He intentado durante semanas leer algún artículo de prensa en el que no apareciera la palabra Trump, pero que me ha resultado imposible. Llegué a la conclusión de que mi pretensión era vana cuando hace un par de días abrí un periódico –qué más da cuál– y en la entrevista a un escultor español al que inauguraban una retrospectiva (casi veinte años de buen trabajo), uno no tenía más que leer diez líneas y ahí estaba. Trump. Como una especie de invocación mágica sin la que resulta imposible hablar estos días.

El escultor, un artista al que admiro, no aguantaba más que un par de preguntas del periodista –que ni siquiera eran pretendidamente políticas– hasta darse por vencido y proclamar la palabra de paso del periodismo de este dos mil diecisiete. Seguí leyendo el resto de la conversación y, para mi asombro, el hombre de las manos de oro apenas sí hablaba de su trabajo de los últimos años o daba algunos detalles de esa maravillosa exposición que inauguraba. Se limitaba a permanecer en el pantano mental del consabido Hillary sí, Hillary no, Trump no, Trump no.

Mezclar la vocación artística con la del activista no solamente me parece bien sino que lo considero una de las opciones más interesantes para un creador contemporáneo, pero en mi opinión solamente tiene dos caminos legítimos: hacerlo como simple ciudadano (y por tanto fuera de tu arte) o manipular tu producción para convencer al resto del mundo de tus ideas, las que sean. En definitiva, el artista debe trabajar por lo que quiere desde su oficio, o quitarse el mono de trabajo y opinar como cualquiera.

Un ciudadano puede hablar de lo que quiera, no faltaba más. Pero los artistas, cuando hablan de política, tienen que hablar como lo que son en ese campo, meros ciudadanos. Me suele molestar cuando un experto en literatura, o en matemáticas, o en filosofía, utiliza su promontorio profesional para hablar ex cathedra de algo de lo que, uno intuye, sabe lo que cualquier persona de a pie. Escribir bien no te ayuda a votar mejor, para que nos entendamos. Votas igual de bien o de mal que el resto.

Crecí como escritor admirando profundamente a autores que andaban siempre en política, y que se pegaban con quien hiciera falta para mantener y difundir sus ideas. Siempre que puedo proclamo que durante muchos años tuve a Alan Sillitoe como modelo, y que conocerle supuso para mí el mensaje definitivo de que mi vida era la escritura. Él me llevó a la senda de Doris Lessing, Susan Sontag o el increíble en lo literario y vivencial James Baldwin. Nunca acabé de tragarme del todo el personaje de Noam Chomsky, pero ahí estaba, era otro de los escritores de/con ideas que entraban en el paquete. Dediqué mi tesis doctoral a la literatura proletaria, de manera que conviví durante años con esos autores que no sabían escribir una frase sin dividir el mundo entre el «ellos» y «nosotros», los «de arriba» y «los de abajo». Para esos grandes escritores que he mencionado anteriormente todo era político, desde la primera letra a la última. Sentían la necesidad de expresarse públicamente de la manera que fuera, y concebían su pertenencia a los movimientos de lucha como una especie de ciego apostolado, que al final les atraía tantos lectores como repelía a muchos otros.

Sin embargo últimamente veo –leo, pues hace ya mucho tiempo que prácticamente percibo el mundo desde la lectura– entre las generaciones contemporáneas un tipo de artista demasiado opinante. Y les llamo opinantes y no activistas porque la mayoría de ellos, apenas pasan de decir algo que está en cualquier tuit, quedándose en la frase manida que se ha aceptado como respuesta lógica a la agresión lógica. Si Trump dice esto hay que responder esto. Naturalmente. Lo sabe un quinceañero que haya pasado un rato vagando por Twitter.

Yo estoy acostumbrado a recibir más de los artistas y pedirles otra cosa. Necesito ideas superiores a las de cualquier vecino, más profundas, más contrastadas y medidas. No por un sentimiento de elitismo intelectual, del que el propio Alan Sillitoe me previno y curó, sino porque mi vecino tiene que irse a trabajar y olvidarse de todo esto durante ocho horas y el artista que quiera forjar y difundir una opinión o un conjunto de ideas puede dedicar la mañana a ello.

No voy a ser yo quien salga por la vía fácil y achaque este problema al supuesto pensamiento superficial de la era Internet y todos los discursos apocalípticos forjados al respecto. Me gustaría pensar que yo, en esa maravillosa división entre apocalípticos e integrados que nos brindó el inolvidable Eco, me encuentro entre los integrados. Es muy posible que los próximos años sean extraños políticamente hablando, incluso peligrosos.

Hay mucho que hacer, mucho que decir, mucho que matizar. Hay libertades que no se deben perder, logros que no pueden perderse o retrotraerse. Y se necesitan intelectuales verdaderos que luchen por ellos. Solamente pido que el artista que quiera abrazar el activismo lo haga bien, que lo haga completo, profundo, consecuente. Quiero encontrar al siguiente Walter Benjamin, al próximo James Baldwin. Hasta toleraría un nuevo Noam Chomsky. Pero no quiero tipos que viven demasiado bien despachando lo evidente, soltando la reflexión básica y estándar sobre cualquier tema.

La vida no puede consignarse con una frase rápida ni una respuesta sencilla. No podemos acostumbrarnos a permanecer en la primera capa de casi todo, o sea, en esa nada que al final sirve para que las desigualdades sigan. No tengo artistas para que me ofrezcan ideas fáciles, baratas, sencillas, superficiales. De esas, los demás tenemos ya unas cuantas.

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