«El Dinero de Matías» de José de Jesús Luna

Estaría próximo a cumplir los diez años de edad cuando llegó la noticia a nuestros oídos, un pariente muy estimado por mi padre se encontraba en condiciones críticas de salud; no eran meses ni semanas lo que le restaba de vida, sino a lo sumo seguiría entre nosotros por unos cuantos días. Ante la premura que planteaba tal situación  mi viejo, después de meditarlo a lo largo de casi todo el día, tomó la decisión de emprender el viaje al vecino estado de Tamaulipas, de donde es originaria su familia, para ver por última vez a aquel pariente que, según se decía, experimentaba ya los síntomas de lo que era su agonía final.

A la mañana siguiente ya estaba listo para partir; se despedía de nosotros cuando posó su mirada sobre mí pensativo, y tal vez como no queriendo desprenderse de nosotros por completo, me preguntó si deseaba acompañarlo. A pesar de la triste intención que conllevaba aquella partida, la idea de viajar y faltar a clases por un par de días me convenció sin dificultad de ir con él. En estos días podría parecer sumamente inadecuado el llevar a un niño a ver como agoniza un familiar, pero en aquellos tiempos las realidades de la vida le eran reveladas a los infantes desde muy temprana edad, sin  la political correctness y la novedosa pedagogía infantil que han redituado en esta brillante generación de jóvenes mimados e indolentes que tenemos estos días. Así que aproximadamente siete horas más tarde estábamos descendiendo del autobús en aquella pequeña y polvosa estación camionera ubicada a las orillas de la población conocida como El Tomaseño y de la cual habríamos de transportarnos por cualquier medio disponible hasta el ejido 5 de Mayo, lugar en donde nuestro pariente tenía su vivienda.

Al cabo de poco más de una hora y gracias a la amable disposición de un camionero que podía dejarnos en las cercanías del ejido, caminábamos bajo un sol agobiante a lo largo de un sendero de terracería, flanqueado por árboles de follaje amarillento y arbustos resecos, el cual habría de conducirnos hasta la humilde vivienda de Mauro Luna.

Llegamos a una propiedad cuyo perímetro estaba delimitado por una rudimentaria cerca de troncos y alambre de púas y, con una confianza que no es característica de los ambientes citadinos, entramos a la casa de gruesos muros de adobe y techo de hoja de palma, en donde fuimos efusivamente recibidos por varios familiares; gente de aspecto  humilde y trabajador que nos saludaba estrechando nuestras manos con la firmeza y sinceridad acostumbradas entre la gente del campo.

Después de saludar a aquel grupo de personas que nunca había visto en mi vida y que mi padre me presentaba apresuradamente como “tu tía tal, tu tío fulano, tu primo mengano…” y después de recibir los acostumbrados comentarios de bienvenida y agradecimiento ante nuestra llegada, la reunión familiar adquirió el tinte sombrío que estaba destinada a tener; los comentarios en voz baja y con tono reverente no se hicieron esperar, “qué bueno que llegaron, ya está muy mal…nos dicen que no hay nada por hacer…nunca supimos qué le pasó…”

Una mueca de amargura y desesperanza cubrió de nuevo el rostro de los presentes y reinó el silencio, un silencio con sabor a resignación luctuosa, a rezos fervientes que nunca fueron escuchados.

Mi padre, sumamente entristecido por la noticia, se dirigió al cuarto en el que pasaba sus últimas horas nuestro desafortunado pariente moribundo. Sintiéndome un poco incómodo y ansioso entre toda esa gente desconocida para mí, opté por seguir a mi viejo hacia el oscuro recinto en donde convalecía aquel hombre. Los dos, de forma no muy decidida, atravesamos el umbral, el cual estaba delimitado sólo por una gruesa cortina de manta.

Había un camastro al fondo de la habitación con piso adoquinado, flanqueado éste por veladoras y numerosas imágenes religiosas que descansaban sobre una cómoda. La única luz que entraba al cuarto era cortesía de una pequeña ventana con marco de madera ubicada en una de las paredes laterales y con vista al enorme solar que estaba ubicado a un costado de la casa, un espacio que, contrario a lo que se espera ver en una ranchería, se encontraba sumido en un inusual silencio, carente de vida, sin animal alguno.

