La conocía, sabía quién era la muerte. En una extensa parte de sus poemas se observa su presencia. Fueron compañeras de fatigas, amigas inseparables. Pero en esta ocasión no vino de visita como otras tantas veces, sino para quedarse.

La desesperanza constante en la vida de la artista provocó que gran parte de su obra estuviese dominada por la fuerza de esa figura que surgía como un misterio desde abismo más inhóspito. Desde ese sitio oscuro donde el miedo latente empaña las raíces profundas de las flores, hasta tornarse negras. Desafiante y enigmática, aparecía repentinamente de la nada una y otra vez. Alejandra lamentaba desde sus propios infiernos. Y ella acudía a su llamada. La poeta se dejaba llevar por su presencia y ese constante balanceo sobre tierra negruzca le sobrecogía. Así lo quería; al fin y al cabo era su fiel compañera de juegos, su confidente y su musa.

Se inmolaba en cada uno de sus escritos. Los espejos que habitaban en su alma a veces le devolvían una visión más rota y deforme de sí misma. Eso le endurecía. Se dejaba llevar por la desesperación y la rabia. Proyectaba una imagen propia tan magnificada que el mundo no se dignaba a concebir y la odiaba por ello. Ahí radicaba la angustia vital de Alejandra Pizarnik, en esa forma perenne de arañarse por dentro al percibir un mundo mediocre que le quedaba pequeño. Y este la obligaba a cavar en los bajos fondos para que desde su agujero lo observara en lo alto. Ella cedía y lo hacía creando arte a través de las palabras.

El silencio de la prisionera || Fuente: Nath Planas

Fue un juego sucio. Una lucha de clases entre lo mundano y lo auténtico. Entre el dolor y el placer. Entre el deseo de vivir y el de morir. Un jardín de extremos donde sembró la poeta sus flores negras entre las que su alma rota paseaba errante. Allí llamó a la muerte, allí la abrazó, allí realizó el sacrificio de absolverla por completo.

La mujer que implora

“Reclamo la libertad gritando a pleno pulmón… Merecía algo más que esto”

Camille Claudel (1864-1943) escultora francesa, olvidada, silenciada, humillada, asediada por el dominio masculino en una época equivocada, fue tratada falsamente de paranoica, ingresada por su familia en un psiquiátrico contra su voluntad y enterrada en una fosa común ante la indiferencia de todos. Una más de aquellas mujeres encerradas dentro de sus propios muros y absorbidas por la opresión de una sociedad que exalta la obra del varón y menosprecia la de la mujer.

Su vida se vio alterada por el hecho de ser mujer y artista dentro de una reprimida concepción social de la época y, sobre todo, por haberse acercado al monstruo. El famoso escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) le abrió la puerta del infierno y ella accedió sumisa a su encanto idolatrado. Fue su maestro en unos años convulsos para las mujeres dentro del mundo artístico. Y también fue su amante.

Camille entró en el abismo y la puerta del infierno se cerró para definitivamente. Desde ese momento gran parte de la obra escultórica de Camille Claudel giró en torno a él. Se amaron con intensidad, aunque Rodin nunca dejaría a su eterna compañera, Rose Beuret. Y eso desquició a la artista hasta el punto de meterse hasta el fango y fundirse con su propio barro esculpiendo dolor y rabia.

Mujeres en el abismo

“La Implorante” de Camille Claudel (1899) || Fuente: Pierre Andre Leclercq

Según algunas investigaciones, la escultora enloqueció creyendo que Rodin ansiaba destruirla psicológicamente hasta desvanecerla, al percatarse él del enorme potencial que poseía su discípula y ante el miedo de poder suplantarlo. También se ha hablado de las obras realizadas por la propia Camille y firmadas por Rodin. Conjeturas cada vez más veraces.

Sin embargo, para otros estudiosos, la auténtica raíz del mal de la artista fue su propia madre. Celosa de su hija desde muy temprana edad se convirtió en su peor enemiga apropiándose de su vida tras el fallecimiento del padre, firmando su encierro en el manicomio y transportándola, de ese modo, de la genialidad al desastre y del desastre al olvido.

Murió arrinconada en esa jaula que ya nunca se volvió pájaro, mientras musgo y barro le abrasaban la sien y una rosaleda de flores secas le reptaba por dentro. Ese manotazo duro de Rodin, de su madre y de la sociedad del momento destrozó con sus garras frías un futuro prolífico, un talento férreo que incomprendido e implorante sólo ansiaba volar.

La maga del abismo onírico

“La locura puede llevarte a la iluminación”

Leonora Carrington (1917-2011) pintora y escritora surrealista inglesa fue una artista indómita con visión profética y telúrica del mundo que le encauzó por senderos mágicos del misticismo. Los recovecos de su alma se llenaron de armaduras férreas que la acorazaban ante su angustia vital. La locura la protegía de la desazón. El espectro de su cordura en ocasiones abandonaba su cuerpo para viajar por caminos oníricos empañados de arte y belleza sublime y volverse loco.

Sufrió mucho. Como un caballo veloz hecho jirones se pasó la vida escapando del destino amargo que le perseguía. Una fuerza brutal hecha dolor y lágrimas la arrastró con vehemencia al abismo oscuro de la resistencia. Y un impacto feroz sucumbió en su persona cuando conoció al artista Max Ernst (1891-1976).

Mujeres en el abismo

“La Artista Viaja De Incógnito”, de Leonora Carrington (1949) || Fuente: cea +

El dadaísta y surrealista francés, considerado enemigo del régimen que atemorizaba la Europa del momento, fue llevado prisionero al campo de concentración de Les Milles. Este fatídico episodio desencadenó la furia del caballo salvaje e indomable que Leonora poseía dentro. Se derrumbó de desesperanza y el desequilibrio mental se hizo presente en ella.

Tuvo que ser ingresada en el hospital psiquiátrico de Santander, del que más tarde conseguiría escapar, como siempre hizo. Leonora fue la eterna viajera, la huida constante de una misma hacia lo oculto y mágico. Una vía de escape contra el desamparo del mundo. Eso fue lo que plasmó en su trayectoria artística. El motivo que la rescató del olvido. Un inframundo de criaturas misteriosas la protegieron del destino de amargura que galopaba en su vida. Y ella siempre se dejó llevar. Huyendo del dolor se dejó llevar. Buscando esa belleza onírica de su obra se dejó llevar.