La Nouvelle Vague, ese ejército armado con cámaras baratas y con la obligación de romper con la cultura establecida. Fijando su mirada en la complejidad de las personas, en su existencia y la belleza de lo real, pero obviando la realidad política que los rodea. Suponía un cine francés sin hablar necesariamente de Francia. Cine de autor. Tocaba aprender y huir del clasicismo, sobre todo del norteamericano.
Cine de autor: el monstruo camina
A la cabeza del pelotón estaría Jean-Luc Godard. Ese anarquista de derechas, como él se presentaba, que mataría a su madre por una nueva norma que saltarse. Los 400 golpes de Truffaut haciendo cine por el cine y para el cine: Éric Rohmer, Claude Chabrol, Alan Rensais o Louis Malle.
Estos amantes del cine, estaban haciendo cine de verdad. Ampliaron fronteras y alejaron horizontes, desarrollaron estéticas individuales que les englobaron a todos. Querían sorprender, emocionar, asustar, imponer. Propusieron un reto. Y esperaron a ver quién se lo aceptaba. Un cine con grandes reformas técnicas y artísticas que ensalzó a esos autores.
Uno podría perderse en decenas de nombres, ya que siempre hubo una lucha sobre cuales caben dentro de este levantamiento llamado Nouvelle Vague. Esa incapacidad de incorporar a todos estos creadores bajo este término obligó a buscar un concepto más amplio. Porque clasificar, hay que clasificar, se adjetivó a todo aquel que pasaba por ahí como cine intelectual o cine de autor. Esta fue su sentencia. En sus comienzos, estos nombres tuvieron un cierto y fugaz éxito en taquilla. Pero poco a poco se fue reduciendo a circuitos cada vez más y más cerrados.
El monstruo deambula sin cabeza
André Bazin había adelantado la teoría del autor: otorgar todo el peso intelectual a una sola visión. Resulta que estos tipos eran historiadores del cine, cultos universitarios. La imagen que se trasmitió finalmente era la del ser superior.
En un macabro giro copernicano del termino autor, todo se les volvió en contra. Ahora sus películas sólo podían ser vistas por una aristocracia universitaria que además enaltecían su ego al ser los únicos con el nivel suficiente como para disfrutar aquellas cintas. Incluyendo, claro, el romanticismo que supone tener que verlas en lugares recónditos y lúgubres, donde no les sería difícil meterle mano por debajo de la falda a una francesita despistada.
El cine para cineastas, la perversión final del medio. Como ahora proclama David Simon, creador entre otras muchas cosas de la magnífica The Wire, “que le jodan al espectador medio”.
Es parecido a decir: “aquí no queremos gente normal. Vuelve cuando te sepas de memoria el materialismo dialéctico y la metamorfosis kafkiana. Repercusiones y antecedentes incluidos. Eres imbécil y no eres capaz de disfrutarme.” Descanse en paz cine de autor. La cuestión es quién pagaría un puñado de francos para que un semidios no presencial le tratase de idiota y fuera condescendiente con él.

El autor pasó a ser ese animal creado para ahuyentar a las gentes de las salas de cine. Con un término, una etiqueta, se barre de un plumazo al 95% de los potenciales espectadores. Estos, como marca la lógica, se irán a consumir otros relatos. Así, matan la diversidad cinematográfica, estética, moral, ética e ideológica del medio. Como en el caso del doctor Frankenstein, su criatura se vengó de ellos.
El monstruo se enamora de sí mismo
Intelectuales universitarios queriéndose por ser la minoría que disfruta ese cine. Cineastas amándose a sí mismos por ser la minoría contracultural. Medios culturales minoritarios ensalzando su moralidad por ser únicos en tratar estos temas. Pequeños distribuidores y proyeccionistas enamorados de su apartheid de las masas. El cine de etiqueta se impuso. Uno debía vestirse para la ocasión, que iba a ver cine de autor.

Sin embargo, todo cine tiene su autor, que tiene que ser visto como el artesano. Cine que, con un abanico amplísimo de herramientas, literatura, interpretación, música, silencios, encuadre, fotografía, ritmos…, crea un juego para goce y disfrute del espectador. Un juego en el que el único que no puede perder es el público.
Solo perderán aquellos creadores que no despierten ninguna emoción en el espectador. El juego es simple. O muere el cine de autor o muere el cine.

