Es sabido que el Estado de la Ciudad del Vaticano, o simplemente El Vaticano, es el país más pequeño del mundo. Con 0,44 kilómetros cuadrados de superficie, no es más que una reminiscencia de tiempos pasados, cuando el Papa cambiaba de vez en cuando la casulla por la armadura en busca de nuevos territorios que conquistar.

Pudiendo haberse integrado en la ciudad de Roma -y por consecuencia en toda Italia- hace siglos, ha continuado siendo considerado como un país en sí mismo. Esas cosas que tiene la vieja Europa… Pues bien, si como país es entendido, puede resultar entretenido analizarlo como tal.
El Vaticano como país
El elemento principal de un Estado –además del territorio– es su población, base de su presente y su futuro. Ahí, El Vaticano encontraría un grave problema como país “normal”, ya que no cuenta con población nativa. Dicho de otro modo, que allí no nacen niños, por lo que sus alrededor de 900 habitantes provienen de otros países. Incluso el propio Jefe del Estado.
De esta manera, la nacionalidad vaticana nunca será un derecho de nacimiento, sino una cuestión otorgada por el Gobierno de turno para poder representar los intereses de El Vaticano. Es más, una vez se deja de tener esa responsabilidad, se pierde la nacionalidad.

Definida su población, alguien tiene que gobernarla. El Jefe del Estado Supremo de El Vaticano es el Papa, elegido en una especie de democracia basada en un sufragio censitario vitalicio. Son los cardenales y solo los cardenales quienes lo eligen. Éstos, a su vez, han sido elegidos previamente por Papas anteriores, al igual que todos los cargos y representantes de El Vaticano en el mundo.
Es, por decirlo de alguna manera, como si los católicos más destacados eligieran a su ‘Rey Absolutista’ hasta que éste muriese, o hasta que él mismo renunciase. Entonces, sería al turno de elegir un nuevo Papa, de nuevo entre esos católicos destacados.
Defensa, financiación y legislación
Ya hay un territorio, una población y un Gobierno, así que lo siguiente es dotarlo de protección. Llega el turno del cuerpo militar de El Vaticano: la Guardia Suiza.

Es el ejército más pequeño del mundo, con unos 100 miembros. No pudiendo ser éstos nacidos en El Vaticano, tienen que llegar de otro lugar. Pero su particularidad es mayor, ya que sólo pueden formar parte del mismo ciudadanos suizos solteros, con edades entre los 19 y los 30 años (para ser recluta). Por supuesto, su fe tiene que ser la católica, además de haber pasado previamente una instrucción en las Fuerzas Armadas Suizas, mostrando buena conducta.
Cuestión importante es también la financiación de este país. Los bienes de la Iglesia Católica y sus rendimientos en todo el mundo son de sobra conocidos. Además, El Vaticano cuenta con su propia banca, que ha supuesto repetidos beneficios para este Estado. Sin olvidar sus no pocos escándalos.

Pero tras todo esto, no hay que olvidar una cuestión más importante: su legislación. En un Estado fundacionalmente confesional, es responsabilidad exclusiva del Papa. Es él quien define cualquier normativa, opinión o postura que sale de El Vaticano. Por eso es clave la personalidad de cada Pontífice. Y lo más importante es que no tiene influencia únicamente dentro de los muros de su pequeño territorio.
Allí donde haya una catedral, una iglesia, un monasterio o una congregación católica, esas normas tendrán valor. Independientemente del país en el que se encuentre. Es más, allí donde haya un solo fiel católico practicante, se seguirán sus palabras a rajatabla. Por no hablar del peso que sigue teniendo en muchos Estados y Gobiernos de tradición católica. Un “influencer” de verdad, y no los de Internet…

