Leer a Truman Capote siempre proporciona un enorme placer. Cualquiera de sus textos absorbe, seduce y ofrece un interesante, aunque en ocasiones perturbador, análisis de la naturaleza humana. Pero mucho se ha escrito ya sobre la obra del autor estadounidense y es por ello que no me propongo analizar en las líneas que siguen ningún escrito en concreto del inventor de la non-fiction novel, sino más bien atraer la atención sobre un rasgo de su escritura que me parece especialmente valioso para todos los jóvenes -y no tan jóvenes- escritores primerizos, que quieren hacer de las letras una forma de vida: la sinceridad. Y no me refiero exclusivamente a la idea de Capote de entremezclar realidad y ficción hasta difuminar la débil línea que las separa. Más bien apunto a una forma de estar, o de ser, en la literatura. A una forma de escribir a través de la cual el autor no huye de sí mismo. Me explico.

Truman Capote

Recientemente me reencontré con un genial relato de Capote en el que el escritor regresa, o se podría decir que continúa, con el género literario que él mismo inició con A sangre fría (1966). Se trata de Ataúdes de artesanía, incluido en el último libro que publicó antes de su fallecimiento, Música para camaleones (1980).

En este cuento, al igual que ya ocurriera en su obra cumbre, Capote se convierte en uno de los personajes de la historia narrada. Pero lejos de falsear su personalidad y atribuirse rasgos y capacidades que no posee, el autor trata de mostrarse de la forma más franca posible. La idea de reflejar la vida, la realidad y la crónica que tiene entre manos de manera precisa y detallada, la traspasa a sí mismo, convirtiéndose de esta manera en parte de su propia obra. Transformando sus dudas, sus miedos, sus contradicciones en una creación artística honesta, gracias a una sinceridad que arroja al lector para que éste juzgue el cuadro en su totalidad. Para que pueda sumergirse en la profundidad del pensamiento de quien escribe, para que pueda creer en aquello que le están contando. Y el que lee sólo puede confíar en alguien que es honrado. En la persona que se desnuda, que se muestra, que no se esconde. Y esto es lo que hace Truman. Este es, sin duda, uno de los valores más importantes que nos deja, que me deja.

En Ataúdes de artesanía Capote nos hace llegar su relación con el detective Jake Pepper, que se encuentra investigando una serie de crímenes relacionados entre sí y acaecidos a lo largo de varios años en una pequeña ciudad estadounidense de apenas 10.000 habitantes. Lo que parece un clásico relato de intriga policial, se convierte pronto en el retrato de dos personajes -Capote y Jake- en búsqueda de una resolución en pro de ambiciones diferentes: una personal, pues la futura esposa de Jake fallece a manos del asesino, y una literaria, dado que Capote requiere un final para su historia -tal y como ya le sucediera con A sangre fría-. La narración, a través de ágiles diálogos y acertadas descripciones, indaga en diversos cauces: en la amistad que une a ambos protagonistas, en la creciente desesperación sin frenos del detective, que no halla el modo de desatascar un asunto que tiene visos de irresoluble, y en el carácter impaciente y ególatra de Capote.

Truman Capote

Fotografía: Visa Kopu || Autor: Truman Capote

Y es precisamente en esta última trama de la historia en la que el novelista demuestra una vez más que no le asusta mostrar sus miserias. Egoísta, cínico y caótico, el escritor se marcha de vacaciones sin que los hechos se hayan resuelto y llega tarde a acontecimientos que no sólo afectan a la historia, sino también a la salud vital y psicológica de su amigo investigador. Capote evidencia un desequilibrio de emociones, que se mueven entre el arrepentimiento, la sensibilidad y una indiferencia provocada por su incapacidad de abandonar ciertos vicios. Pero estas contradicciones le hacen más humano. Provocan que el lector empatice, también aquel que desaprueba sus acciones, pues se encuentran de pronto confrontados a un alma que siente, a una persona que se equivoca pero rectifica -no siempre a tiempo-, a alguien que, en definitiva, se enfrenta a la vida, con todo lo que ésta conlleva.

“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, escribió Capote en otro de sus relatos. No le faltaba razón. O tal vez sí. Pero lo importante es que no hay impostura en esta frase. Es la expresión de una forma de sentir, de una forma particular de mirarse al espejo y escrutar lo que uno ve, aunque el reflejo no siempre sea fiable. Somos complicados, contradictorios, imperfectos. Pero la complejidad de nuestra personalidad no debería ser una traba para nuestro trabajo creativo, sino al contrario, debería impulsarlo. Debería otorgarle un sentido a nuestra escritura.

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