Justo al centro de la pared del fondo y por sobre la cama del convaleciente, estaba colgado un enorme crucifijo, el cual, tal vez por los débiles contrastes y la escasa iluminación que ofrecían las veladoras, tenía un aspecto dominante, atemorizante incluso; daba la impresión de que el rostro de rictus doloroso estuviese juzgando a todo aquel que se atreviera a entrar en la habitación.

Mantuve la vista fija sobre el icono sólo por un par de segundos para luego posarla sobre el enfermo que estaba postrado en la cama.

De forma involuntaria suspiré sorprendido al ver la condición en la que se encontraba aquel pobre individuo. Al oír mi exclamación, mi padre puso su mano sobre mi hombro en un gesto comprensivo.

Ante nosotros, sobre aquel lecho, yacían los restos de lo que alguna vez fue un hombre y que ahora se encontraba convertido en un auténtico saco de huesos, en una piltrafa que a duras penas parecía respirar, que apenas podía seguir existiendo. Mi padre, igualmente impresionado por la escena, se acercó al convaleciente a quien saludó tomándole de la mano, e inclinándose sobre el humilde camastro depositó sobre él un ligero abrazo como teniendo el temor de hacerle daño si lo llegase a estrujar demasiado. Me acerqué al enfermo con actitud temerosa y renuente, intimidado por la enfermedad que lo consumía en vida a pesar de que ésta aparentaba no ser contagiosa, pues a lo largo de su evolución ningún otro miembro de la familia la había contraído.

Indeciso, pero siguiendo la obligada costumbre familiar, estreché la mano temblorosa de aquel hombre; dura, fría y huesuda, recubierta con una piel delgada, reseca y escamosa que provocó en mí una aversión que me fue casi imposible disimular. El momento breve que mi mano estuvo en contacto con la de aquel moribundo parecía no tener fin; sentí cómo la áspera frialdad cadavérica que emanaba de ella parecía deslizarse entre mis dedos y propagarse a lo largo de mi brazo, como si quisiera treparse a algo o alguien con más calor, con más vida. De forma tal vez prematura, desprendí mi mano de aquella extremidad rígida y helada y retrocedí buscando asiento junto a mi padre en una de las toscas sillas de madera, con respaldo y asiento tejidos en mimbre, que habían sido colocadas a escasa distancia de la cama con el fin de que los visitantes pudieran intercambiar algunas palabras con el moribundo.

Nos quedamos sentados en silencio por unos instantes, mientras que los ojos hundidos y opacos de Mauro se deslizaban sobre nosotros, observándonos con actitud francamente escrutadora. Entreabrió la boca para tomar un respiro profundo y dificultoso…

“¿Te acuerdas de Matías De León?” Inquirió el enfermo, entre resuellos dificultosos.

La pregunta, obviamente dirigida a mi padre, lo tomó por sorpresa; ninguno de los dos esperábamos que el enfermo tuviese aun la capacidad de entablar conversación alguna.

Al cabo de un breve silencio, y notándose todavía un poco confundido ante el inesperado cuestionamiento, mi padre atinó a responder…

“Sí, sí lo recuerdo, era el gendarme de aquí del Cinco…”

Mauro asiente con su cabeza hundida en la almohada, se queda en silencio por un instante, vuelve a jalar aire en una inhalación profunda,  ríspida y gutural…una pausa, y el nacimiento de una confesión, de una historia asombrosa, de una narración que aun ignoro si sólo nuestros oídos, por razones ahora imposibles de averiguar, tuvieron la oportunidad de escuchar.

Al inicio, la mayoría de los detalles contados con dolorosa dificultad por aquel pobre moribundo me eran incomprensibles, pero con el paso del tiempo, y añadiendo a esa sombría experiencia los relatos contados por mi padre y otros familiares, todo fue cobrando una impresionante claridad; las piezas del rompecabezas fueron ensamblándose una con otra lentamente hasta revelar por completo la morbidez de aquel relato en todo su siniestro esplendor.

Matías De León era un policía rural, quien tenía a su cargo el hacer que las leyes y los derechos de propiedad fuesen respetados en varias poblaciones circunvecinas, entre ellas el pequeño y humilde ejido conocido como 5 de Mayo. No obstante, y como siempre ha sido la costumbre entre quienes están a cargo de vigilar el orden público, la aplicación de la ley ejercida por aquel personaje además de ser enérgica, en ocasiones rayaba en lo cruel y arbitrario. Conocido en la región era el caso del viejo Pablo, un humilde anciano a quien Matías había sorprendido in fraganti destazando una res entre los matorrales, en las cercanías de una acequia.

