Monika Zgustova: «Las mujeres que estuvieron en el gulag me regalaron un canto a la vida»

Nacida en Praga (República Checa), reside en Barcelona desde los años 80. Es escritora, traductora y periodista y colaboradora habitual de diversos medios, como El País. Opinión. Ha realizado más de sesenta traducciones del ruso y del checo, de importantes autores como Milan Kundera, Jaroslav Hašek, Václav Havel y Bohumil Hrabal. Además, es Premio de traducción Ciudad de Barcelona y Premio Angel Crespo.

Es autora de seis novelas, entre ellas La mujer silenciosa, considerada como una de las mejores novelas de 2005. Con La noche de Valia ganó el Premio Amat-Piniella 2014 a la mejor novela del año. Su obra Las rosas de Stalin fue publicada en 2016. También ha escrito dos obras teatrales. Sus novelas han sido traducidas a nueve idiomas.

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Entrevista a Monika Zgustova

La premio Nobel Svetlana Alexiévich escribió varios libros de carácter periodístico, entre ellos Los chicos de zinc o Voces de Chernóbil, donde recogía testimonios de madres de soldados soviéticos o de supervivientes de la tragedia nuclear. ¿Le han servido de inspiración para su libro Vestidas para un baile en la nieve?

Empecé a trabajar en mi libro en 2008, antes de leer a Svetlana Alexiévich. Pero cuando ya estaba terminando, tuve la oportunidad de conocer personalmente a la Premio Nobel y le hice varias consultas que me ayudaron mucho.

Usted aclara al comienzo de su libro cómo fue el origen del mismo: su encuentro en un acto cultural con varias de las supervivientes del gulag y su sorpresa al comprobar que se trataba de mujeres alegres y vitales a pesar de ser mayores y de medios modestos. ¿Vestidas para un baile en la nieve es una forma de indagar en las razones de esta actitud?

Creo que se desprende del libro que muchas mujeres tienen una actitud de ánimo ante los obstáculos, como si pensaran: «yo puedo con todo, incluso con este obstáculo», más que los hombres. Al menos esto es lo que descubrí entrevistando a mujeres y hombres que estuvieron en el gulag. Los hombres que entrevisté (y que no incluí en el libro) eran más pesimistas y lo veían todo muy oscuro. Las mujeres que estuvieron en el gulag me regalaron un canto a la vida.

En la mayoría de los casos, la cultura y los libros ocupan un lugar destacado en los recuerdos de estas mujeres. ¿Les ayudó la cultura a sobrevivir? ¿Tiene la belleza un poder especial?

Las mujeres que tenían los ojos puestos en la belleza y las que eran cultas sobrevivieron con más facilidad que las que no tuvieron el sentido para buscar lo hermoso a su alrededor. Se puede decir que la cultura ayuda a sobrevivir, junto con la convicción de la propia inocencia.

Una de las supervivientes parece darnos la clave al decir que el gulag, precisamente por ser tan terrible, acaba siendo enriquecedor. ¿Cree, como algunas de sus entrevistadas, que es en las situaciones límite cuando podemos conocernos mejor?

Eso es lo que aprendí con «mis» mujeres. Solo en las situaciones terribles podemos saber si somos avaros o generosos, cobardes o valientes. La vida normal no nos pone en situaciones tan drásticas como para poder descubrir esos atributos.

Sin embargo también hay opiniones contradictorias. Para Elena Korybut-Daszkiewicz, por ejemplo, lo positivo que puede encontrarse en esa experiencia no llega a compensar todo lo que tiene de negativo.

Sí, las opiniones sobre la experiencia del gulag son variadas. Depende del grado de dureza que experimentó cada cual, y Elena estuvo condenada al gulag más duro de todos.

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Una opinión compartida por todas sus entrevistadas es la de que todas acabaron encontrando, en medio del horror, algo excepcional: la amistad y la literatura. ¿Nos une más a los otros el sufrimiento? Si es así, ¿se equivocaba Jean Paul Sartre al decir: «el infierno son los otros»?

Sartre no hablaba del gulag ni de las condiciones extremas, su frase se aplica a la vida normal. Además habría que ver el contexto. La literatura -y la cultura en general-, además de la amistad fue lo que acabó salvando a esas mujeres. El estado anímico era extremadamente importante en el gulag y la buena lectura -que se conseguía solo muy excepcionalmente- y el cariño fue algo esencial para no hundirse en la desesperación.

Parece que no hay situación por terrible que sea, a la que no se pueda sobrevivir. ¿Fueron los libros, la poesía, los asideros contra el terror?

Sí, junto con la solicitud, la amistad, la ternura.

Uno de los peores aspectos de la época más feroz del estalinismo fue la desproporción entre la culpa y  el castigo. Por cosas que hoy nos parecen nimias había condenas de reclusión de muchos años. Por ejemplo, la madre de una de ellas, que era enfermera, le dijo a un enfermo que se procurara penicilina norteamericana porque curaba mejor que la soviética y, por ello, fue denunciada por agitación antisoviética. ¿Era este el verdadero motivo o había algo más detrás de la denuncia?

