La filosofía siempre parece vivir en tiempos oscuros. Es una de las doctrinas que se adelanta a su sociedad. Así pues, es frecuente encontrarse con grandes filósofos que apenas vendieron unos pocos libros en vida. Sin embargo, dejaron un legado de incalculable valor para las generaciones posteriores.

Una vida dedicada al conocimiento es una vida llena de desgaste y frustración a nivel social. En algunos casos, parece que los grandes pensadores están destinados a perder calidad de vida por aquello que verdaderamente les apasiona. Es difícil saberse conocedor de una verdad y que esta surja tan poco efecto entre los coetáneos. Quizá, este no fue el caso de grandes filósofos como Platón, Aristóteles o incluso algunos escépticos que tanto triunfaron en su tiempo. Pero sí que tenemos constancia de miles de pensadores que han pasado a la historia gracias al empeño de algunos seguidores en dejar prueba de su obra.

Un legado esencial

Uno de los grandes filósofos que no gozó de una gran fama en su tiempo fue Epicuro. Su obra la conocemos en parte, gracias a uno de los historiadores que más luz arrojó sobre la época clásica: Diógenes de Laercio. Su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres es un libro sagrado para el conocimiento de la filosofía del mundo clásico, así como el estilo de vida que imperaba entonces. La obra consta de diez libros en los que podemos encontrar a los presocráticos, la escuela jónica… El último libro está enteramente dedicado a la obra de Epicuro.

epicuro

Un filósofo diferente 

Más que una explicación detallada sobre la vida del filósofo, lo verdaderamente interesante es profundizar en algunos aspectos de su obra que lo definen. Desinteresado en la política y en los dioses, se preocupó más por elaborar una filosofía de carácter «terrenal».

Epicuro es un pensador que prefiere situar la felicidad en un plano asequible. Mucho menos abstracto que en la doctrina que enseñaba Platón en la Academia. Para Platón la felicidad se alcanzaba a través de la virtud. Un viaje en el que hay que acercarse a la idea del bien. Epicuro, en cambio, situaba la felicidad a través de una búsqueda de los placeres que nos permiten un equilibrio entre el cuerpo y la mente.

Aunque la filosofía de Epicuro no gozaba de una alta reputación, pronto empezaron a surgir seguidores que malinterpretaron sus palabras. El hecho de situar el placer como principal medio para la felicidad, no era en absoluto una propuesta de practicar los excesos que algunos hedonistas se permitían. La principal característica determinante del hedonismo de Epicuro es la prudencia. Según él, la virtud más elevada y necesaria para alcanzar la felicidad.

Es decir, no hay que estar en una constante búsqueda hacia el exceso para la obtención de un placer desenfrenado y constante. Más bien, hay que evitar algunos placeres y saber escoger cuales son los importantes. En sus palabras: «Se pueden perseguir los deseos naturales innecesarios hasta la satisfacción del corazón, pero no más allá».

Students at Facoltà di Lettere e Filosofia | Sigfrid Lundberg | Flickr

Students at Facoltà di Lettere e Filosofia | Sigfrid Lundberg | Flickr

Para entender qué quería decir Epicuro con «placeres innecesarios» hay que indagar un poco en su obra. Para el filósofo, existen dos tipos de placeres, entre los que destacan los naturales y los artificiales. Los naturales (divididos en necesarios e innecesarios) serían todos los relacionados con los aspectos de satisfacción de los instintos primarios: el sexo, el hambre, la sed… En los artificiales, Epicuro destaca la aspiración al prestigio y al poder. Es por eso que rechazaba tajantemente la política. La consideraba un medio por el que los humanos sufrían una perversión moral, que los conducía a unas aspiraciones totalmente innecesarias que comportaban más sufrimiento que felicidad.

La muerte no existe

Aunque la óptica del placer que nos propuso Epicuro fue revolucionaria en sus tiempos, lo cierto es que se recuerda su obra, sobre todo, por la forma con la que abordó la muerte.

La existencia de la muerte siempre ha suscitado problemas en la mente humana. Epicuro la destaca como el temor mayúsculo. Tener consciencia de que tarde o temprano todos tenemos que morir genera mucha aflicción en nuestras vidas. Así pues, lo verdaderamente vanguardista de la filosofía epicúrea era demostrar que el miedo a la muerte es irracional ya que, en sus palabras: «Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos». 

En otros términos, la muerte no existe, ya que se trata de una privación total de los sentidos. No podemos experimentar nuestro fin, por lo tanto, hay que liberar esa carga de la mente entendiendo que, mientras estemos vivos, no tiene sentido estar preocupados por algo irremediable y que no podemos concebir en nuestra existencia.

El famoso cuadro de Rafael “La escuela de Atenas”. Epicuro situado a la izquierda de todo, con túnica azul, anotando.

El famoso cuadro de Rafael “La escuela de Atenas”. Epicuro situado a la izquierda de todo, con túnica azul, anotando.

Lo revolucionario, no siempre es inmediato

La doctrina que propuso Epicuro, jamás tuvo una escuela como la de los grandes filósofos de la época como ocurrió con Aristóteles (Liceo) o Platón (Academia). Es por ello que no adquirió demasiada fama. Aunque, en cierto modo, Epicuro disfrutaba de esta «intimidad», consiguió un grupo numeroso de seguidores con los que filosofaba en el jardín de su casa, entre los que se encontraban esclavos y mujeres, una vez más, algo totalmente revolucionario para su tiempo y que quizá también fue un factor determinante en la escasa valoración que tuvo su doctrina.

Lo memorable de la figura de Epicuro, es que practicó su filosofía. Puso mucho empeño en demostrar que su ética era la más saludable para la felicidad humana. Su legado se recoge en forma de cartas a algunos de sus más fieles seguidores, de la que destaca la Carta a Meneceo. Un texto que derrocha sabiduría, de una época muy prolífica para la filosofía.

La prudencia en nuestros días

Es inevitable hacer una comparativa con nuestros tiempos. Lo cierto es que, si Epicuro levantara la cabeza, probablemente quedaría muy desilusionado con el modelo consumista que domina nuestras vidas. Ya que como habrán leído en el final de la Carta a Meneceo: «En estos pensamientos y los análogos, a éstos ejercítate, pues, día y noche, sea para ti mismo, sea con alguno semejante a ti, y nunca –despierto ni dormido– serás turbado; vivirás como un dios entre los hombres. Pues en nada se parece a un ser mortal el hombre que vive entre bienes inmortales».

Quizá deberíamos replantear la importancia que el mundo occidental le ha dado siempre a los bienes materiales. Poner algo más de empeño en la virtud de la prudencia ya que, sin duda, Epicuro acertó al situarla en tan alta estima.

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