Al preguntarle Matías al viejo Pablo si esa res que desmembraba era suya, el hombre, sin poder disimular su sorpresa y nerviosismo, le contesto que sí, que el animal que carneaba era de su propiedad.

“Dime nomás una cosa, Pablo”, respondió Matías -según la leyenda local- al cabo de un instante y en tono suspicaz, “¿y si en verdad es tuya, por qué estás aquí escondido destazándola?”

El desfile del ladrón por las poblaciones cercanas, caminando y arrastrando las piezas que ya había cortado de la res por medio de un lazo que llevaba atado a la cintura, mientras que Matías lo custodiaba a corta distancia montado en su caballo, se convirtió en un relato tradicional entre los lugareños. Fue precisamente el carácter férreo de aquel hombre y el singular desempeño de sus funciones como representante de la ley lo que le trajeron fortuna, y posteriormente desgracia.

“A Matías ya lo mataron hace muchos años”, nos dijo con voz ahogada nuestro pariente, quien en ocasiones entrecerraba los ojos y parecía desvanecerse ante el enorme esfuerzo que le provocaba continuar su narración. Y sin embargo, de algún lugar sacaba las fuerzas para jalar aire y seguir hablando, para proseguir con el testimonio final que emitía desde su mismo lecho de muerte.

A Matías lo habían emboscado una noche que regresaba a bordo de un camión de redilas, junto con otras tantas personas,  de beber y apostar en unas peleas de gallos. En el área de carga del camión viajaban unos 10 o 12 individuos, entre  ellos Mauro, nuestro pariente, mientras que en la cabina, en el lugar del copiloto iba cómodamente sentado Matías, quien fiel a su costumbre llevaba puesto su elegante y fino sombrero blanco Stetson, el cual con frecuencia lo distinguía del resto de la concurrencia. El camión se desplazaba lentamente por una brecha enjuta y pedregosa que de manera habitual era empleada como atajo para regresar del pueblo y que comunicaba a algunas rancherías entre sí.

En el punto menos imaginado de aquel sendero, y de entre los gruesos cortinajes de oscuridad que lo flanqueaban, de pronto surgió una serie de estruendos ensordecedores y pudieron verse  múltiples destellos fugaces de lo que todos de inmediato entendieron se trataba de un ataque a tiros, lo que provocó que el operador del vehículo hundiera el acelerador hasta el fondo en una improvisada maniobra de escape. Después de desplazarse por un largo tramo a toda la velocidad que el viejo camión podía alcanzar, en medio de la confusión y los gritos de desesperación de los pasajeros, y una vez que sintieron estar a salvo de los autores de aquella alevosa emboscada, el conductor finalmente detuvo la marcha. Revisaron si había heridos; sólo uno de los hombres que viajaban en la plataforma  del vehículo había sido alcanzado en una pierna por la ráfaga de disparos. Muchos de ellos habían hecho impacto en la carrocería del ya de por sí antiguo y maltrecho Dodge. Matías permanecía en la cabina del vehículo, tranquilo y callado, reclinado sobre la portezuela del lado del copiloto, cubriéndola con su sangre, la que manaba generosa de varios orificios que el hombre tenía en su rostro y cuello, los cuales descansaban inermes sobre el borde de la ventanilla.

“Esa noche, antes de que lo mataran…”, siguió narrando Mauro, de forma pausada y poniendo especial énfasis en cada frase…

“Me dijo lo que había hecho…”

Bajo los influjos del mezcal, y siendo Mauro una de las pocas personas con las que el gendarme había establecido cierta amistad, Matías había confesado a nuestro pariente que con el paso de lo años había reunido una pequeña fortuna, un cuantioso guardadito del que nadie tenía conocimiento, ni siquiera los miembros de su propia familia. Numerosas alazanas de oro macizo estaban ocultas, apretujadas dentro de un jarrón de barro de apariencia común y corriente, envuelto en un zurrón de cuero el cual estaba atado alrededor del jarro con un grueso cordel de cáñamo. Ese era su tesoro.