Muchas veces no había motivo alguno para que le encerraran a alguien en el gulag. El Estado soviético emitió unos cupos de gente que se necesitaba en el gulag. Esos cupos se tenían que cumplir y por eso mucha gente inocente fue a parar a trabajos forzados. Además, el soviético era un régimen totalitario basado en las delaciones. Si uno quería apoderarse de tu piso, te delataba, a ti te mandaban al gulag y el vecino se quedaba con tu piso.

Para escribir su libro usted visitó supervivientes en diversos países. ¿Cómo fue su trabajo y en qué lugares estuvo?

Básicamente entrevisté a mujeres en Moscú, seis de las nueve. Tuve que desplazarme a los barrios periféricos y buscar sus casas lo cual no era nada fácil. La mayoría de las entradas estaban sucias, malolientes, a veces con ratas. En cambio los pisos de las señoras estaban bien cuidados y llenos de libros, cuadros originales y música clásica. Como es lógico, en París y en Londres me costó menos encontrar las viviendas de las señoras.

¿En base a qué criterios seleccionó a las protagonistas de su libro?

Quedaban muy pocas mujeres con vida, así que entrevisté a las que estaban aún en condiciones de ser entrevistadas. Y me fue bien porque resultó ser un abanico rico de las experiencias más diversas. Una mujer nació y se crio en el gulag, otra fue condenada al hospital psiquiátrico donde la torturaban con drogas psicotrópicas, otra fue una extranjera que me contó historias de otros extranjeros, otra fue una actriz famosa… He encontrado mucha variedad de experiencias.

¿Alude su título al hecho de que la policía podía detener a las personas en cualquier momento? 

Efectivamente. Varias de mis entrevistadas fueron detenidas en vestidos elegantes dispuestas para  asistir a una fiesta con baile y con esta ropa las transportaron a los campos.

Muchas de sus entrevistadas tenían secuelas físicas de su cautiverio. Usted señala, por ejemplo, que no podían permanecer mucho tiempo en pie a causa de la malnutrición que habían padecido.

Una experiencia así deja secuelas. Yo vi las físicas, pero también las hubo psíquicas. Varias mujeres, casadas con hombres que habían estado en el gulag, me contaron que sus maridos padecían grandes traumas.

Sus capítulos remiten a personajes clásicos de la Biblia o la tragedia griega: la mujer de Lot, Judith, Penélope, Minerva, Antígona…

Veo a mis entrevistadas como a verdaderas heroínas del siglo XX. Dándoles nombres de algunas heroínas bíblicas y mitológicas quise llamar la atención sobre su heroicidad e insuflarles la inmortalidad de los mitos.

Posiblemente uno de los casos de mayor repercusión fuera el de la famosa actriz Tatiana Okunévskaya, al que usted se refiere a través de otra de sus entrevistadas, Valentina Íevleva,  que la conoció en el gulag y que fue condenada diez años. No deja de ser una paradoja que después de haber soportado toda clase de sufrimientos tuviera una larga vida y falleciera a los 88 años a consecuencia de las complicaciones de una operación de cirugía estética.

Sí, es una paradoja… La actriz Tatiana Okunévskaya fue a parar al gulag básicamente por haber tenido una relación amorosa con un extranjero, concretamente con un diplomático indio. Y tal vez porque al ministro de exteriores le apeteció tenerla bajo su tutela, según se desprende de la historia de Tatiana.

Otra de sus mujeres famosas es Natalia Gorbanévskaya. Esta mujer le toca a usted más de cerca ya que se manifestó en la Plaza Roja de Moscú contra la invasión de Chescoslovaquia por los tanques rusos en 1968. A ella Joan Baez le dedicó la canción «Natalia».

Gorbanévskaya era una mujer increíblemente valiente. Después de haber sido torturada en el hospital psiquiátrico volvió a la carga como disidente, sin tener miedo a más persecuciones.

Por último no podemos dejar de mencionar el testimonio de Irina Emeliánova, hija de Olga Ivínskaya, la amante de Bori Pasternak en quien este se inspiró para su personaje de Lara en su famosa novela El Doctor Zhivago. ¿Es cierto que Pasternak renunció al Premio Nobel para no perjudicar a Olga?

Creo que esta fue la razón, sí. Olga ya había estado en el gulag una vez por culpa de ser la compañera del escritor. Fue la venganza del Estado. Pasternak se sintió muy culpable y no quiso que volviera a repetirse lo mismo. Pero se repitió, aunque solo después de su muerte poco tiempo después de la historia del Nobel.

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Olga Ivínskaya, Boris Pasternak e Irina

Usted ha publicado siete novelas, además de cuentos y obras teatrales. También habla varios idiomas: checo, español, inglés, ruso y catalán. Esto último le ha permitido convertirse, además, en una excelente traductora. Ha traducido usted, por ejemplo, a Milan Kundera, Dostoyevski, Jaroslav Hasek, Babel y otros importantes autores. La novela o el teatro, por ejemplo, son más creativos, pero ¿no cree que las buenas traducciones aún no tienen el reconocimiento que merecen?

Gracias a mi conocimiento del ruso pude no solo entrevistar a esas mujeres rusas sino, también, ganarme su confianza más profunda para que se sincerasen conmigo. Es cierto que la traducción es –o debería ser– una actividad creativa. No se trata de trasladar solo las palabras sino el ritmo, el ambiente y la atmósfera de lo que se traduce: el universo entero del escritor.

Muchas gracias, Monika.