Uno de los grandes pecados de la prensa especializada en cine, y de la cinefilia en general, es el esnobismo. Se tiende a creer que porque una película sea realizada con el único ánimo de agradar al gran público tiene menor valor cinematográfico. Y es un craso error. Porque nadie debe olvidar que el cine es, sobre todas las cosas, un entretenimiento. Y por lo tanto un espectáculo. Una industria con la que ganar dinero. Como el fútbol, por ejemplo.

Vaya por delante que el cine tiene un componente cultural mucho más elevado que el del deporte rey. Pero eso no debería ser óbice para que la crítica pierda el contacto con la realidad. Por ejemplo, resultaría inconcebible que un aficionado del Real Madrid estuviera enfadado después de ganar la Champions porque «del minuto 60 al 75 el ritmo ha decaído» o «la actuación de Cristiano Ronaldo no ha cumplido con el registro dramático deseado». Y ese es un pecado que se ha cometido en muchas ocasiones a lo largo de la historia del séptimo arte.

Así, muchas películas con valores cinematográficos muy notables, incluso admirables, han sido vilipendiadas por críticos por su falta de pretensiones o por no ser lo suficientemente transcendentes. Muchas de ellas, incluso filmografías enteras, han sido minusvaloradas recibiendo el adjetivo de «artesanas». Calificativo que en otros muchos oficios es un halago. 

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Hitchcock siendo reivindicado por Truffaut || Fuente: Youtube

Existen ejemplos para dar y tomar de esta actitud. Ni más ni menos el mismísimo Alfred Hitchcock. El orondo director inglés fue considerado durante casi toda su vida como un profesional con oficio y rentable para la taquilla, pero sin ningún atisbo de genialidad, por la sesuda critica especializada. Tuvo que llegar Truffaut a reivindicarle con sus entrevistas publicadas en 1966, cuando «Hitch» ya había pergeñado todas sus obras maestras. Fue en ese momento, cuando uno de sus niños mimados le dio el plácet, cuando los estudiosos del cine empezaron a valorar Vértigo (1958) o Psicosis (1960).

Ganar o ganar el Óscar… ¿esa es la cuestión?

Que quede claro que aquí no se habla del favor del público o de los premios obtenidos, sino del prestigio dentro del mundillo «cultureta». Pues siempre ha habido discrepancias entre críticos y académicos a la hora de entregar premios como el Óscar a la Mejor Película. Y si no, que se lo digan a Shakespeare in Love (1998).

Porque el film dirigido por John Madden y protagonizado por la tantas veces injustamente denostada Gwyneth Paltrow no era una mala película. Todo lo contrario, era bastante buena. Se trataba de una fabulación sobre la juventud del bardo inglés divertida y realizada con oficio. Además de una no por liviana menos interesante reflexión acerca del trabajo del creador artístico. Y salían Geoffrey Rush y Judi Dench. No se puede pedir más para dos horas de vida.

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Sí. Shakespeare in Love es romanticona… ¿y? || Fuente: Youtube

Otra cosa es que fuera la mejor película del año, pero es meterse en otros berenjenales. Por mucho que Spielberg siga rabiando por su Salvar al Soldado Ryan. O que Roberto Benigni siga creyendo, con razón, que La vida es bella es lo único digno, maravilloso más bien, que ha hecho en su carrera cinematográfica. Y que las dos resultaran derrotadas por la comedia ligera de Madden.

Un cuento de hadas no siempre bien entendido

Otro ejemplo de películas que no alcanzaron el reconocimiento merecido fue casi todo el cine comercial de los 80 y los 90. Hasta que la ola nostálgica ha encumbrado a muchas de esas películas, algunas sin merecerlo. Porque, que levante la mano el que no vea que ponen en la tele El Príncipe de Zamunda (1988) o Gremlins (1984) y no se quede a verla toda la tarde si sus circunstancias vitales no lo impiden. Evasión asegurada, así como lo estuvo la masacre de la crítica.

Y el ejemplo más flagrante para esta teoría es, cómo no, Pretty Woman (1990), de Garry Marshall. No hace falta decir quien la protagonizaba, pues ha sido emitida en televisión una seiscientas cuarenta veces. Todavía hay que oír a gente decir «!Cómo te puede gustar Pretty Woman!» cuando uno la ha visto embelesado la noche anterior en casa. Como si fuera un delito decir que un producto tan comercial, que lo es, sea una gran película.

Porque lo es. Porque es capaz de mezclar La Traviata, de Verdi, y La Cenicienta, en una película para el gran público. Porque es una comedia deliciosa con una pareja protagonista con una química espectacular. Porque sale Julia Roberts. Porque Richard Gere estuvo cerca de ser un actor en esta película. Porque los secundarios soportan —supporting actor, se dice en inglés— la trama. Porque cuenta una historia que es una mentira y el espectador sabe que la vida no es así, pero es como le gustaría que fuera.

En resumidas cuentas, porque es lo que hay que pedirle al cine.

Y que siempre existan películas como éstas. Y nos sigamos sintiendo inferiores a los sesudos críticos mientras los pasamos bien, solos o acompañados, durante dos horas de nuestra vida.

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