“¿Te acuerdas del muchacho fuereño?” le había preguntado Matías a Mauro en tono discreto, entre los vapores de la borrachera y las apuestas. Mauro de inmediato recordó que hace algún tiempo había llegado al ejido un joven que apenas tendría unos 16 o 17 años buscando trabajar en lo que hubiera disponible, pues su intención era la de juntar un poco de dinero para continuar su emigración hacia los Estados Unidos. Lo había visto varias veces trabajando en las parcelas y haciendo reparaciones en las propiedades de algunos vecinos. Era un muchachito de estatura media y tez morena, de carácter dispuesto y trabajador que se avocaba a hacer cualquier tarea a cambio de unos pesos. Serían ya algunos meses que nadie lo había vuelto a ver, seguramente porque ya había reunido los recursos suficientes para continuar con su viaje hacia el sueño americano. O al menos, esa era la suposición común entre los habitantes del lugar.

“Pues yo le pagué para que me ayudara a enterrar el dinero”, continuó narrando Matías.

Al pie de un enorme nogal que estaba justo al fondo de una parcela de 5 hectáreas propiedad del gendarme, y que se encontraba rodeada por otras tantas tierras de labranza, ambos hombres habían acudido a celebrar la inhumación de aquella discreta riqueza.

Matías estaba parado a la sombra del nogal, dándole ocasionales tragos a una botella de tequila mientras que observaba cómo el muchacho, a unos cuantos pasos de él, cavaba un pozo que tendría poco más de un metro de profundidad. Una vez terminada la excavación, Matías, sin mediar palabra, entregó el pesado jarro lleno del precioso contenido en las manos calludas y sudorosas del muchacho para que éste lo depositara dentro del pozo. El joven se inclinó dentro de la fosa para colocar con todo cuidado el objeto en el fondo, y justo en ese momento, con pasmosa rapidez y sin el menor asomo de dubitación, Matías desenfundó el revolver Colt .40 que siempre portaba fajado a la cintura y le propinó un disparo directo y certero en la nuca al indefenso mozalbete. El cuerpo del infeliz, al arrancársele la vida de forma tan inmediata y violenta, se desplomó inerte sobre el tesoro que él mismo había depositado en el fondo de lo que -sin haberlo llegado a pensar- habría de ser su tumba. Profundamente asombrado ante la cruda revelación, Mauro preguntó por qué… ¿Por qué asesinar de manera tan inmisericorde a aquel pobre muchacho que a nadie había hecho daño?  “Para que me cuide mi dinero, Mauro…para que me lo cuide”, le respondió Matías con voz arrastrada y aguardentosa, quien algunas horas después de su confesión y en una maniobra harto irónica del destino, a hierro moría, tal y como a hierro había matado. Posterior a los días de aquella trágica emboscada, e ignorando por completo lo que dejaban atrás, la mujer y los dos hijos del gendarme emigraron a la ciudad abandonando la casa, la parcela y la vida que hasta ese entonces habían conocido. Se fueron para jamás volver, con la esperanza de poder ahogar en el olvido la forma violenta y artera en la que fueron asesinados el esposo y el padre.  Al paso de los años, de la casa en donde vivieron Matías y su familia fueron quedando en pie sólo algunos muros de sillar a los que el viento, la lluvia y el tiempo iban desnudando lentamente de su vestidura de argamasa. Sobre la parcela quedó tendido un llano desolado, un trecho de tierra calcinada cubierta de grietas, arbustos y allá al fondo, el secreto frío y cruel que Mauro respetaba, que mantenía en silencio con rigor religioso. Y lo hubiera callado por el resto de su vida…

“Se nos vino la seca, muy dura, se perdieron las cosechas, se nos murieron muchos animales…”  a duras penas podía oírse del leve suspiro que emanaba de entre los labios del enfermo.

Ante las inclemencias de una de las peores sequías que habían fustigado a la región y que a la fecha seguía provocando enormes pérdidas que incluso amenazaban con arrebatarles hasta el último mendrugo de pan que pudieran llevarse a la boca, en la mente de Mauro se había alojado una idea que cobraba cada vez más fuerza a la par que aumentaban sus penurias por los estragos de la seca. Estuvo dando vueltas y retorciéndose dentro de su cabeza hasta que finalmente le hizo tomar la decisión. En una de esas noches calientes, en las que el roce del viento parece abrasar la piel y bajo la débil luz plateada de una rodaja de luna que contrastaba con la negrura del firmamento, Mauro tomó una pala y una linterna de petróleo y se marchó con el silencio como único acompañante rumbo a la parcela abandonada.

