Vuelve este otoño a las librerías un nombre con mayúsculas de la literatura estadounidense del último siglo. Con setenta años, Paul Auster estrena su última novela 4 3 2 1. La espera ha culminado para los amantes del meticuloso escritor doctorado en azares. Su obra ha sido fuente inagotable de inspiración para relatos y adaptaciones cinematográficas. Sus enigmáticos juegos de tramas hacen el resto. A pesar de lo intransigente de la crítica exacerbada del “siempre hace la misma novela”, hay artista para rato. Cuatro incluso, a tenor de su reciente obra.

El artista

Paul Auster nació un 3 de febrero de 1947 en Nueva Jersey. Criado en una pudiente familia de clase media, su pasión por la literatura fue temprana. Compaginaba esta con la práctica del béisbol, leitmotiv de varias de sus futuras historias. Estudió en la universidad neoyorquina de Columbia. Tras un escarceo con la bohemia vida del marino mercante, se instaló en Francia. Allí tradujo obras de Sartre y Simenon.

Paul Auster || Fuente: flickr.com

A mediados de los setenta, volvió a Estados Unidos. Entremezcló su creciente inspiración novelística con la traducción y la crítica literaria. Con la muerte de su padre, pudo consagrarse por completo a la literatura. Este hecho crucial detonó un Paul Auster nuevo, frío y distante. La siguiente década se sucedió entre un nuevo matrimonio y el ansiado éxito. La trilogía de Nueva York le valió fama y reputación internacional. Los premios vinieron solos. Los reconocimientos también. En los noventa coprodujo varias películas con Wayne Wang. Smoke fue una de ellas.

Volvió al género escrito en el ocaso del siglo pasado. 2006 supuso un año intenso. Fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras y dio luz a Viajes por el Scriptorium. Sus memorias, publicadas hace algún tiempo, seguían en las tiendas. A Auster siempre ha ido ligada una férrea defensa de las libertades. Prueba de ello reside en su rechazo a visitar países sin leyes democráticas. China o Turquía, por ejemplo. También ha dado algún palo que otro al presidente Donald Trump.

La obra

Si algo define la obra de Paul Auster, es el azar. Un azar deconstruido, demolido y hecho trizas. Ese que une a Paul Benjamin, protagonista de Jugada de presión, con Peter Aaron y Trause, diferentes personajes de sus obras. Desde un anagrama del apellido Auster hasta un nombre resultante de sus iniciales. Por otro lado, sus temas predilectos son la soledad y la enfermedad. La ausencia del padre y el tedio de lo cotidiano. A pesar de ser reacio a reconocer toques autobiográficos en su obra, esta se encuentra repleta de ellos. Su pasión por el béisbol, por ejemplo.

Entre sus influencias más primarias están Kafka o Cervantes. Asimismo, Auster ligó sus primeras obras al embrujo del irlandés Samuel Beckett. También encontró Paul Auster cobijo entre los poetas contemporáneos estadounidenses, John Ashbery, en mayor medida (meter link del de Ashbery aquí). De él llegó a decir: “pocos poetas poseen hoy día su misteriosa habilidad para socavar nuestras certidumbres, para articular tan plenamente las zonas más ambiguas de nuestra conciencia”. No obstante, su prosa no se ve afectada por excesivos lirismos y pomposidad. Despojada y elegante, inunda todo el conjunto de la obra.

FOTO 2: || Fuente: flickr.com

4 3 2 1 es la cuenta atrás que deberá seguir el lector para adentrarse en el nuevo azaroso adjetivo de Paul Auster. Poco se sabe al comienzo de sus líneas sobre su protagonista, de nombre Ferguson. Salvo un cuidado detalle. Su fecha de nacimiento corresponde al 3 de marzo del 47. Huelga decir dónde nació.