Caminó entre la penumbra y los yerbajos resecos que cubrían el terreno, dando pasos cortos y cuidadosos hasta llegar al pie del nogal, hizo un recuento de las últimas palabras que había oído de Matías en un intento por precisar el sitio exacto y, comenzó a cavar. Tajaba el suelo completamente callado, como avergonzado por violar el juramento que se había hecho a sí mismo, con los ojos fijos en la tierra y en el tono pálido y plomizo que ésta adquiere cuando se ve cubierta por la incipiente luminosidad del astro nocturno. La pequeña lámpara de petróleo, apostada a escasa distancia, libraba una batalla con la espesa oscuridad circundante pudiendo apenas iluminar el área sobre la que Mauro comenzaba ya a formar un boquete. Las paladas caían una tras otra, rápidas y precisas, sobre el suelo arenoso y agrietado, dejando ver la ansiedad y el imperioso deseo de aquel hombre por abandonar el lugar apenas le fuera posible. Al cabo de unos minutos, Mauro había logrado darle a la excavación una considerable  profundidad; alzaba la pala y la clavaba en la tierra, de nuevo levantaba la pala para dejarla caer con fuerza, y una vez más la pala se remontaba por los aires para volver a estrellarse contra la tierra maciza, cada vez más cerca…cada vez más real. La pequeña fortuna que se encontraba depositada en las entrañas del suelo habría de acabar con esa hambre, con ese temor al futuro que le había ahuyentado el sueño en cada noche, habría de librar a su familia de las carencias y la estrechez por lo que él consideraba sería un largo tiempo. Con esa idea fija en la mente y sin importarle nada más, Mauro dejó caer la pala de nueva cuenta… hundiéndose ésta por completo en el suelo como si no hubiera más que aire en el fondo. El repentino cambio en la consistencia de la tierra hizo que Mauro estuviera a punto de perder el equilibrio y  precipitarse de bruces sobre el hueco que cavaba. Después del breve momento que le tomó recuperar pisada, permaneció unos instantes parado ante el pozo, inmóvil, observando cómo el mango de la pala había quedado ahí, sumergido bajo el nivel del suelo.

“¡Es el dinero!”  Le dijo una voz en sus adentros.

De un manotazo tomó la linterna, que casi se apaga ante el brusco jalón con la que fue arrancada del suelo, e inclinándose sobre el pozo la acercó al fondo con desesperación, con una ansiedad que le hacía temblar las manos. Al estabilizarse la débil flama, Mauro fue capaz al fin de contemplar la abundancia que se extendía por todo el fondo de la excavación; gusanos, larvas, alacranes… una extensa variedad de las plagas más fétidas e inmundas se amontonaban y retorcían infestando el fondo de la fosa. Con los ojos abiertos a más no poder y con una repulsión que le provocó una fuerte arcada en los intestinos, Mauro cayó hacia atrás sobre su espalda, impulsado por la repugnancia infinita y las náuseas que de golpe lo invadieron al contemplar aquello. Aun sin que el hombre acabara de incorporarse ni de entender por completo lo que estaba sucediendo, unas pisadas, sí…el sonido de unos pasos lentos y pausados comenzó a surgir de entre la oscuridad, se dirigían justo al lugar en donde Mauro había cavado el pozo. Sintiéndose descubierto, creyendo que alguien había advertido la tenue luz de la linterna a la distancia, Mauro palpó con mano presurosa el suelo reseco buscando la asidera de alambre curvo de la que se sostenía la lámpara de petróleo, la cual había soltado al momento de caer de espaldas. Al tomar la lámpara de nuevo, Mauro la alzó de inmediato al momento que se incorporaba con el fin de divisar a quien se aproximaba. Los pasos seguían acercándose, lentos y arrítmicos, arrastrándose torpemente por el suelo. Mauro apretó las quijadas hasta hacerle rechinar los dientes, hasta sentir que se los iba a romper…y esperó. Finalmente, el débil arco de luz ambarina alcanzó a iluminar la parte inferior de alguien que en ese momento se detuvo y se quedó parado junto al grueso tallo del nogal. Ahí, junto al árbol, y rodeado sólo por la oscuridad, podían verse los pantalones raídos y sucios de un hombre, los cuales remataban en un par de zapatos desgastados, torcidos y polvorientos. Mauro, sin acertar a pronunciar palabra y sintiéndose todo duro, entumecido por la tensión, comenzó a acercarse al sujeto, quien permanecía parado ante él en completo silencio, al otro lado del pozo. En un movimiento inspirado por un nerviosismo que ya no podía soportar, y por el martilleo de los latidos de su corazón que comenzaban a agolparse con fuerza en sus sienes, Mauro levantó la linterna hasta que la luz llegó al rostro del individuo. Fue un momento breve, casi fugaz el que le tomó a Mauro llenarse del más abismal terror, de la más desatada locura al contemplar algo que simplemente no pertenecía a lo que existe entre nosotros, que no podía ser.

No había rostro alguno sobre los hombros de aquel cuerpo que se encontraba de pié ante él, en su lugar… ¿Qué había?, ¿Qué era aquello? Un amasijo, una máscara grotesca, amorfa y sanguinolenta de carne, hueso y materia encefálica que daba la impresión de que algo había explotado o atravesado violentamente la cabeza de aquella aparición. La sangre manaba profusa, a borbotones de entre cada pliegue y cavidad de la masa deforme, tiñendo rápidamente de escarlata las humildes ropas que vestía el cadáver.

Fue inevitable; la visión hundió a Mauro, le envió a un viaje lejano por entre los laberintos de la más profunda demencia, perdió la razón por días, deambuló enloquecido y ausente de sí mismo por entre los llanos y las parcelas de las rancherías cercanas hasta que sus familiares dieron con él y lo llevaron de vuelta a casa. Algún tiempo después habría de recuperar la conciencia, de emerger de nuevo de entre los abismos de aquel shock evasivo en el que se había sumergido, pero su destino estaba ya decidido; le empezaron las fiebres, la pérdida de peso, la debilidad. Al cabo de un tiempo, terminó postrado incapaz ya de moverse, como si algo desconocido fuese privándole gradualmente de la fuerza que le animaba.

 Quedamos perplejos, abatidos ante todo lo recién revelado sin atinar a decir palabra. No tuvimos la entereza para presenciar la llegada de ese fin que estaba claramente anunciado, mi padre se despidió de él dándole todas sus bendiciones y al día siguiente emprendimos pensativos, tristes y cabizbajos, el regreso a casa. Nunca compartimos con los demás la historia contada por aquel pobre pariente en su lecho de muerte, de hecho, nos esforzamos por atribuir todo lo relatado a un desvarío auspiciado por la agonía final del enfermo. Transcurrieron a lo sumo unos tres días antes de la llegada de una noticia que inspiró una dolorosa intranquilidad en nosotros. Mauro ya se había marchado, amaneció frío como el hielo, con el rostro seco y desencajado y los ojos abiertos, apuntando con expresión aterrada al pie de su cama. Algo que inmediatamente mi padre atribuyó, en su conversación telefónica con el familiar que le comunicaba la nefasta noticia, a algún reflejo o manifestación propia del padecimiento que había acabado con la vida de Mauro. ¿Para qué aumentar el pesar y los sufrimientos provocados por la partida del buen hombre contándoles la historia, narrándoles los hechos que habían traído tal desgracia al seno de aquella familia?

Aun me invade un ligero escalofrío cada vez que lo recuerdo; esa extraña atmósfera impregnada de soledad, de tierra árida y un viento ardiente. Mi padre levantando el brazo, apuntando hacia el fondo de un vasto terreno con claros signos de abandono. Desde el sendero por donde caminábamos en nuestro viaje de regreso, a lo lejos, entre la hierba y los matorrales, pude ver como se erguía enorme un árbol por sobre todo el paisaje al momento en que oí a mi viejo decir sólo un par de palabras: “allá está”. Seguimos nuestro camino envueltos en un completo silencio, volteando a ver de reojo, con una mezcla incómoda de respeto y temor, al sitio donde estaba enclavado aquel gigante que parecía observarnos a la distancia. Bajo su sombra, hasta estos días, yace el pobre muchacho durmiendo su sueño eterno…cuidando celosamente el dinero de Matías.

José de Jesús de Luna

Soy maestro de traducción e interpretación en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL (México) y me he dedicado en años recientes a escribir narraciones cortas. He sido finalista dos veces en La Felguera (2012 y 2015) y el año pasado la Revista Narrativas publicó uno de mis relatos.